Una sola vez conté esta historia y bastante me costó, pero no pude pensar en otra cosa para meterme en este episodio. Para el sábado 6 de enero de 2007, llevaba tres años jugando los mismos seis números en el tradicional sorteo de la gran quiniela de la provincia de Santa Fe en todas sus modalidades. Ese día lo recuerdo bien porque no jugué. Bueno, lo recuerdo bien… No sé por qué no jugué, pero ya se había convertido en un TOC, en un amuleto y, como cada vez que se rompe un TOC, sentí una sensación liberadora. En la mañana del lunes, mientras me informaba con la radio, el locutor dijo que el sorteo había quedado vacante y citó los números por los que nadie apostó: 08, 24, 32, 36, 37 y 41. Eran los que había apostado dos veces por semana durante tres años. ¿Cuánto dinero no gané? El equivalente a 500 mil dólares.
Quisiera decir que saqué algo positivo de aquella anécdota, pero solo me sirvió para contar como punto de partida para un texto de hace unos años, además de para tomar nota de que Dios, evidentemente, quería que hiciera las cosas de otra forma o no me tiene mucho aprecio. Y también para este episodio.
Suena raro hablar de suerte, de buena suerte al referirnos a la salud mental. Puede que pienses que esta historia haya sido concebida en un buen día, pero no lo fue. Al menos no tanto. Pero con la hoja en blanco, no sé por qué cayó esta afirmación: en mi historial mental tuve suerte. Algo de suerte. Bastante suerte. Todo depende del día y de la circunstancia.
O sea, dentro de la historia sin fin que implica el laberinto mental, tuve suerte en determinadas situaciones que a otras personas arrastraron a la ruina total y es por eso que quiero contarlas, como si fuera una botella arrojada al mar con un manual adentro por si llega a las manos indicadas. Puede que seas vos, puede que sea un pariente, amigo o compañero de trabajo.
Cuando digo que tuve suerte, lo primero que debo remarcar es que nací en un buen momento para tener los cables pelados. La farmacología logró concebir el primer antidepresivo moderno recién en la década de 1950 y el primer ansiolítico unos diez años después. Pienso en lo que sería mi vida sin esas invenciones y lamento profundamente lo que tuvieron que pasar todas esas miles de generaciones que tuvieron que vivir así y sin ayuda. Porque aquí sale el primer punto a tener en cuenta, ya que nunca falta el que busca motivos para explicar por qué todos conocen a alguien con un trastorno psiquiátrico: porque ahora se los puede detectar y tratar.
Pero la cuestión temporal me lleva al segundo punto. No sólo tuve suerte en nacer en la línea de tiempo correcta, sino en hacerlo en el lugar correcto. Vivir en la ciudad con mayor cantidad de psicólogos por habitante del mundo es un gran punto.
Tuve suerte en el acceso a las herramientas. A lo largo de mi vida recurrí a cinco psicólogos. La primera vez fue a los seis años y no recuerdo absolutamente nada de por qué estaba ahí. Recuerdo todo lo demás, pero algo impidió que me contaran, supongo que para no sobrecargar a una criatura tan pequeña con cosas que no puede procesar. Recuerdo el largo viaje de Lugano a Plaza Italia que se hacía en dos colectivos. Para viajar a esa edad tenía que ir con mi madre y mis dos hermanos, así que imagino una aventura extenuante desde el punto de vista de un adulto. La línea 50 hasta la Avenida Eva Perón y desde allí el 141, que también pasaba por Lugano, pero nos quedaba lejos. Una vez en Plaza Italia, caminábamos un par de cuadras hasta llegar al edificio donde una mujer que recuerdo altísima, de corte carré a lo Araceli González, me pedía que eligiera el juego que quisiera jugar o dibujara lo que quisiera. Probablemente habré pensado “¿por qué le tendrán tanto miedo a un terapeuta si se viene a pasar el rato?”, pero no me causaba gracia tanto viaje para hacer lo que podía en casa. Y también recuerdo los larguísimos cigarrillos finitos que fumaba mi psicóloga al lado de la ventana mientras me observaba.
Mi segunda terapeuta la pedí yo, a los 16 años. Estaba en cuarto año de la secundaria y entrenaba todos los días de la semana, más los partidos los domingos o sábados. La escuela me llevaba la mitad del día, el deporte la otra mitad y algo me picaba fuerte adentro sin poder explicar bien. Al menos hoy hago el esfuerzo de buscar entre los archivos de mi cabeza por qué pedí ir y no consigo encontrar el motivo. Al menos no de la primera consulta. Que siguiera con mis sesiones sí es fácil de explicar: mi terapeuta era preciosa, una de las mujeres más bellas que haya visto. Tomaría con pinzas eso de decir que seguí en terapia porque mi terapeuta estaba buenísima dado que esos recuerdos fueron grabados en el disco rígido por un adolescente inundado de hormonas. Yo no estaba bien, evidentemente, y eso me lleva a pensar en cuánta suerte tuve, de nuevo.
Me atraían los vacíos sin protección. Una ventana alta era mi fascinación oscura, un lugar en el que todo se veía pequeñito y, cuando te dejás llevar, el vacío comienza a atraerte. Hay una fracción de segundo para dar un paso atrás. Era como una ruleta rusa en la que tuve suerte: nunca salió la bala.
Casi todo mi cuarto y quinto año de la secundaria fueron atravesados por la joda extrema, comportamientos grupales que más tarde comprendimos que estaban contemplados en el código penal, una fascinación por probar los límites de mi cuerpo y un profundo miedo por los tiempos por venir cuando ese contexto escolar se acabara.
Cuando ya se terminaba quinto año, la fascinación que tenía por aquella terapeuta de larguísimos pelos rubios que le daban un marco artístico a unos profundísimos ojos celeste oscuro no pudo ganarle a la bronca que me daba cuando nos quedábamos en silencio por diez, veinte minutos o toda la sesión. Si yo no sacaba tema, evidentemente igual hacía terapia. Y como siempre viví lejos de todo, me vino joya haberme cansado de viajar desde Lugano hasta Parque Patricios para quedarme sentado y contemplar esa obra artística de la naturaleza que tanto me hacía enojar. No estaba para lacanianos. O sí, no sé.
A los 26 recaí con una mujer muy, pero muy importante durante un período caótico de mi vida. Verdaderamente caótico. Tan caótico que dejé de ir por desordenado: la tercera vez que llegué a Palermo desde el tercer cordón del conurbano porteño en un día que no correspondía con el turno fijado, desistí. No debí haber hecho eso, puedo decir hoy con el diario del lunes. Ese despiole monumental era todo un síntoma. Que mi cabeza guardara las fechas en horarios o días que no correspondían, era un síntoma gigante de querer escapar de una realidad que, quizá, no tenía el coraje de afrontar. Es curioso cómo algunos olvidos son más omisiones voluntarias que cualquier otra cosa.
No sé si tuve una “crisis de los treinta años”. O sea, estuve en posición fetal en la cama durante dos semanas, pero ¿podría llamarlo crisis? Bueno, sí. Fue el año en el que ingresó Ana, a través del contacto dado por una compañera de laburo. Ana atendió mi cabeza durante siete años. Con ella aprendí la necesidad de una constancia, el compromiso a fuerza de pagar las sesiones a las que falté sin aviso, lo sagrado del espacio y las bondades del diván. El diván es increíble. El método parece idiota hasta que uno se recuesta y se siente absolutamente vulnerable con una persona que nos observa, pero a la que no podemos ver. No es para cualquiera ni funciona en cualquier instancia. Demoré uno o dos años para llegar a la instancia del diván.
Tuve suerte en que alguien me explicara qué era eso que me estaba pasando. Mi prima, que vive en Ushuaia, de pedo estaba en Baires y me dijo “Nico, estás teniendo un ataque de pánico”. Yo iba por el tercero o cuarto episodio de lo que ahora sabía que eran ataques. No sé por qué no se lo conté inmediatamente a mi terapeuta, pero probablemente haya jugado el factor miedo. Cuando tuve un ataque en medio de un restaurante que me depositó en la guardia de un hospital, creo que me sentí obligado a blanquear. También puede que haya ayudado la vergüenza que sentí y que haya tenido mi primera charla con un psiquiatra de guardia en una calurosa madrugada de verano.
Mi terapeuta sabía que yo era un tipo, digamos, nervioso. Tampoco hay que ser un titán de la percepción para notarlo, si soy un manojo de nervios a punto de estallar. Cuando le dije que tenía prácticamente uno por día y a veces más, me pidió inmediatamente que acudiera a un psiquiatra, pero a modo de interconsulta profesional. Tuve suerte en no titubear al decirle que sí. Esto es crucial porque, con el tiempo, comprendí que no todos aceptan ir al psiquiatra de una. No sé por qué existe ese freno dentro de los que estamos más que acostumbrados a hacer terapia. Es como si algo se frenara y el tabú histórico se hiciera presente. Creo que de tanto decir que no tenemos problemas para charlar sobre nuestros traumas en terapia, se nos olvidó el detalle de la palabra. Claro, ir al psicólogo no es igual que ir al psiquiatra. Como si un impulso nos dijera que al psiquiatra vas si estás loco, no traumatizado.
Mi paseo por la psiquiatría no fue distinto al que tiene cualquiera que busca un médico con el cual sentirse cómodo. Si alguna vez hicieron terapia con un psicólogo, sabrán a qué me refiero: no siempre hay química. Con el psiquiatra puede pasar igual, con el agregado de que es médico, por lo cual, si no conseguimos esa química de primera mano, o no nos sentimos cómodos o seguros, debemos buscar uno nuevo inmediatamente porque es la salud la que está en juego.
Mi devenir por los consultorios psiquiátricos será tema para otro episodio, pero basta remarcar que he visto grandes profesionales, otros no tanto, algunos dudosos, todo lo que puede ocurrir con cualquier rama de la medicina. El asunto es que también tuve suerte en este punto. ¿Por qué? Por todo lo que ya conté respecto de todo lo demás: por haber nacido en este tiempo en el que la psiquiatría avanzó tanto, por vivir en un país y, particularmente, en una ciudad con gran diversidad de consultorios y por contar con los medios para asistir.
Creo que es muy importante hacer mucho énfasis en la enorme fortuna de haber nacido cuando nací y vivir en esta época. Hasta la década de 1950, no existían antidepresivos. Hasta la década de 1960, no se habían inventado los ansiolíticos. No sé cómo dimensionarlo de mejor forma: todos los que vivieron la Primera y la Segunda Guerra Mundial no contaron con estas bondades químicas.
Ahí ya escucho al boludo superado que se las sabe todas y dice: “¿Ves? Con todos esos dramas, la gente salía adelante igual”. ¿En serio? ¿Cómo lo hacía? ¿Quieren estadísticas o alcanza con recordar el nivel de alcoholismo, las muertes prematuras o la brutal violencia desatada?
El homo sapiens más antiguo hallado hasta la fecha tiene unos 315 mil años. Si sostenemos que ése fue el primero y no hubo ninguno antes, la humanidad ha vivido 314.940 años sin antidepresivos ni ansiolíticos.
Vamos por la quinta generación de antidepresivos y la sola idea de saber que siempre se puede mejorar en este sentido me lleva a verlo como el único punto optimista del mundo que habito. De alguna tabla hay que agarrarse para no hundirse en el océano de la imprevisibilidad. La mía es saber que, en cualquier otra época, mi situación habría sido mucho, pero muchísimo peor.
Podría centrarme solo en las cuestiones negativas, la negación de la familia a mis trastornos y demás cosas que son aspectos culturales en todo el mundo: los padres ven a sus hijos perfectos. Podría centrarme en el estigma aún existente incluso en mi sociedad, tan abierta a hablar de estos temas.
Sin embargo, me gusta pensar que tuve y tengo suerte. Cada vez que alguien me dice “gracias por el empuje” o algo similar por solo hablar de estos temas, me quedo con la sensación de que no hay nada para agradecer. Pero no como un latiguillo, un “gracias-de nada”, sino porque no considero que yo empuje nada, no sin la ayuda de mucha gente y de la buena fortuna de haber nacido en el tiempo correcto, en el lugar correcto y por tener determinados beneficios que no cualquiera tiene.
Tuve mucha suerte, demasiada suerte cuando en febrero de 2020 me atajaron en plena caída libre. Las pastillas son otro temón para un episodio aparte. En aquella época yo llevaba cuatro meses sin tomar ni una aspirina. Por mi cuenta. Nadie en su sano juicio me habría dicho que dejara de tomar. Para febrero de 2020, alguien prestó atención a mi patrón de horarios y me preguntó cuánto hacía que no dormía. Yo ni lo había registrado. Accedí a una consulta con una nueva psiquiatra y ahí entró en escena Lili. Y por si no se dieron cuenta aún de la fecha, dije febrero de 2020. Lo remarco para destacar la suerte, la enorme fortuna que tuve de encontrarme con alguien que me prestó atención y por la química que pegó con esa psiquiatra un mes antes de que el mundo se fuera al tacho.
Tuve suerte en materia económica. Mucha suerte. Mi tratamiento se lleva una parte significativa de mis ingresos a pesar de contar con un descuento brutal en pastillas. Entonces me pregunto cómo hará alguien que no cuenta con ese tipo de cobertura, porque a pesar de lo gigantesco que es el alcance de la salud pública de mi país, no está a la altura de la plasticidad psiquiátrica, del avance farmacológico y de las novedades terapéuticas. Solo se cubre una pastilla antidepresiva (la única que genera efectos adversos en pacientes del espectro autista), un ansiolítico (el único que te deja incapacitado) y un solo antipsicótico.
Dentro de mi abanico de trastornos, a nadie debería sorprender que sea hipocondríaco. En este sentido, también tengo suerte porque nunca me quedé en un autodiagnóstico, que es otro de los grandes males que nos acechan y perjudican a los que requieren ayuda. A esto también le dedicaremos un episodio, porque es un universo aparte: los que quieren sentirse especiales por tener un trastorno.
Y qué decir del mayor factor de suerte de todos: la enorme red de contención. Personas que no saben que son gigantes y están ahí para notar que algo no funciona antes de que lo note yo, o que están para guardar silencio cuando nada se quiere decir. No son siempre las mismas; la vida de todos es dinámica. Pero el cariño siempre está ahí, intacto, hacia quienes hacen el bien solo con existir.
Tengo que aceptar que tuve suerte. Que tengo suerte. Me lo tengo que repetir a cada rato porque, como corresponde a una cabecita brutalmente depresiva, veo lo negativo en todo. Tan negativo que cuando me siento pleno o feliz, inmediatamente me agarra un subidón de adrenalina que no desencadena un ataque de pánico porque vivo empastillado. Y, si me permiten el autoelogio, debo reconocer que tuve una suerte enorme cuando, con el último resabio de voluntad, notifiqué a mi psiquiatra de mi situación oscura, negra y amenazante.
Espero que sepas que vos también podés contar con algo de suerte si te animás a consultar. Si estás en terapia, no hace falta esperar a que te lo sugiera tu terapeuta, como hice yo: podés pedírselo, consultarle qué opina. Animarse es la parte más difícil, creeme. Después, no es para tanto: si no tenés nada, te vas mejor que como entraste. Y si tenés algo, comenzás un tratamiento por lo que, también, te vas mejor que antes.
Tengo que repetirme que tengo suerte porque sé, soy consciente de que un número imposible de cuantificar de personas no la tienen, que son demasiados los que quieren ayuda y no la consiguen, que el número de personas que buscan ayuda para sus seres queridos es insoportable. Y mejor ni hablar de los que requieren ayuda y todavía no lo saben. Esos son los que más miedo me dan junto a los automedicados.
Cada vez que en la calle me encuentro a una persona en pleno trance o divague siento una suerte de culpa del sobreviviente, de saber que yo sí tuve acceso a un sistema que, con todas a favor, no es para todos. Y no puedo hacer nada.
Contrariamente a lo que cualquiera pueda suponer, en un mal día, como es este en el que les hablo, uno es más consciente de la red de contención que lo rodea. Al menos a mí me pasa eso. Pienso en todo lo oscuro que se imaginen y cosas peores; puedo maldecir a los astros, putear por la falta de reconocimiento al esfuerzo, por la chatura intelectual, por la falta de amor por lo bello, por todo lo que enumera el tango «Cambalache», por ser cada vez más viejo, por los discos que aún no tengo, por mi precariedad laboral, porque los carbohidratos y las grasas engordan, porque queríamos cervezas que no engordaran y nos quieren vender sin alcohol, por los viajes que no hice, por no saber arreglar un auto, por todo lo que quiero y no puedo. Pero así y todo, en algún momento se me cruza esa frase: “al menos tengo suerte”. No, no es un consuelo de idiotas. Es un hecho.
Aunque 500 mil dólares me habrían venido bien.












