Primer acto. El 6 de mayo de 2004 la mayor parte de la gente que conocía estaba en sus domicilios frente a una tevé que todavía funcionaba a rayos catódicos. No era el último partido de un torneo de fútbol, sino algo mucho más importante para una porción inmensa de la población mundial: el final de la última temporada de Friends. ¿Dónde estaba yo? No lo recuerdo. Viene a mi memoria un montón de detalles antes y después, pero no sabría precisar qué hacía a esa hora en la que todo ser del bien se puso frente a una pantalla de vidrio a ver un episodio doble con el final de la serie que había marcado la totalidad de mi adolescencia y el traspaso de la escuela secundaria al mundo adulto.
No, no vi el final de Friends. No se vaya, espere, que tengo una explicación. Debo ser la única persona que se autopercibe fanática total de la serie y que no la terminó de ver. ¿Nivel de fanatismo? Remeras, buzos, muñecos, revistas de la época, textos semiensayos sobre el trasfondo sociocultural desgranado detrás del humor, lo que se les ocurra, cualquier cosa que pase por sus mentes, está en mi poder.
Tengo hasta los dos sets inmensos de Lego totalmente completados y exhibidos en un lugar que hace que sea lo primero que vea al despertarme y lo último al acostarme. Puedo describir cosas que solo los mayores fanáticos sabemos, puedo mencionar situaciones de la serie de esas que hacen que los demás nos vean como si fuéramos seres profundamente disfuncionales y todavía tengo tics adquiridos a fuerza de repeticiones entre mis 12 y 22 años de edad.
Este texto es parte de una terapia autoimpuesta que he desarrollado al traspolar una técnica de desbloqueo de escritura. Después les cuento bien en qué consiste, pero la apliqué para intentar adivinar, aunque sea por aproximación, qué me pasa que no puedo ver ese final, que nunca me sale llenar el álbum. No casualmente se me apareció la frase mientras buscaba algo para ver en una noche difícil. Luego de decirme “nunca terminé de ver Friends”, mi cabeza pensó en un título. Lo normal habría sido ir a terminar de verla.
En fin, está ese faltante en mi impoluta colección de cultura pop. Y no crean que todo ocurrió sin querer o porque una causa de fuerza mayor me impidió hacerlo. No solamente esquivé voluntariamente ver el final de la serie cuando ocurrió, sino que hice todo lo posible para no saber cómo terminó en la máxima medida que me fuera permitido. Y no fue fácil, al menos no al principio. Cuando todavía no teníamos redes sociales tan adictivas como las actuales, cuando el concepto de smartphone resultaba ficción, lo más difícil era esquivar los comentarios de los grupos humanos de pertenencia. Puntualmente, un desayuno en la oficina o un recreo en la facultad, donde la excusa para tener un tema de conversación recae siempre en un tema en común. Y nada había más en común aquella semana de mayo que hablar del final de Friends.
La mentira de “en cuanto pasen la repetición lo veré” fue algo que pudo sostenerse muy poco tiempo. Fue tal el récord de rating global de aquel episodio que las repeticiones llegaron para todos los idiomas. Hubo mil oportunidades para verlo en una época en la que la televisión obligaba a fijarnos en los horarios y agendarlos, que rara vez existía una segunda oportunidad: no llegaste a verlo, te jodías.
En enero de 2012, mi madre me regaló, con motivo de mi cumpleaños, el box de Friends en Blu-ray. Una preciosura, para nada económica, con extras que van desde capítulos comentados por los actores y productores hasta escenas borradas y los ya históricos gag reels. La vi de una punta a casi la otra unas mil veces. Bueno, puede que menos de mil. Bastante menos que mil, pero demasiadas veces, como un buen fan de la serie hace en cumplimiento de la ley. Sin embargo, nunca vi el final de Friends.
Segundo acto. Me gustaría decir que es un caso aislado, pero no. Escapé del final de Lost, del de Game of Thrones y hasta le metí una gambeta memorable al final de House. Sin embargo, el paso del tiempo pudo reacomodar algunas cosas, algo que nunca ocurrió con Friends.
En el caso de Lost y Game of Thrones, me jugó una mala pasada la necesidad de ir contra la corriente. Y es que, si no lo recuerdan, fue de lo único de lo que se hablaba en cualquier lugar donde se encontraran dos o más seres humanos, sin importar los complementos circunstanciales de lugar ni de tiempo. Hoy no sé si fue una cuestión de rebeldía, pero la frialdad de no tener que conversar sobre lo obvio me jugó a favor cuando sí vi esos finales.
Porque no todo ha sido tan abandónico en esta vida de fenómenos culturales.
Gracias a las ediciones en DVD, vi la temporada final de Lost en un puñado de noches a cuatro años de finalizada su transmisión. Primera impresión: nadie entendió el final. Al menos nadie de los que frecuento. Podría aprovechar este momento para explicarlo, pero tampoco es una cuestión trascendental para el devenir de la humanidad que exista tanta gente que no haya comprendido un concepto tan básico como el del purgatorio. Segunda impresión: un vacío extraño y molesto. Algo estaba y ya no.
Game of Thrones rompió el algoritmo de mis inclementes esquives al tardar nada más ni nada menos que dos años entre el final oficial y el mío. Y como sabía que, por el devenir de la serie, toda la última temporada es un final en cuotas, tenía un extenso resabio de horas de ficción para consumir. Quizás sea por eso que soy de los que, cuando Daenerys hace eso que shockeó a más de uno, yo no me indigné con los guionistas. Más bien, todo lo contrario. Fue un “y sí” más grande que Westeros.
No me resultó un mal final, en parte porque era previsible si uno presta atención a cada uno de los personajes. Y en gran parte porque tengo un profundo respeto por las personas que crean historias y me da vergüenza encontrarme en el lugar de un fanático en una comic con con el starter pack de cuestionar lo que salió de la imaginación de otra persona. De hecho, no veo diferencia alguna entre quienes cuestionan el final de una serie mega exitosa y el hincha de un club que, incapaz de subir una escalera sin vomitar un pulmón, critica la estrategia adoptada por el equipo de sus amores. Pongamos que es el final que tiene y punto. Pero al terminarla me pasó nuevamente lo de no saber bien qué sentir.
Tercer acto. En el mundo de la ficción actuada existe un contrato implícito en el cual una parte jugará a engañar a otra al decir que no se llama Juan Algo, sino que es el deforme e inescrupuloso Ricardo III, o que en realidad se llama Sayid y se encuentra extraviado en una isla que creíamos desierta. La otra parte del contrato tiene una sola misión: aceptar el engaño por el tiempo que dure la obra. Pero una película tiene una duración predeterminada y una vez que comienza ya estás en el baile hasta el final. Podés retirarte antes del teatro, pero quedás como un boludo. Con una serie, antiguamente, tenías dos opciones, mirar o no mirar. Y si mirabas, lo cotidiano se convertía en algo que pasaba a formar parte de nuestro día a día. Al menos así funcionó hasta que comenzó esta nueva ola de series fugaces consumibles en una jornada.
Pero como yo no vi el final de Friends y la conducta se repitió con otras series de larga duración, tuve que replantearme varias veces qué onda. Yo no sé bien qué les pasa a los demás cuando un personaje te acompaña tanto tiempo. En mi mundo, se convierte en una suerte de pariente que vive lejos, pero sabés su día a día.
Y no me gusta decir adiós. No sirvo para despedirme. O quizá alguna vez serví.
Algunas veces fantaseo con que nacemos con un tanque destinado a cada situación de la vida. Un tanque para lidiar con la boludez ajena, otro tanque destinado a los abusivos, otro lleno de esperanza por tu país. Y así se van vaciando los tanques hasta que llega ese punto en el que una persona se convierte en uno de esos ejemplares que vemos con admiración y cierto odio, esos veteranos de los que decimos que ya están de vuelta y no les importa nada, o hablamos de la impunidad de la edad. El asunto es que, en el tanque del duelo por despedidas, puede que me haya quedado seco.
Seguí House en tiempo real a tal punto que aún resuena en mi cabeza la voz de su doblaje al español. Sin embargo, cuando en 2012 promediaba la última temporada, la abandoné. No es que no hayan existido otros intentos: debo haber retomado desde donde la dejé al menos tres veces y nunca pude sobrepasar dos capítulos. A pesar de intentarlo, una fuerza inexplicable, un fenómeno de la física que los científicos no han abordado, me llevó a dejarla en el camino nuevamente.
Tengo todas las temporadas de House en formato DVD original. No es una hazaña como la de Friends, pero es muy digna: completita desde el primer episodio hasta el último, a libre disposición de ponerlos cuando se me antoje, con o sin conexión a Internet. He realizado rewatches desde el principio hasta el final más de una vez. Bueno, casi hasta el final, que ya se entendió el punto.
Once años, cinco meses y seis días después pude sentarme a enfrentar mi mala costumbre. Comencé unos días antes por el inicio de la última temporada, como para llegar en forma. Hubo un impasse de unos días hasta que noté lo que yo hacía y me puse firme; tenía que terminarla. Y lo hice. El 27 de noviembre de 2025 vi el episodio final de House.
La primera impresión fue la que debe sentir cualquiera que vuelve a ver una serie de hace una o dos décadas: el nivel de vagancia que existe en los guiones y producciones actuales, con entregas que, con suerte, llegan a una decena de episodios cada dos o tres años con fechas de estreno que tenés que adivinar o prenderle una vela al santo de los streamings. La segunda impresión tuvo que ver con la emoción de tener algo sobre qué conversar con mi hermano, tan fan como yo. La tercera fue y es una extraña sensación de vacío. No dolió, simplemente se produjo un vacío. Algo que estaba y ya no está más. Algo existía, aunque fuera ficticiamente. Y ya no.
Cuarto acto. No vi el final de Friends, lo confieso. Y eso que, después de veinte años, hasta puedo decir de memoria la última línea de la última escena. Es imposible no haberlo sabido si se habita de este lado de la Vía Láctea. Espero que se entienda la desproporción de mi caso: hasta he escrito una nota que tuvo cierto impacto cuando un grupo minúsculo de gente dañada quiso ponerse a revisar el humor de la serie. Sé tanto de Friends que me da vergüenza la cantidad de datos al pedo que almaceno sobre la serie.
Cuando algo está bloqueado, cuando un impulso irracional le gana a la lógica, lo ideal es raspar para encontrar qué escondemos en la cabecita. Y aquí es donde les cuento la técnica psicoanalítica, que no es otra que un método de escritura. Tengo la costumbre de anotar cada idea que golpea mi cabeza en algún momento random. Por anotar me refiero a cualquier método: si estoy con la tele, tirar una nota en el teléfono, anotar a mano en un cuaderno o hacer una nota de voz si estoy al volante. Todo sirve para luego, sentado frente a una hoja semi en blanco, pensar en qué me quiso decir mi cabeza cuando entró ese pensamiento. Así nacen buena parte de mis textos, por no decir casi todos. Porque mientras anoto la idea, surgen otras para agregar, para argumentar y demás cosas.
Podría decirse que es un método ultra freudiano centrado en los lapsus, si es que lo llevo a cuestiones psicoanalíticas. Y lo hago. Al menos un día comencé a hacerlo. ¿Nunca te pasó eso de querer dormirte y que una idea ingrese a tu cabeza por esa micro apertura de consciencia que queda mientras se cierra la mente para ingresar al sueño y de pronto te despabilas? Bueno, yo las anoto y a otra cosa. A veces la idea es tan impactante que tengo que profundizar en el momento y el desvelo se convierte en algo productivo.
Nunca supe bien por dónde comenzar con el final de Friends. Y eso que me crucé con el dato una y mil veces mientras repasaba la ficha técnica de aquella última temporada: dónde trabajaba yo, quiénes eran las personas con las que más interactuaba en aquel entonces. Vi pasar el dato mil veces y no crucé la información: mayo de 2004.
Durante meses, mi madre me llamó todas las semanas para preguntarme cuándo iba a ir a visitar al abuelo. Digo meses, pero podría tratarse de un par de años. Podría abundar aún más en detalles de cada aspecto de mi vida de aquel entonces, pero pongamos que si un año viene feo, uno de los ejemplos que me pongo es: “si sobreviví al cuadrienio 2001-2004, puedo con esto”. Para mayo de aquel año sabía, sé que sabía, estoy seguro de que sabía que el hombre vivía de prestado en un sufrimiento constante.
Ahora, si piensan que no vi el final de Friends porque no estaba de ánimo, no pasa por ahí ni a palos. Es más, unos días después del final de la serie invité a salir a una chica que se convirtió en una historia de una intensidad que no estoy dispuesto a abordar. Así y todo demoré hasta el 18 de junio para ir a visitarlo, para ir a despedirme. No sé quién habitó mi cuerpo por ese rato que transcurrió en el que le dije cosas que recuerdo como si estuvieran en un cassette que suena en este momento, y él me dijo otras de las que sólo alcanza volcar en este texto una sola: “andá, pichón”. Esa noche me llamó mi madre para contarme que había entrado en coma. El domingo me avisó mi viejo que el abuelo había fallecido.
Y todavía me siento un hijo de puta. Pasaron más de dos décadas y aún no consigo abrazar a esa versión mía que podría ser mi hijo. Diría que me arrepiento de no haber estado más tiempo, pero mentiría aún más. No podía hacerlo ni aunque lo intentara.
No puedo creer que haya surgido esto mientras practicaba un ejercicio de divague de escritura.
Quinto acto. Los primeros seis párrafos de este texto fueron escritos el 30 de noviembre. Retomé esto cuando caí en la cuenta de que mi conducta de dejar colgado el final se había convertido en una costumbre y así nació la idea de escribir por actos que fueron sucediéndose de a poco. El cuarto acto ocurrió así, sin más, mientras lo escribía. Terapia pura y dura. Para esta quinta parte, o epílogo, como quieran llamarle, tuve que dejar pasar unos días. Como excusa puedo mencionar las fiestas de fin de año, momento plagado de eventos que son actos de cierre.
Y cuando me disponía a cerrar el texto, un nuevo baldazo de agua fría me dejó otra rasgadura en el alma. No poder encarar un duelo es ese nudo que aparece cada tanto en la garganta, esa sensación de anginas que nunca se desarrollan, ese dique de contención que deja caer cada tanto una o dos gotas saladas pero que nunca cede lo suficiente para bajar un poco el nivel de lo acumulado.
No soy bueno para las despedidas y debe ser algo que arrastro de hace tiempo. Me sería mucho más fácil sumarlo al cúmulo de aspectos de mi personalidad, pero no es el lugar al que corresponde. No sé procesar un adiós, no me entra en la cabeza qué frecuencia sintoniza la gente que puede “hacer un cierre” de algo en la vida, esos que encaran un despido laboral con una verborrea digna de un discurso de egresados. Y si bien en el acto anterior dije que todavía me siento un hijo de puta, el sentimiento no ha cambiado. De hecho, cuando cada tanto surge la historia, vuelvo a sentirme igual. Y eso que aquella vez sí pude hacer un cierre. Por eso hablo con conocimiento de causa: no me salen y, si en aquella ocasión salió, agoté todo el combustible.
No sé cómo hacen los demás para superar duelos. Alguna vez pregunté y entiendo menos porque no me sale. Creo que nunca pude terminar un duelo. En parte porque darle un cierre, quizá, sea una forma de morir del todo. Como dejar Friends sin terminar.
El asunto es que acá vine a abordar mi renuencia a cumplir con el final de Friends. Entre las muchas cosas que no pensé antes de encarar, di por sentado que el texto tendría un desarrollo y un final. Y acá me tienen: sin terminar de ver Friends y sin saber cómo cerrar este texto. Es como si en alguna parte de mi mente, al no concluir, al no despedirme, todo el mundo quedase a la espera de que yo reaparezca para cerrar la obra. En ese mundo, nadie envejece y hasta Matthew Perry está con las manos en los bolsillos a la espera de que yo aparezca del otro lado de la pantalla para poder decir su último gag.
Si esperaban que esta historia tuviera un cierre, uno bueno, uno digno o, al menos, uno malo, lamento desilus

Hola. Yo suelo cerrar etapas; pero… Hay cosas que siguen fluyendo o las dejamos fluir y flotar para que nos acompañen hasta que nos vayamos diluyendo. Y el transcurrir suele ser lo valioso. Abrazo