La noche es la gran protagonista de nuestras vidas, la que se lleva las mejores menciones en los grandes poemas de la historia, la escenografía de la mayoría de las historias de amor, de tragedia, de intriga… y de terror.
Para personas como nosotros, la noche es un eterno conocido que no llega a ser nuestro amigo porque tenemos nuestras reservas. Me gusta la noche, me gusta todo lo que pasa de noche, me gusta todo lo que se puede hacer de noche; no me gusto en la mayoría de las noches.
Hay un calificativo para los que aman estar despiertos hasta tan tarde que ya es temprano: les dicen búhos. Desde que tengo memoria, me gusta quedarme despierto hasta tarde. Incluso cuando a donde no llegan los recuerdos, hay registros de mis costumbres: mis padres me han contado en repetidas ocasiones que me llevaron al médico porque no dormía. “Como cualquier bebé”, dirán, pero los recién nacidos se despiertan a los gritos varias veces por noche. Para despertarse, hay que estar dormido, y yo no dormía.
No fue una crianza de estímulos que quitan el sueño: los videojuegos no superaban una consola de 8 bits, la tele por cable no era tan común y, cuando se popularizó, tenía una oferta de 28 canales. ¿Internet? Una fantasía de ciencia ficción. Permanecer despierto hasta sonaba a travesura frente a padres que mandaban a dormir a las diez de la noche. Una radio a pilas era una ventana al exterior. Una linterna con un libro, un viaje a otro universo.
En la mitad de mi adolescencia, como la inmensa mayoría de los seres mortales, comencé a salir con otros ejemplares de mi misma especie en ritos tribales insoportables para quienes tuvieran ventana a la calle. Pero lo interesante no estaba en el final de un sábado a la noche, salir de un boliche con el cielo ya amanecido. Lo lindo era esperar a que saliera el sol desde un balcón mientras era testigo de una ciudad que, como yo, no duerme de noche; Es otra. Lo interesante era pasar la noche entretenido y ver qué es lo que pasa en la transición, como quien se sienta a esperar cómo aparecen los regalos en el árbol de Navidad la noche de Reyes.
La escuela fue de turno mañana con una interrupción de unos años: cuando comencé la secundaria, el único turno era a la tarde. Al inicio de quinto año, todos pasamos a la mañana. Allí, a mis 17, comenzó a darse el otro patrón: no dormir aunque hubiera que salir de casa a las 6:30. Hasta me resultaba un desafío para mi cuerpo seguir de largo. Literalmente seguir de largo. Ir al colegio sin dormir, seguir el día como si nada y ver cuánto se aguanta.
¿Qué hacía durante todas esas horas? Ah, pero qué pregunta irritante. ¿No vieron todo lo que se puede hacer? Una vez leí que el ser humano pasaba un tercio de su vida dormido y tuve que sacar la cuenta por mis propios medios. No es que fuera estúpido para no poder darme cuenta de que 8 horas por día y 24 horas por jornada dan un tercio de sueño, sino que me desesperó la idea de desperdiciar tanto tiempo como un tercio de una vida en cosas que no controlo, con todo lo que hay para ver, conocer y hacer.
A esta altura del relato, cualquiera que sea profesional de la salud mental o tenga algún expertise en el asunto ya puede notar un patrón que denota un trastorno o que va en camino hacia uno. Yo no sé en qué punto estaba, pero no dormir es una forma de autoflagelación. Pasa que a esa edad, la inmensa mayoría de las cosas que hacemos para transgredir son también autoflagelaciones: beber hasta el desmayo, probar cosas solo porque están prohibidas, fumar, no dormir.
La mayor parte de mi vida laboral ocurrió, también, en turnos matutinos. Podría comenzar por el horario asesino de un kiosco de diarios que obligaba a levantarme a las 4:30. ¿Cómo hice? Ni idea, iba igual, muchas veces sin dormir. Luego, cuando comencé a trabajar en un juzgado, me levantaba a las 6 de la matina todos los días. ¿Creen que me iba a dormir más temprano? ¡Ja!
En algún momento, el cuerpo ya no aguantaba seguir de largo tantas veces en una misma semana y tuve que ceder en algo. Si un famoso periodista hizo carrera con editoriales que decían que dormía 4 horas, evidentemente se puede. Si usted es médico, no se agarre la cabeza, por favor, que ustedes pasan días sin dormir sin que nadie se los agradezca.
Puedo seguir con el racconto y contar miles de historias, pero el asunto es otro: el insomnio activo. Ser insomne, por definición del diccionario, es la falta de sueño a la hora de dormir. Y yo casi nunca tuve ese problema. O sea: cuando quiero dormir, apoyo la cabeza en la almohada y nos vemos cuando despierte. Mi asunto es otro: no quiero dormir.
No lo vivo como un drama, excepto que mi cuerpo ya no es el de los 20, y si duermo menos de tres horas, me despierto abrazado a la almohada, llorando y en posición fetal. Podría plantearlo como una adicción. Cuando fumaba, mi mayor problema para dejar el hábito era una cuestión de lógica. Todo lo que leía hablaba de fuerza de voluntad. Uno desea realizar algo, entonces pone su empeño en eso. ¿Quién podría desear dejar de fumar? Deseas que no te haga daño. Dejé de fumar en contra de mi voluntad por principios que aún no puedo aplicar al sueño. Con la noche pasa lo mismo: sé los beneficios de dormir, pero no está el deseo.
Algo hay en la noche y cada uno buscará su mejor versión, muchas de las cuales son mentiras y otras son verdades palpables y razonables. Cualquier citadino sabe bien que de noche el ruido es muchísimo menor. No importa qué tan alto vivas, frente o contrafrente o con ventanas de doble vidrio aislante: hay una diferencia sustancial entre las dos de la mañana y las dos de la tarde. Por otro lado, salvo que uno trabaje de noche con otras personas, el horario implica la ausencia de interrupciones e interacciones. No hay molestias, no hay llamadas, no hay mensajes. En mi caso, puedo mencionarles todas las virtudes, pero me puedo detener en una que siempre llamó mi atención: el rush de las 3 a.m. No me pregunten por qué, pero si estoy súper bloqueado con una hoja en blanco y de pronto todo se aclara y comienzo a martillar teclas, basta mirar el reloj para notar que marca las tres de la mañana.
Cuando una persona es diagnosticada con un trastorno, lo primero que se intenta corregir son los hábitos de sueño. En algunos casos, es por hipersomnio, que es dormir más de lo necesario, pero eso no tiene mala fama. En otros, es por falta de sueño. Y yo nunca pude, ni a fuerza de pastillas.
El insomnio activo es estar activo. No quiere decir precisamente salir a correr o levantar pesas, pero sí estar haciendo otras cosas que la cabeza considera mejores y más valiosas que meramente dormir. La cabeza consciente, claro. El cuerpo no deja de ser el de un ser humano que requiere sus horas de sueño profundo y reparador.
Racionalmente también sé que, al dormir, nuestra cabeza se limpia. Una cabeza que no duerme es una cabeza con hollín, enmohecida. No afecta la capacidad de pensar sobre cosas que a uno le salen fácil. ¿Sos creativo? ¿Sos resolutivo? Sin dormir también serás esas cosas y a las pruebas me remito: millones de personas que han llevado adelante sus tareas sin dormir. Estudiantes que rinden tras una noche de estudio, residentes de medicina con guardias extraterrestres, policías, personal de enfermería, conductores que del turno noche se van a llevar a sus hijos al colegio o al segundo o tercer laburo.
Pero la basura a algún lado va a parar. Una semana dormís poquito porque te enganchas con mil series que ni interesado estabas. A la segunda semana llevás el récord de pocas horas de sueño a un nuevo nivel a fuerza de sudoku, videojuegos, un documental sobre la reproducción de las ballenas, una película independiente ganadora de la mención de honor en el festival de cine de Mozambique. Y así podés seguir mientras ocurre algo silencioso, una cosa que se acerca y te ataca en el momento de silencio, esa pausa que hiciste para ir al baño o a buscar algo para beber, o que quizá se produjo porque terminó lo que estabas viendo y no te decidís si agarrar un libro o poner música: el pensamiento intrusivo.
Las peores pesadillas son las que tenemos despiertos. Y la neurosis, maravilla humana de la fabricación de fantasmas, puede generar situaciones inexistentes pero posibles, cosas que no pasaron pero que podrían pasar, remordimientos por cosas que hiciste hace tres décadas y que no jodieron a nadie, pero en tu cabeza reaparecen como miserias, la gente que ya no está, los duelos no procesados, todo lo que querías ser a esta altura de tu vida y el lugar en el que te encontrás que, a esta altura del insomnio, es un lugar de mierda porque no podés verlo de otra forma. Te sentís miserable.
La cabeza hiperestresada funciona al límite. Al no dormir, llevamos ese límite a las reservas: queda lo justo y necesario para funcionar. Y esto no es muy distinto de la nafta de un automóvil: podés tener el tanque en reserva y no darle bola porque sabés que alcanza y sobra para ir al trabajo ida y vuelta una vez más. Ahora, ¿qué pasa si justo te agarra un desvío o un embotellamiento inesperado?
Dije que con la cabeza sin dormir funcionamos igual tanto en la creatividad como en la resolución de cosas cotidianas. Pero no más que eso. Llega a ingresar una sorpresa y no nos queda resto para reaccionar, al menos no como corresponde.
Con el avance de las tecnologías, hemos perdido uno de los más valiosos pilares del progreso de la humanidad: la vida contemplativa. No hacer nada no significa no pensar en nada. Uno puede manejar y pensar, comer y pensar, hacer mil cosas y pensar, correr y pensar. Cualquier cosa que no implique el uso de nuestra razón le deja el lugar para que la misma razón trabaje en otra cosa. De pronto, nuestro escape de todas las cosas que nos obligan a pensar para ganarnos el pan o para resolver lo cotidiano es hacer otra cosa que nos impida ocuparnos de esas obligaciones por un rato. No puedo correr y trabajar a la vez. De pronto, el pensamiento, el tiempo para divagar, queda atado a un esfuerzo, a un escape, a algo tan prohibitivo que debemos disfrazarlo de otra cosa, como si tuviéramos que sacarlo a escondidas del país.
No hacer nada es hacer mucho a la vez. ¿Cuántas veces escucharon que uno de los mayores problemas por venir es que los chicos no saben aburrirse? Bueno, si no lo escucharon, ya lo escucharán y lamento informarles que llegamos tarde con el diagnóstico: una cantidad insufrible de adultos no sabemos aburrirnos ni esperar. Las plataformas de streaming tampoco ayudan. Uno podría decir que, al tener una serie a tu disposición para verla cuando quieras, dimos un salto exponencialmente grande: ya no tenemos que dejar de hacer todo lo que debíamos hacer para sentarnos a ver ese capítulo que pasan solo ese día, a esa hora y sin repeticiones. Bueno, algo pasó y debemos terminar una temporada de diez capítulos en un día. Al mismo tiempo, una película que dice que dura tres horas es descartada por ser demasiado larga. ¿Contradictorio? Puede ser. Salvo que aceptemos que no sabemos aburrirnos ni esperar. Como los chicos, ¿viste?
El aburrimiento lleva a miles de soluciones y a enormes proyectos. Todo surge cuando logramos descansar la cabeza, que no es lo mismo que solo dormir. Ahí fue donde encontré otro problema que se soluciona con la trasnoche: tiempo para uno. Siempre es bueno tener tiempo para nosotros. No como cosa deseable sino como una necesidad: necesitamos tiempo para nosotros. Algunos lo encuentran en el club de las cinco de la matina, esos marcianos que se despiertan a esa hora de la madrugada y no por un castigo militar, sino por voluntad propia. Otros, en la noche. El tiempo para nosotros es una forma de descanso porque no solo con dormir se logra tener la mente en condiciones.
Pero por otro lado existe una cuestión que hace que esta idea se haya convertido en motivo de episodio. Dormirse tarde no es dormir poco. Si te acostaste a las cuatro de la mañana y te despertaste al mediodía, dormiste ocho horas. El asunto es que es real la necesidad de dormir con calidad por una buena tanda de horas sin interrupciones. Lo sé, lo tengo absolutamente incorporado… pero, ah, la noche.
El drama llega cuando el colapso del estrés por cualquier motivo –acumulación, presiones, duelo, problemas varios– choca de frente con una cabeza repleta de toxinas y sin energías. Podés tener un trastorno o no, ahí no hay diferencias: el fantasma de que todo saldrá mal se hace carne y los pensamientos pierden los colores. Si encima sos poseedor de un bonito trastorno, el pozo depresivo se convertirá en un lugar sin una sola vela encendida. Las noches pueden ser las más largas de tu vida aunque estés en pleno verano.
Un aspecto que pocos hablan sobre la depresión es el punto de vista del regodeo en el dolor. La mejor forma de graficarlo es tener una herida en la piel y en vez de limpiarla, la sumergimos en alcohol, le untamos sal y la abrimos un poco más porque no merecemos curarnos, sino que esté siempre ahí y duela todo el tiempo.
Todo lo que tenés para resolver se convierte en una masa inmensa imposible de manejar mientras se suman a la fiesta los recuerdos de todo lo que pudiste ser y no fuiste o de todo lo que fuiste pudiendo no ser. Ahí, en el living de tu casa, tenés una fiesta de fantasmas. No haber terminado la carrera que iniciaste a los 18 vino con todos sus amigos: está “te fuiste de clase para irte a jugar al fútbol”, “te anotaste los sábados sabiendo que no ibas a poder”, “Juancito terminó la carrera en tiempo” y varios más. Todos ellos aprovechan que estás demasiado cansado y enceguecido como para llamar a la conversación a “tenía tres trabajos y no podía con todo”. ¿Para que lo vas a invitar, si es la fiesta de la autoflagelación?
“Tengo 44 años” convive con todos los fantasmas de las cosas que pensaste alguna vez tener resueltas a esta edad y también vino en banda. Ahí tenés apoyado en la pared a “no lograste nada” con media sonrisa, mientras hace chinchín con el vaso del que tiene al lado, uno con una remera que dice “No tenés casa propia”. Los sillones están ocupados por “Tenías que ir a verlo más seguido”, que juega al póker con “todo lo que quisiste decir y no pudiste”.
Y sabemos que compiten en vano, porque a upa tenés al más histérico de todos los sentimientos que te sopapea mientras te grita “No hiciste nada con tu vida, no te merecés que te quieran, sos un fracasado y los años vuelan”.
Esta conducta tiene un nombre, la culpa neurótica, y los especialistas la identifican con sentimientos de culpa que no tienen relación real con ningún hecho concreto, sino con percepciones sobre lo que debería ser y no es. Al no estar vinculada a un hecho concreto, el que atraviesa esta crisis no encuentra una salida. Lo único que puede llegar a conseguir es algo que distraiga, un castigo. El tema es que el peso percibido es tan grande que la satisfacción del castigo genera una dosis de alivio que no merecemos porque estamos castigándonos. Y así comienza un círculo vicioso que no tiene forma de terminar bien. Porque no queremos que termine, porque nos merecemos eso aunque nadie opine igual.
Claro que todo esto puede pasar durante el día. El tema es que, como dije antes, una de las bondades de la noche es la falta de interrupciones. De noche no hay nadie que pueda llegar a molestarnos mientras nos castigamos lindo hasta que sale ell sol. Ahí ya es hora de otra cosa. Y durante el resto del día el cansancio nos hara jurar que esta noche sí, que esta vez va de verdad, que nos iremos a dormir a horario, si estamos destroados de cansancio. Pero se va el sol y algo se enciende. A contramano el mundo, de pronto, el cansancio pasa a un segundo plano porque, mirá qué linda peli que tenés para ver, ese disco hace mucho que no lo escuchás y qué buen momento para estudiar la historia del período medieval Kamakura de Japón. Con todo esto seguro que no dejo espacio para ningún pensamiento negativo. ¿Dormir? Está sobrevalorado.
P.D.: Hay veces que no puedo dormir… Hay veces que no quiero.












