Seamos positivos. Veamos la vida con optimismo. ¿Por qué estar deprimidos si tenemos todo para ser felices? No, el mundo no se va al carajo: es un juego de oportunidades para los que tienen una mente positiva. No te quedes en la cama, si no sabés qué ponerte, ¡ponete feliz! Mostrale al espejo tu mejor sonrisa y ponete hacer cosas, que la depresión se pasa solita.
Como si no hubiera bastado con habernos criado con una serie de películas apocalípticas, la vida nos sorprendió con una pandemia y, tras cartón, el mundo se reconfigura en algo distinto. No sé si bueno o malo, que todo depende de los parámetros de cada uno, pero estoy seguro de que no coincide en nada con la versión del mundo para la que me educaron. Dentro de este universo habitan millones de universos más pequeños llamados personas, y cada uno tiene una forma de ver la vida distinta a la del de al lado.
Ahora, cuando hablamos de depresión, debemos tener en cuenta una diferencia elemental en sus diferentes significados. Deprimido es el adjetivo que le corresponde a algo que no está al alza. Una economía deprimida no está tristona en la cama ni se queda horas mirando un horizonte en algún punto fijo. Una depresión geográfica no escucha Radiohead en loop. La depresión atmosférica no provoca que el aire no quiera contestar los mensajes de nadie.
Cuando vamos hacia la salud mental, la depresión es un fenómeno químico que puede generar un síndrome o un trastorno, que puede ser grave, crónico o limitado en el tiempo. Es una alteración endógena, o sea que puede dispararse sin ninguna intervención de un factor externo: a una persona puede haberle pasado absolutamente nada y entrar en depresión.
En paralelo, está la depresión psicogénica, la cual también se produce una alteración del ánimo, pero como reacción al entorno. Al igual que la depresión endógena, requiere de un tratamiento, pero no precisamente debería ser químico. Al menos, eso me explicaron.
Pero en cualquier caso, la depresión no es estar triste ni estar de bajón. El peso de las palabras es brutal cuando se las pone en determinados contextos. No es igual decir “estoy depre” como sinónimo de bajón, tristeza o dolor que minimizar los sentimientos de otra persona o suponer que todo se debe a una cuestión de actitud. Sobre todo cuando hay algo fascinante: una persona con depresión mayor puede estar absolutamente enmascarándola por un comportamiento exultante, hiperquinético, hilarante.
La imagen del depresivo tirado en la cama, sucio, inapetente, es tan real como la del tipo pulcro, hiperactivo, en forma o con sobrepeso. ¿Los primeros son rasgos distintivos? Sí, pero no es la totalidad.
Todo esto lo digo porque hoy quiero centrarme en un negocio insoportablemente imprudente: el del optimismo.
Antes que nada, el optimismo no es un valor negativo en sí mismo. Como todo en la vida, depende de cómo se use. Algo óptimo es una cosa que no puede mejorarse porque ya se encuentra en su máximo. Óptimo es perfecto. Y ante tanto optimismo derramado en los algoritmos que nos rodean, quiero que sepas que no sos el único al que le afecta para mal.
¿A qué me refiero? Todos intentamos mostrar nuestra mejor imagen. A mí siempre me parecieron fascinantes las fotos tomadas por personas que no estaban preparadas para salir en la foto. No me refiero a las fotos en acción, sino a las que se toman cuando alguien está distraído, abstraído, en su mundo, pensativo, en un acto de lectura. ¿Se entiende de qué hablo? Cuando sabemos que nos van a tomar una foto, directamente intentamos salir bien, lo cual no es nuestro estado natural. Uno no se para de costado y con una sonrisa mientras espera a que el perro deposite su cacona en el paseo. En nuestro mundo que gira en torno al consumo y/o producción de contenidos en redes sociales, las fotos se han convertido en videos y en historias contadas como si se quisiera entablar una narrativa que convierte una foto, una instantánea, en un continuo, en algo que existe todo el tiempo. De pronto, se sonríe y se posa mientras se espera a que el perro haga cacona.
Los videos motivacionales son, para mí, un atentado a la salud pública, al buen gusto y a la lógica. De entrada, más que motivar buscan señalar qué les da placer a otros o cómo los demás sí tienen una supuesta calma mental que es la que se exhibe adrede. Y que esa calma mental se obtiene teniendo poco, teniendo mucho, teniendo lo que otro no puede tener o de lo que no puede ni quiere prescindir, con ejercicio, con mucho ejercicio, con ejercicios exigentes que son también motivos de motivada motivación motivadora.
Ni siquiera quiero adentrarme en lo más estúpido de gente que enseña que la clave del bienestar está en manifestarle al universo con los ojos cerrados mientras se golpean los dedos en la frente, la sien o el culo, y en ningún momento cuentan que un buen pasar económico permite tener el tiempo suficiente para hacer esas boludeces. Hablo del positivismo extremo. Hablo de frases hechas para ser positivos que pasan desapercibidas porque incluso tienen un buen objetivo.
Por ejemplo: “Está bien no estar bien”. No, no está bien. ¿Es normal? Sí, es previsible; sí, es un estado lógico de acuerdo a determinadas circunstancias, pero estar mal es estar mal y no está bien. No es motivo de vergüenza, no es motivo de ocultamiento, pero no está bien en el sentido de que no está bueno.
Vivimos tiempos complejos y no es casual que todos busquemos una calma rápida para el dolor. Hace cien años, Europa y Estados Unidos se llenaron de médiums, personas que organizaban reuniones para contactar con las almas de los seres queridos muertos en batalla. Con 22 millones de caídos, el mercado era abundante. Y cuando no hay guerras, hay pestes, y si el fin del mundo no parece vivirse en vivo, se puede fijar una fecha para que ocurra. Nada garpa más que el fin del mundo, cuando el mundo llega a su fin permanentemente porque siempre hay cosas nuevas. Si tomáramos a nuestra versión de hace quince años y lo soltáramos en la calle hoy, no entendería la mitad de las cosas que forman parte de nuestro día a día. Y hablo de hace quince días, no medio siglo.
Siempre nuestro mundo está muriendo para darle paso a algo nuevo, mejor, peor, distinto. Y los cambios generalizados dan miedo. Mucho miedo. Ahí entra el optimismo como modelo de imagen personal, aspiracional, la vida plena, la felicidad total, la fuerza de la voluntad que todo lo puede.
Ni siquiera puedo considerar culto al optimismo, porque una religión requiere de esperanza, no de optimismo. Y no, no son lo mismo. El optimista es óptimo, no hay margen para un vaivén en el futuro, no hay una grieta donde entre una duda neurótica que dispare un miedo sobre el devenir. Todo será mejor, todo estará bien.
Hacer de la mirada optimista un todo, como una suerte de psicología superalegre, es cruel. Porque si uno es el único responsable de su propia felicidad, también es responsable de su tristeza. Es como si se hubiera trasladado la responsabilidad personal a la psicología, y eso es cruel.
Por eso, a veces es necesario recordarnos que no todo es culpa nuestra. Si se murió una persona a la que quisiste mucho, no es tu culpa. Si cerró el lugar en el que trabajabas, no es tu culpa. Si te robaron la billetera, por más que la tuvieras en la mano asomada por la ventanilla del auto, no es tu culpa. Ningún daño que te haga otra persona porque le pintó es tu culpa. No es tu culpa que se inunde tu casa por una tormenta atroz, ni esa enfermedad degenerativa que surgió cuando menos lo esperabas, ni tus predisposiciones genéticas. Tampoco es tu culpa si perdió el club de tu corazón, si la cirugía no salió como esperabas, si el colectivo no llegó a tiempo, si cayó un meteorito, en fin… Nada de lo que escape a tu control es culpa tuya. Y por si no lo notaste, no podés controlar prácticamente nada porque toda acción depende de lo que nosotros queramos hacer y de que la suerte acompañe. Caminar por la calle es un acto de fe, por más atención que pongas.
Entonces, si la felicidad es un estado mental que depende solo de nuestra responsabilidad, es obvio que todos nos vamos a sentir como el culo cuando algo no se dé como queríamos. En esta forma de ver la vida, será tu culpa.
Se dice que hay que ser más atrevido, más aventurero. Yo fui un kamikaze casi toda mi vida y, cada vez que algún profesional me preguntó por qué creía que actuaba tan impulsivamente respondí siempre lo mismo: si lo pienso, no lo hago. Tuve que trabajar mucho, pero muuuucho, mucho para aprender que la prudencia es una virtud y que dudar es, tan solo, prestar más atención. Por eso vuelvo al punto de no confundir esperanza con optimismo. La esperanza viene de esperar por algo, por un resultado que puede darse o no. Uno tiene esperanza en que algo ocurra porque sabe que existe la posibilidad de que no pase. Es increíble que tenga que poner este ejemplo, pero piensen en el hincha de un equipo de fútbol: tiene la esperanza de ganar. Cuando gana, celebra como si el mundo fuera una fiesta porque sabe que había otras alternativas.
Por eso es que me genera mucho enojo cuando alguien me califica como pesimista. Puedo tener un mal día, puedo tener una mala semana, un mal mes, un pésimo año, pero es porque esperaba otra cosa. No comienzo mi día con ganas de que me vaya como el culo. Y si me va mal y mañana me despierto sin ganas de salir de la cama, tiene una lógica que un positivista nunca va a entender. Un pesimista, en cambio, no piensa en posibilidades; da por sentado un resultado negativo.
Si pudiéramos dimensionar lo peligroso que es pensar en positivo todo el tiempo, quizá nos dolerían menos los resultados adversos. Si una vez estuviste en la misma trinchera que yo, con una sensación de bruma mental que te lleva a ver todo de forma negativa, seguramente te habrás encontrado con alguien que, con mucho amor o por egoísmo –sí, puede ser por mucho amor– nos pide que pensemos en positivo, que veamos las cosas lindas, que le decretemos al universo o que nos hagamos cargo de que tenemos el control de nuestra mente para decirle que piense en cosas buenas. A veces creo que estas personas ya olvidaron quiénes fueron cuando eran niños. Uno aprende todo lo que necesita para sobrevivir a través del dolor. Un bebé aprende a poner las manos cuando se cae después de cabecear el piso varias veces, un niño logra controlar el punto de equilibrio de la bicicleta luego de llenar sus piernas y brazos de frutillas. ¿Quién dijo que no se debe sufrir? ¿Y cómo pensás aprender, con un manual que enseñe a vivir?
No propongo vivir con miedo; no, señor; no, señora; no, señorita. El miedo paraliza y, por si justo esto llega a manos de una persona que no sabe de qué se trata el trastorno de ansiedad o la depresión, creeme que sabemos de qué hablamos cuando decimos “miedo”. El aprendizaje terapéutico está en encontrar la forma de hacer las cosas aunque tengamos miedo. Pero no el miedo de una imprudencia: el miedo de saber que existe la posibilidad de que algo no salga como deseamos. Qué hacemos para reducir el impacto de ese temor determinará nuestro accionar. El que haya creído que la esperanza no incluye al miedo, es porque no sabe lo que significa esperar, el abanico inmenso de probabilidades de lo que todavía no es pero queremos que sea.
Hay personas que son positivas por naturaleza, que nos contagian buen ánimo con solo su presencia, y existen otras que son un lastre que nos arrastran al fondo del océano. No se trata de optimismo ni de un exceso de positividad: una persona sana, una buena influencia, también tiene sus fantasmas y sus miedos. Va por la vida con una sonrisa pero no teme hablar de sus miserias. De la que desconfío es de aquella persona que dice no necesitar nada y se dedica a predicar a los demás cómo hacer para estar once puntos sobre diez con una obsesión que dispara una pregunta: si tan bien estás que no necesitás nada ¿por qué esa obsesión con mi cara de ojete?
Sí, existe una regla no escrita que dicta que cuando alguien dice algo en público, no lo dice para nosotros. ¿No me gusta lo que dice? Sigo mi camino y a otra cosa. Pero en el positivismo extremo, los mensajes son direccionados. Dale para adelante, levantate, ponele garra, el mundo es de los que se lo ganan, activá. Recuerdo una canción de Chiquititas que en su estribillo decía “todo, todo, todo es tuyo si querés, ¿Querés? Con una sonrisa, mirá qué fácil es”. ¿No es genial que la actitud de seres humanos que ya tienen presbicia esté al nivel de una canción infantil? Me parece maravilloso porque el planteo de que todo es tuyo si lo querés es infantil, propio de un niño. O de un ladrón, claro.
Porque no hay forma de tener una sonrisa las 24 horas en la cara y, al mismo tiempo, decir que estamos delante de una persona con buena vibra. Nadie entra a un velorio, dice “es una gran oportunidad” y sale sin una camisa de fuerza. Bueno, nuestra actualidad premia a esas personas porque llevan a que un montón de gente quiera ser como ese sujeto. Y muchos no pueden, pero no porque no quieren ser felices, sino porque sienten que la vida no les sonríe: se les caga de risa. ¿Quién puede culpar a alguien por su infelicidad y decir, a la vez, que el mundo es un lugar hermoso?
En mi ambivalencia, soy un tipo que en persona puede parecer simpático o un perro que espera a su dueño en la puerta del supermercado y ve que se está por largar a llover. Todo depende del contexto y de con quién estoy. Durante mucho tiempo me castigué por ser un tipo que hace el comentario pesimista. Bueno, aún me castigo. Pero cuando tengo que escribirlo o contarlo, como ahora, sé que no es pesimismo, ni siquiera es realismo: es probabilidad. Saber las probabilidades te prepara y las buenas nuevas se celebran de todos modos. Por eso, y para redondear, le escapo a los consejos inconsistentes, a los tips berretas y, sobre todo, a los que dicen que todo saldrá bien.
Por eso, creo que es más realista y abierto a las posibilidades de lo que nos depare el camino poder decir que, probablemente, no todo estará bien, pero lo podremos transitar.
