Me puso muy contento que Miranda! obtenga su primer número uno de Spotify con “Tu misterioso alguien”, en parte empujado por una toma de La Voz edición Argentina que mostró a todos los jueces cantar un fragmento de la canción desde sus sillones para el mayor rating de la tevé actual. Hubo un intento de polémica de los que recordaron que Sergi, Gattas y compañía eran exitosos antes del streaming. Si bien entiendo la postura –y hasta la comparto– no deja de alegrarme ese número uno: es sinónimo de vigencia y se agradece un nuevo ejemplo del fenómeno que me gusta llamarlo “Kate Bush”.
En 2022, cuando Stranger Things estrenó su cuarta temporada, el personaje Max (Sadie Sink) apareció con una canción que le resulta de refugio y conexión con lo terrenal. Así, una y otra vez escucha en loop en su Walkman la canción «Running Up The Hill» por Kate Bush, track que vio la luz en 1985, año en el que transcurren los hechos de la serie. Lo curioso es que en 2022 la canción alcanzó el top ten en 28 países y el puesto número uno en once de ellos. Más curioso es saber que, en 1985, la canción no pudo superar un nada despreciable puesto número tres y sólo en el Reino Unido. Así, el récord es aún más glorioso: es la primera grabación de la historia que demora 27 años en alcanzar la cima de un ranking.
Es un fenómeno disparado por factores externos y que, gracias a las aplicaciones de streaming, hoy podemos medir cuando antes era imposible. Hace unas semanas, por ejemplo, Black Sabbath rankeó en el top 50 por razones que ahora nos parecen obvias, pero es un fenómeno: siempre estuvieron, solo dejamos de escucharlos y no fue culpa de nadie.
Mi tema pasa por otro lado. Hay un mundo analógico que pateamos al olvido y pretendemos que es un fenómeno universal. Algo de eso se cuela en el saltito de “eh, pero metieron hitazos antes de que existiera el streaming”: nos duele haber abandonado todo y no lo queremos reconocer. El punto de comparación de los charts no son las ventas, son las escuchas, los más pedidos a la radio. En 2005, año en el que Miranda! metió «Don» y «Yo te diré» en perpetuidad sonora las 24 horas en todas las radios del país, las ventas no acompañaron el fenómeno, tal como explicó Ale Sergi: era el boom de los cedés copiados.
Es un poco un chiste que yo aproveche medios de comunicación digital, pero soy un hombre de la transición. A mis nueve años viajaba una hora y media en el colectivo 86 hasta la casa de mis abuelos donde había una PC con un procesador 286 y una placa de video VGA. Una locura tecnológica para el año 1991. Mi primera computadora fue una Pentium con Windows 95. No tuve correo electrónico hasta 2002, cuando ya tenía veinte años, y ni me era necesario. En 2005 comencé a escribir en blogs y nunca paré. Si no fuera por la modernización digital, quizá nunca hubiera encontrado mi vocación.
En esa transición vi a mucha gente desprenderse de tecnologías anteriores para abrazar las nuevas y no siempre funcionó de manera lineal. Así como la tecnología de fotografía no para de mejorar con el paso del tiempo, distinto es con la calidad musical digital por una cuestión de espectros de ondas sonoras y un montón de tecnicismos que aburren pero que podría resumirse de un modo para mi generación y las que me preceden: un formato que pesa gigas no puede convertirse en otro de un puñado de megas sin dejar cosas afuera. O dicho de otra manera, si querés meter un metro dentro de diez centímetros, quedarán noventa centímetros afuera. Y eso es lo que pasa con la compresión del sonido.
El oído se adapta a cualquier cosa y puede que uno no note la diferencia por acostumbramiento. También puede acostumbrarse en sentido contrario y ahí es que algunos no pueden creer cómo es que la armónica de Roadhouse Blues de The Doors estuvo siempre ahí. Pero pasa. De hecho, la mayoría de las grabaciones de hasta no hace mucho, y las actuales en los álbumes con presupuesto, aún se hacen en cinta, se mezclan y masterizan en cinta y recién se adaptan a otros formatos a la hora de tener que repartirlo por plataformas o en algún soporte físico. Gracias a la tecnología, muchos artistas han visto considerablemente reducidos los costos de grabación al realizarlo de manera digital y la adaptación para la compresión de los formatos de streaming es más directa. Estas tecnologías y las plataformas han permitido que un número increíble de artistas pudieran ser conocidos donde antes primaba el dedo del director de una compañía. Sin embargo, hay cosas que no cambian y paso a explicarme.
Primero. Si bien se resistieron todo lo que pudieron, las compañías discográficas aceptaron la realidad de la música digitalizada y transmitida por internet. No les quedó otra. Puede que ustedes no lo sepan o no lo recuerden, pero los que dieron el puntapié más rotundo a los nuevos formatos fueron los mismos que también ayudaron a que el concepto de “album musical” fuera algo más que un compendio de canciones: The Beatles autorizó a Apple a comercializar su catálogo. En aquel tiempo previo al streaming, sólo se podía comprar música y el precio rondaba los noventa centavos de dólar por canción, costo que se descontaba del precio final del álbum si se decidía adquirirlo.
Con los años transcurridos y las plataformas de streaming imperando en el consumo, el dedito de las compañías volvió en formato de dinero para anabolizar un producto. Eso es lo que pasa cuando en tu vida escuchaste una canción de trap, cuando el algoritmo personal cree que respirás Mozart y Puccini y, en “novedades para vos” te enchufan lo último de JuicyNise, Sixto Yegros y la Chiru. No los conocés, no sabés ni cómo se pronuncian los nombres, creés que hubo un error de tipeo, pero ahí están, exclusivos para vos. ¿Se trata de un defecto del sistema? No, dinero para promocionar. Así es que resulta casi un milagro que uno pueda descubrir por casualidad a un artista que no estaba en el verdadero radar, el del gusto personal.
Segundo. El mundo analógico sigue. Que alguien haya soltado un objeto no quiere decir que otro también lo haya abandonado. Y también corre para mí y mi costumbre por la música analógica, eso que algunos imprudentes califican de manía y otros mal educados llaman esnobismo. Hace veinte años me trataban de friki por hacer exactamente lo mismo. Cuando me enteré de que Miranda! llegó al número uno me dieron ganas de escuchar el álbum completo y justo estaba con el equipo a mano, así que coloqué la versión en vinilo. El álbum «Es Imposible» salió en 2009. El formato vinilo es original de ese año. Salió así aquella vez y mi ejemplar no es una reedición del insulto auditivo que llenan los kioscos de diarios y las ofertas de cierta cadena, negocio en el que no pienso meterme pero que no deja de irritarme por el mercachifle que venden al mismo precio que cuesta el producto original, mucho más bonito y con buen sonido, pero que nadie puede traer al país sin dejar un riñón en impuestos a un producto que no debería tenerlos porque una ley dijo hace mucho tiempo que “disco es cultura”.
Hay un rito en lo analógico que se ha perdido en pos de la velocidad, del ya mismo, del “queremo’ un poco más de todo, de todo un toco y un poco de más”. Ese rito es el de la conjunción del espacio y el tiempo. Sí, todos pusimos siempre música de fondo para hacer otras tareas, pero también escuchábamos álbumes enteros en una experiencia en la que ingresaban el olfato, el tacto y la vista, lo mismo que con los libros de papel. Incluso en el arte de hacer una playlist en cassette había un insumo de concentración tactil, visual y auditva con un enfoque total apuntado a la satisfacción.
Se ha roto totalmente la percepción del tiempo y nada nos llena. Nos proponen «Mindfullness» para sobrellevar prestarle poca atención a todo al mismo tiempo, cuando es lo que hace cualquiera que desee disfrutar de algo: poner su atención en eso. Mientras puteamos que una película dura más de dos horas y nos clavamos una temporada entera de una serie en una nochecita, hay personas que encuentran una fuente de ingresos en eso que perdimos. Al mismo tiempo, en favor de una abundancia ficticia, nos empachamos de cosas que no nos pertenecen y por las que pagamos para no tenerlas. Es una decisión que no se critica, simplemente así lo percibo: pago por escuchar o ver cosas que, si dejo de pegar, las pierdo y, por ende, nunca fueron mías. Es una obviedad que hay más acceso a conocer hasta esas cosas que nos daba vergüenza escuchar y a descubrir artistas que habría sido imposible que nos enteremos de su existencia salvo que tuviéramos un amigo friki que viviera en un acampe perpetuo entre Parque Rivadavia, la Bond Street y el Soho londinense. Pero también es cierto que perdimos esa cosa tan humana de poseer algo, tocarlo, verlo, saber que está ahí, que es nuestro porque nos lo regalaron o porque pudimos pagar por algo que deseábamos mucho. (Por si no lo leyeron y quieren incurrir en un terreno incómodo, les recomiendo “No-Cosas” de Byung Chul Han)
Lo analógico impera entre los más jóvenes y no es una moda retro nostálgica sino una realidad. Los instrumentos musicales reinan en los artistas jóvenes. Dejemos de culpar a los pendejos y miremos aunque sea un recital, uno solo. Que no los escuchemos no quiere decir que no existan. Estamos ante la nueva generación, esa que no dice “ese tema es de cuando mi viejo era chico” para descalificar, sino que se abraza a una canción aunque tenga 30, 50 o 100 años. Incluso ocurre en el Pop, ahí donde todos los géneros musicales confluyen de algún modo para dejar una postal para la posteridad. Si les parece un soplo de aire fresco lo que hacen Olivia Rodrigo, Gracie Abraham o Billie Eilish, les tengo una noticia: la más vieja tiene 23 años de edad al momento de escribir esto. Practicaban cómo sentarse sin caerse de costado cuando se emitió Friends, no saben lo que es hacer cola para probar un disco en un reproductor de pared de Tower Records ni habían largado los pañales cuando Madonna se chapó a Britney Spears y a Christina Aguilera en un MTV Music Awards.
Creo, como para teorizar algo, que en este fenómeno influyó la negativa a retirarse de varios artistas. Y ya no hablo de las deidades del Olimpo cultural de la talla de un McCartney o los Rolling, sino a esa cosa de los que eran pibes en los noventas que vuelven de vez en cuándo o nunca se fueron. Es difícil que el fruto caiga demasiado lejos del árbol y mucho más difícil que te dediques a la música y no comiences por hacer lo que te gusta consumir.
El año pasado The Killers reventó Glastonbury. Los invito a que busquen el video de “Mr. Brightside” de aquel evento y vean a la gente que está a cococho de otra gente y todos con los rostros desencajados por cantar a los gritos. Ninguno nació cuando «Hot Fuss» salió a la venta. Por un lado me duele saber que pasaron dos décadas. Por el otro, qué linda generación, chicos. Los adoro.
Dato no menor. Es cuanto menos curioso que el revival haya caído justo en «Tu misterioso alguien», una de las canciones más analógicas del catálogo de Miranda! y parte del disco más analógico de su discografía. Se pueden escuchar perfectamente hasta el sonido de las púas que rasgan las guitarras acústicas, el brillo de las eléctricas entre el rockabilly y el brit pop, bajos bien gordos y una batería humana a cargo de Dany Ávila, sesionista internacional, meses antes de que se sumara Ludovica Morel y nunca más se fuera.
Difícilmente lo analógico pueda quemarte la cabeza porque primero te avisa tu cuerpo de tu cansancio. Incluso si dejás un disco a todo volumen mientras mantenés una conversación, vas a putear antes de caer preso del estrés crónico expresado en una crisis existencialista de las que no sabías que existían mientras luchás contra una muerte que no es real más que en tu loca, estresada e hiperestimulada cabecita que explotó en un maremoto de ansiedad y, cuando no, de pánico por la sobreestimulación constante.
Imaginate que estás dormido en medio de la madrugada de una noche fría y, de pronto, te levantan de un cornetazo en la oreja y salís a correr en pique unos 400 metros con un haz de luz que te encandila de frente. Se lee como infarto inmediato, ¿no? Bueno, eso es lo que le hacemos a nuestra cabecita todos los días desde el mismo momento que abrimos los ojos. Hasta hace muy poquito tiempo, no lo hacíamos.
Amo la tecnología y, aunque sea ilógico tener que aclararlo, amo las apps de streaming musical. Uno de mis pasatiempos es hacer playlists temáticas, como corresponde a un desquiciado nivel Jack Nicholson en Mejor Imposible. Pero también es un manifiesto subconsciente: simplemente me sentiría muy mal si descubro que delegué hasta el arte de pensar qué quiero escuchar. Ahí está el síntoma de la velocidad y la abundancia: si no podemos pensar qué queremos de algo que, supuestamente, deseamos es porque no tenemos tiempo para dedicarle la atención necesaria, ¿me explico?
Lo podemos ver en todos los demás aspectos de la vida y me declaro culpable de contestar muy de vez en cuando los mensajes del celular. No puedo y ya no quiero vivir en una conversación constante y coral con cincuenta personas a la vez todo el tiempo, a toda hora, en cualquier lugar. Y eso no quiere decir que no me interesen ni que no los quiera. No puedo. No me hace bien. Me desconozco cuando recuerdo que yo también fui de los que contestaban mensajes mientras intentaba prestar atención a un interlocutor en una absoluta y supina falta de respeto al prójimo más próximo que todos los demás, ese que está sentado en frente.
Por más que ame la tecnología y siempre quiera lo más nuevo de cada dispositivo, no me imagino una vida en la que no pueda diferenciar el living de un departamento del de la recepción de un consultorio: sin fotos de seres queridos que seleccionamos para imprimir, sin imágenes de cosas que no queremos olvidar, sin libros que nos llaman desde sus lomos, sin aparatos que nos guiñan el ojo para que les demos play y subamos el volumen en un giro de muñeca y no con un dedo que se desliza por la misma pantalla en la que nos puteamos con el jefe, leímos las noticias en el baño y likeamos la última foto del hijo de nuestro amigo. Esa foto, la de eso que ya no recuerdo.
Por último (y por ahora) si Miranda! revalida su vigencia es porque ellos mismos se encargaron de conservar una forma de hacer las cosas que agotaría a cualquiera en estos tiempos: nunca dejan de tocar, viven de gira o en estudios y la reman con viento a favor y en contra. Ellos reclamaron para sí mismos el lugar de reyes del pop cuando hicieron su convocatoria para su Hotel. Y para sorpresa de nadie que los conozca, lo hicieron con la misma creatividad que cuando comenzaron. Detalle que viene al caso: en dicha ocasión «Tu misterioso alguien» fue reinterpretada con un dramático Calamaro de invitado en una versión que pone la piel de gallina.
Y esa paradoja es divina: que lo vanguardista funcione por la terquedad clavada en el vanguardismo. No en el escándalo berreta, no en la falsa apariencia de hacer cosas de idiotas para que se viralice un video aunque quedemos como estúpidos con suerte pero “genuinos”. Un vanguardismo natural y carismático, pero también calculado y cuidado a fuerza de laburo. Puro talento.
Como el de esas pibitas que la rompen en la categoría revelación año a año desde hace al menos un lustro, aunque nosotros digamos que ya no se hace música como antes.
Gracias por haber leído (y no obligarme a convertir esto en un video).












