Distimia: una silenciosa trampa

Distimia - Frame de Al Pacino en Tarde de Perros

Hola, ¿qué tal? ¿Todo bien? Hoy vine acompañado por ella, que anda medio bajón desde hace casi dos años. Tranqui, casi no come. Bueno, puede que se coma todo lo que haya en la carta. Es que anoche no durmió, aunque no recuerdo si es que no durmió o se despertó luego de doce horas. No importa, el asunto es que está knockout de energía y tiene vacante el casillero de la autoestima. No, ni se calienta con esto que acabo de decir, tranca, ni lo registra… No se puede concentrar ni que se lo digan por altoparlantes y con luces de neón. ¿Por qué anda así? No lo sabe, o sí lo sabe, no decide si es que le cuesta tomar decisiones o no puede tomarlas. Mejor ni le preguntes qué opina del futuro, que no puede proyectar más allá de esta tarde.

Te la presento. Se llama Distimia.

Recuerdo un cuasi insulto simpático, de esos que me causaban gracia cuando era chico: «trastornado». Digo cuasi insulto porque no lo era de acuerdo al contexto, como decir “boludo”, tan característico de los porteños y alrededores. Tan inofensivo que tardé años en pensar qué es realmente un trastornado, independientemente de que me sigue resultando una palabra muy graciosa. En determinados contextos, claro.

Un trastorno mental es algo que, como el significado básico lo indica, trastorna, altera. Algo que debería funcionar de determinada manera lo hace de otra. Un trastorno mental es una alteración clínicamente significativa de las formas de incorporación de información y cómo la procesamos, la regulación de las emociones o el comportamiento de una persona.

Casi siempre esto genera resultados que no todos vemos, pero que están: angustia o discapacidad funcional en distintas áreas. ¿Qué sería esto de la discapacidad funcional? Bueno, que alguien no reacciona normalmente a los estímulos que lo rodean, que le cuesta relacionarse, sostener una conversación, producir en el trabajo… funcionar.

Y aunque no lo veamos, todo esto genera un cúmulo de angustia que, como hay una alteración en el proceso de información, el que padece el trastorno no sabe cómo manejarlo. Si ante un evento doloroso o una presión desmedida de estrés nos agarra una crisis de angustia, eso tan temido por cualquier persona debería ser un motivo de tranquilidad para el que tiene algún padecimiento mental: es el símbolo de que aún estamos ahí, de que no enloquecimos del todo. Angustiarse por lo que sabemos que debería funcionar de determinada manera y no lo hace, es un rasgo de normalidad. Es lo que les pasa a las personas sanas. En todo caso, desconfío más de los psicópatas, esos que se cagan de risa de la desgracia y hasta la disfrutan. Contra eso no hay medicamento disponible.

Entre todos los trastornos mentales existentes, hay uno al que casi nadie le da bola, pobrecito. Tiene hasta un bonito nombre, quizá por eso no da miedo: Distimia, Timmy para los amigos. Mimita en la intimidad. Su nombre significa «alteración del humor». Ese significado tampoco suena a patología, pero hay que recordar que la medicina antigua se regía por el equilibrio de lo que llamaban humores, que eran cuatro. Partiendo de esa base, la definición de «alteración del humor» ya plantea algo un poco más grave: una persona desequilibrada.

Lo interesante del asunto es que Timmy obtuvo su nombre de manera oficial recién en la década de 1970, al menos de manera oficial. Antes de eso, tenía otras definiciones, pero nadie se ponía de acuerdo; entonces decían que se llamaba “Depresión Neurótica”, con lo que le tiraban el fardo 100% a los psicólogos para que se hicieran cargo. Y eso que ya se esbozó el concepto a mediados del siglo XIX. En la década de 1970, hubo consenso para aislarlo como una patología distinta, algo que debía tener un nuevo enfoque, un trastorno. Y fue rebautizado como Distimia. Al menos hasta 2013, cuando la nueva edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales le colocó un nombre mucho más serio: Trastorno Depresivo Persistente. Y ahora sí que la podemos tomar en serio.

Bueno, no tanto. Nadie la toma en serio y ese es el motivo de este episodio. El mayor problema con la distimia es que es muy silenciosa. En un principio, no difiere mucho de estar de bajón: inapetencia o ataques de gula, insomnio o hipersomnia, la autoestima por el suelo, dificultad para concentrarse, problemas para la toma de decisiones y sentimientos de desesperanza. Podría tratarse de una encuesta a un millennial que acaba de llegar a los cuarenta años. Ahora, cuando son dos o más de estos síntomas y cuando no es una cuestión de unos días ni de unos meses, sino que se extiende en el tiempo… y se extiende… y se extiende… No es un estado de ánimo. Es un cuadro clínico.

También se le baja el precio como trastorno porque sus características son muy parecidas a las del Trastorno Depresivo Mayor, la Señora Depresión en todo su esplendor. Sí, son los mismos, pero por algo al otro se le dice mayor: las manifestaciones son mucho más severas y las crisis más profundas y cercanas en el tiempo. Los pozos depresivos de la distimia, en comparación, son más bien como una cuneta en una bocacalle y están bastante más espaciados. Esto no lo hace menos grave ni a palos por una sencilla razón: sin diagnóstico ni tratamiento, crece y se convierte en la Señora Depresión. ¿Cómo lo hace? De a poco. Como todo lo que pasa con la salud cuando nos dejamos estar.

Como con cada trastorno, las causas son multifactoriales. Hay factores exógenos: el exceso de estrés sostenido en el tiempo, conmoción, falta de estímulos, traumas heavys en la infancia o el desarraigo. Sin embargo, todo esto puede entrar y rebotar, salvo que se active una causa orgánica, una alteración química en el cerebro que convierte, de pronto, una cuestión de conducta en una patología sobre la que ya perdemos nuestra buena voluntad.

Se preguntarán cómo es que una cuestión externa puede alterar la química de nuestro cerebro… Hormonas y neurotransmisores varios son químicos naturales que produce nuestro cuerpo y que circulan libremente. Algunos de esos aumentan para cuidarnos de situaciones externas o para ayudarnos a sostener exigencias. La adrenalina, el cortisol, la dopamina, la oxitocina, la serotonina y otras inas son segregadas naturalmente por nosotros mismos.

Ahora, imaginate que el cerebro recibe un extra de cortisol porque estás bajo mucha presión. De ese extra tiene intenciones intención de que sea por poco tiempo. Si es permanente, el cerebro deja de funcionar como corresponde porque lo normal no es estar en situación de presión. Lo mismo pasa con todas las demás hormonas y neurotransmisores.

Hay cosas que no deberían decirse abiertamente si no se agrega el contexto. Mucho menos en estos tiempos en los que cada vez más gente no comprende lo que lee.

(Breve paréntesis: algún día deberíamos hablar de eso porque leer es nuestra forma de procesar el lenguaje. Una persona que no comprende lo que lee, dudo mucho que pueda comprender lo que escucha ni lo que sucede, y casi estoy seguro de que hay una línea que conecta esta pésima calidad de comprensión con el nivel de exasperación que vemos en la calle por cuestiones estúpidamente menores.)

Digo lo del contexto porque, si afirmo que la distimia tiene una incidencia del 6% de la población mundial, puede sonar a poco. Son 500 millones de personas. 500 millones para un solo trastorno del largo listado de padecimientos mentales. Y estas son cifras estimativas y brutalmente desactualizadas.

Así y todo, hay cosas que se sostuvieron tanto en el tiempo que difícilmente muestren un cambio: la distimia es un poco más frecuente en mujeres que en hombres y mucho más en mujeres jóvenes que en hombres de cualquier edad. También impacta más de la mano de la soledad y, si bien el dinero no compra la felicidad, andá a explicárselo a los sectores de menores ingresos, grupo de riesgo favorito de este bonito trastorno.

Como podrán imaginar, con solo saber las fechas en que se le puso el nombre definitivo a esta afección, se sabe muy poco de nuestra amiga Distimia. Timmy. Y como podrán imaginarse, en cuanto uno comienza a explicar los síntomas característicos, es normal que los escépticos de la salud mental digan que es otro invento o, como me dijeron más de una vez, “un acto de propaganda a favor del negocio de los laboratorios”. Aunque no lo crean, me lo han dicho más de una vez. Como si esto estuviera financiado por algún laboratorio. Con lo bien que me vendría…

Y como se sabe poco, es que me siento con ganas de que se sepa más de esta patología, que es uno de los tres trastornos mentales más presentes en nuestra región y en nuestro país. De los otros dos se sabe un poco más: trastorno de ansiedad generalizado y trastorno depresivo mayor. Ya se pueden imaginar que si de esos se sabe más y así y todo está lleno de gente que los minimiza, ¿qué le queda a la pobre distimia?

No es una enfermedad nueva; estuvo siempre presente desde que la humanidad existe. ¿Cómo se sabe? Porque el equilibrio químico del cerebro humano no es un invento del siglo XXI. No es lo mismo inventar que descubrir, y porque Aristóteles ya habló de ella. Es que nuestra amiga, Timmy, Distimia, tiene una descripción de síntomas tan, pero tan parecidos, que hace que no se pueda pensar en otra cosa que en cómo se llamaba antiguamente: Melancolía.

Es ahí donde sostengo que la cultura puede haber jugado en contra de esta patología, sobre todo si tenemos en cuenta que, desde que caminamos en dos piernas, se asoció a los grandes genios de la historia con trastornos mentales. Aristóteles comenzó un texto con una pregunta:

“¿Por qué son melancólicos todos los ilustrados en filosofía, política, poesía, en las artes, incluso hasta el punto de sufrir la enfermedad proveniente de la bilis negra, como por ejemplo también Hércules entre los héroes?”

La melancolía pasó a formar parte de nuestro lenguaje cotidiano como un estado de ánimo cuando ni siquiera la Real Academia Española lo describe así. Veamos qué nos dice la RAE: “Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.”

Más que una definición de diccionario, es una invitación al psiquiatra, pero son puntos de vista. Que la distimia no sea tenida en cuenta, que probablemente sea la primera vez que la escuches nombrar, es por la cultura del happyness, del bienestar obligado, de ser feliz y no molestar. Una cultura que hasta arrastró a los doctores en noticieros, que en vez de darnos las novedades de cosas que no sabemos, se pasaron al bando de seamos todos felices junto con las notas con tips en los principales portales. Todos te tiran consejos sobre un bienestar para algo que ellos no te diagnosticaron porque no saben quién sos, qué te pasó ni qué hacés de tu vida. ¿Qué tiene de grave? Que la distimia es la puerta de entrada a los trastornos que sí te complican la existencia, que sí ponen en riesgo tus relaciones, tu trabajo y tu vida. Y aunque no sea la puerta de nada, no está bueno estar mal.

¿Vieron cuando dije que no está bien no estar bien? A esto me refiero. No tenés que sufrir inútilmente y mucho menos si tenés las posibilidades de no hacerlo. Imaginate que tenés un dolor de estómago que no afloja y ya pasó una semana. ¿Vas al médico o esperás un poco más a que pase? Es lo mismo. No, no tenés que sufrir al pedo ni pedir permiso para ver a un profesional. Si sos padre de un adolescente, no tengas miedo a llevarlo ni temas por lo que haga ese profesional. Es su expertise, es para lo que se preparó. Y como digo siempre, son médicos: si no te sentís conforme con un diagnóstico, siempre podés buscar una segunda opinión. O una tercera o las que quieras.

Y lo digo más que nada porque es una picardía dejarlo pasar. La distimia es un trastorno crónico curable si se lo agarra a tiempo. O puede que no, pero mucha gente lo supera. Dejarse estar y entrar en la Depresión Mayor es un juego innecesario. De ahí sí cuesta mucho más salir. No quiere decir que sea el fin del mundo, sólo que es más fuerte. ¿Para qué sufrir? ¿Para qué dejar sufrir?

Existen cosas que no podemos cambiar de nuestro entorno ni del mundo. A veces me gusta pensar que una persona trastornada es, en realidad, una persona tan sensible que no puede lidiar con todo lo que ve. No es casual que uno de los síntomas que pueden detonar un diagnóstico sea el de “sentimiento de desesperanza”. La esperanza es la espera de algo que puede o no puede pasar. Sabemos que una chance es que no ocurra, pero esperamos que sí pase. La desesperanza es todo lo contrario. No, ni siquiera es pesimismo. Un pesimista espera que todo salga mal. El desesperanzado no espera nada. ¿Se entiende la dimensión de lo que siente una persona con distimia? Eso es todos los días. ¿Es necesario esperar tanto para consultar a un profesional?

¿Creen que una persona que entró en el terreno de la desesperanza puede salir adelante con ponerle pila, garra, con un té en ayunas, yoga, mindfulness, wellness, ¿monstruito del lago Ness? Está desesperanzado, no aburrido. No es que no sabe qué mirar en la tele, aunque también le pase. Es que no espera nada. Y el motivo por el cual la distimia tiene, en su nombre técnico, la palabra “persistente” es porque es, precisamente, persistente. Un estado de ánimo persistente, que dura en el tiempo, que no cambia con el pasar de los días, las semanas ni los meses.

Para satisfacer la curiosidad, que seguro ya te lo estás preguntando, el trastorno depresivo persistente, la distimia, tiene un tratamiento de dos vías: terapéutica y farmacológica. La respuesta es casi inmediata. No será de un día para el otro, pero puede que en menos de una semana sientas la diferencia. Después viene la parte más difícil, que es mantener el tratamiento. A nadie le gusta depender de fármacos y mucho menos cuando ya se siente bien.

Pero eso es tema de otro episodio. Después de todo, yo también largué las pastillas por mi cuenta. Y me la di en la pera.

Pero eso, también, será tema para otro episodio. Es genial que todos los temas surjan mientras hablo sin saber quién estará del otro lado. Es como si hiciera terapia, que uno habla y aparecen cosas que no esperaba que aparecieran. Bueno, imagino que precisamente por eso es que hoy mi cabeza me pidió hablar de distimia. ¿Cómo evolucionará? Qué nervios…

Nico Lucca

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