Ansiedad & Asociados

Ansiedad y asociados

Cuando algo está presente en tu vida por tanto tiempo, llega un punto en el que no es tenido en cuenta hasta que te pega un grito, un llamado de atención. Es lo que me pasa con los trastornos de ansiedad y de pánico: fueron los primeros y quedaron tan lejos en el tiempo tras ser absorbidos por los trastornos depresivos y los otros, que uno ya casi no los tiene en consideración hasta que… Bueno, reaparecen.

A veces me escucho mientras grabo y tengo que volver a hacerlo más lento porque ni yo me entiendo. El resto, bueno… Ya saben, cuando el piecito va tan rápido que el smartwatch lo considera ejercicio cardio aunque estés cruzado de piernas frente a la compu. Lejos de relajar, la situación escala; llevás muy pocas horas de sueño acumuladas en demasiados días, los ojos son un arcoíris que va del rojo del derrame ocular al morado de las ojeras y el rosado casi fucsia del contorno. Normalmente, a esta altura del partido ya jugado, uno tiende a identificar estos síntomas y frenarlos a tiempo. Al menos eso es lo que se cree, pero no siempre es así.

Un diagnóstico simple detecta un ataque de pánico pero no un trastorno. O sea: cualquier persona puede tener un ataque de pánico. Y por cualquiera me refiero a cualquiera: nadie está a salvo. Lo siento mucho si pensaban que una calidad de vida supersaludable, relajada y consciente de la respiración los iba a eximir: el ataque de pánico es un fenómeno químico. ¿Hay gente más predispuesta que otras? Sí, claro, ahí es a donde se apunta con los factores de mayor riesgo. Ahora, exentos, lo que se dice a salvo, nadie.

Cuando los ataques comienzan a repetirse en el tiempo en períodos cada vez más cercanos, puede que ya estemos ante un trastorno. Porque no, tener dos o tres ataques de pánico tampoco configura un trastorno. Y aquí es donde comenzamos a entender cada vez menos, pero por algo no somos médicos psiquiatras. Técnicamente, hay trastorno de ansiedad generalizado y, por otra parte, existe el trastorno de pánico. No son lo mismo. Existen manuales profesionales que se van actualizando con el paso de los años y ambos trastornos cuentan con dos entradas distintas, al igual que el trastorno obsesivo-compulsivo, el trastorno agorafóbico y demás. No siempre fue así y puede que en unos años o mañana el manual vuelva a cambiar, pero esto es porque la medicina y nosotros evolucionamos, avanzamos y descubrimos.

Un trastorno de ansiedad puede disparar ataques de pánico sin llegar al trastorno de pánico. El tema es que, por lo general, van de la mano. Los profesionales de la salud rara vez detectan un trastorno aislado del resto de su grupo de amigos. ¿El primer trastorno en saltar? El que más se nota, y acá se lleva todos los premios el trastorno de ansiedad cuando deriva en ataques de pánico. Yo no sé cuándo fue mi primer ataque de ansiedad; sí sé cuándo tuve mi primer ataque de pánico: noviembre de 2013.

Estaba en la fila para pagar en un supermercado, mientras un desconocido me daba charla y yo me esforzaba por no quedar mal, cuando el cansancio acumulado me tenía con las energías por el suelo. Tuve un subidón de energía imposible de explicar, sudor, una presión en el pecho apabullante y una sensación de desmayo que nunca llega. Pensé que me moría y mi cabeza comenzó a abrir mil ventanas sobre qué hacer, si tenía ropa interior sana, qué dirá el noticiero cuando cuenten cómo morí: “pasó a mejor vida con un kilo de carne y jabón para la ropa en una bolsa”. No queda otra que pensar que te estás por morir porque a nivel consciente no hay ninguna situación de riesgo visible y ese es el primer punto que nos cuesta entender cuando nos calmamos, cuando ya salimos corriendo y comienza a pasar, o cuando ya llegó la ambulancia y comenzamos a sentirnos mejor y a pedir disculpas por haber mentido cuando no lo hicimos. El ataque de pánico es provocado, precisamente, por todos los ingredientes que entran en funciones cuando nuestra vida está en juego: un shock de adrenalina y el alerta extremo cuando estás sentado bajo techo o en la cola de un supermercado.

Cuando tu parte consciente retoma el control de tu cuerpo y tu mente, comienza a hacer el repaso de daños y a intentar comprender qué pasó. Lo primero que recordás es todo. Lo segundo que recordás es que recordás todo porque estabas ahí. ¿Y entonces, dónde estaba tu parte consciente? Al fondo, observando sin poder hacer nada, porque tu cuerpo había entrado en estado de emergencia. Si llegó la calma antes de que te encuentres con un médico, no sabés explicar bien qué pasó o te da vergüenza hacerlo porque, como se ve, no pasó nada. Y en realidad pasó de todo.

El asunto es que en aquel primer ataque solté todo y me fui corriendo. Luego de que pasó la peor parte, me invadió el agotamiento físico. No hice consultas, lo dejé pasar porque, bueno, no entendía nada. No pasaron más de unas semanas cuando me agarró el segundo, en un bar repleto de gente y el ruido consiguiente. No quería que me hablen ni que me toquen, no quería estar ahí. Ni siquiera podría decir que prefería estar en cualquier parte menos en ese lugar: solo quería retirarme a la seguridad de un lugar vacío y en silencio. Todavía no tenía un diagnóstico, pero esto ya viene de maravillas para intentar aclarar algo que nos pesa a todos los trastornados: síntomas que los demás consideran como mala educación. La irritabilidad, la cancelación de salidas sobre la hora sin ninguna excusa inventada y el aislamiento social son síntomas que tranquilamente pasan por mala educación o por un comportamiento poco deseable, falto de tacto o antisocial. Nadie habla de la irritabilidad porque preferimos esconderla para no quedar mal, pero hay veces que nos excede y es un tema tabú: nadie quiere estar con una persona malhumorada.

El aislamiento social lo encuentro en los manuales, lo he charlado en terapia millones de veces, pero nadie me puede quitar de la cabeza que es una necesidad, que más que un síntoma es parte del tratamiento: si el ruido molesta, si el contacto molesta, si mantener conversaciones se vuelve cansador y el cuerpo no puede más, el aislamiento social es necesario. Ojo, me refiero a lo que hoy consideramos aislamiento. Antes de la explosión de la hipercomunicación, una persona aislada era preocupante. Teníamos de cinco a diez conversaciones durante un día con viento a favor. Hoy, al despertarnos, ya tenemos de diez a treinta conversaciones abiertas en nuestro celular y recién comienza el día. ¿Cómo vamos a considerar aislamiento social no tocar el teléfono a cada rato?

Hace una década me resultaba mucho más fácil explicar los ataques de pánico. Puede sonar poco creíble que el paso de los años lo haya vuelto más complejo, pero no lo es. Lo que se volvió más complejo es el despelote mental que tengo y del cual los ataques de pánico fueron el primer síntoma serio, el que me depositó en manos de la psiquiatría. Hubo un tercer episodio, un cuarto y recién en el quinto terminé por ver a un profesional. No fue de voluntad propia: estaba en una guardia y ya habían descartado el infarto.

Hoy, con el tiempo transcurrido, miro hacia atrás y me da esperanzas: desde 2014 para acá debo haber tenido un puñado de ataques. Entonces, si eso pudo ser corregido aunque sea en parte, ¿cómo no esperanzarse en que pueda pasar lo mismo con la depresión y demás cosas?

Cuando quiero castigarme, me recuerdo que no tengo ataques de pánico porque la cantidad de fármacos que consumo a diario lo impide. Es cierto, pero de algo me tengo que agarrar.

Creo que lo más insólito de los ataques de pánico es que son como el primer capítulo de una serie de ciencia ficción, o la primera escena de una película de fantasía, en la que el personaje se encuentra con algo increíble que da vuelta toda su comprensión del mundo. Y después resulta que ese primer ataque de pánico tan solo fue el primer duende con el que te cruzaste.

El Ataque de Pánico es un estado en el que se manifiesta una reacción sobreexagerada e incomprensible hacia una situación de riesgo irracional. La definición es hermosa, pero cuando se saca del guion y se lleva a una puesta en escena, nos encontramos con una reacción que, desde afuera, se ve sobreexagerada, pero el que la padece no puede controlar. Riesgo irracional hace referencia a que nuestra parte consciente pasa a un segundo plano; la mandan al rincón y queda ahí, sin poder hacer nada, mientras el cerebro es una fiesta de adrenalina, la hormona de la supervivencia. Solo que no estamos siendo atacados físicamente por nadie. En base a las consultas que realicé a profesionales para no meter la gamba, el motivo por el cual el trastorno obsesivo-compulsivo, el trastorno de pánico y el trastorno de ansiedad generalizado son tres trastornos distintos y, a la vez, pareciera que los tres se dan juntos, es porque en realidad hay distintos desenlaces, distintas bases, pero casi nunca va uno solo, sino que son dos o más.

Y es todo un tema, porque pegan en lo físico, en lo hipocondríaco, en lo psicosomático y sumamos el drama de una novela. ¿Una novedad en la economía? Terminaré pobre. ¿No pasa nada? No estoy prestando la suficiente atención y en cualquier momento me pasará algo grave. A mí. Y como no quiero que me pase nada, me pongo ansioso en el sentido psiquiátrico: la patita que se mueve a la velocidad de la luz, lápices masticados por el castor que llevamos dentro, atracones de snacks o galletitas, cigarrillos que se consumen de a decenas, uñas como chicles, las horas que parecen nunca pasar y los días que se van volando.

En el medio aparece la búsqueda para resolver el problema. Me es imposible señalar a alguien que comienza a buscar alternativas porque es lo que todo paciente que se encuentra con un diagnóstico que no esperaba, que no comprende y que tiene mala fama. Cuando comencé mi camino, gracias a Dios, aún no existían los chatbots de Inteligencia Artificial y lo más grave que podía encontrar era un diagnóstico de cáncer. Todo puede ser cáncer. Les mentiría si les digo que confié en la medicina desde el minuto cero. Primero, no confié porque le tenía pánico a las pastillas, a los efectos de las pastillas. ¿Cómo no tenerle pánico, si nunca había tomado una benzodiacepina y ahora me encontraba con la boca más seca que un guiso de arena y la destreza física de un caracol? Segundo, porque el médico en el que uno confía es ese que conocimos de a poco y con el que pegamos buena onda. Y eso no sucede con el primer profesional que encontramos, lamentablemente.

Entre tanto, uno intenta mantener todo lo más tapado posible, porque ya lo he dicho mil veces: es mentira que ha desaparecido el tabú psiquiátrico. Vivo en la ciudad con mayor cantidad de psicólogos por habitantes de todo el planeta Tierra; nuestra cualidad demográfica figura hasta en una canción de Joaquín Sabina, y les puedo asegurar, jurar, prometer o lo que la creencia religiosa permita, que es una burda mentira que haya desaparecido el tabú psiquiátrico. Ya hablaremos de esto en otro episodio.

Con las pocas personas con las que uno comienza a abrirse, llegan las primeras recomendaciones. Quiero aclarar que sé que lo hacen con la mejor de las intenciones y porque quieren vernos bien. Luego entran en funciones los algoritmos y comienzan a llegarnos teorías y prácticas que despiertan nuestro instinto animal de querer revolear la computadora por la ventana. Aprender a controlar la respiración es algo que nunca se me habría ocurrido como solución.

A lo largo de este extenso camino, aprendí que las buenas intenciones no merecen una mala respuesta y que el mejor ejercicio es armarnos de una paciencia que sí existe y explicar qué es lo que nos pasa y qué es lo que NO tenemos. Informar, educar que un llanto en una esquina un jueves por la tarde puede ser un brote de angustia, un estresazo, un montón de cosas, pero no precisamente un ataque de pánico. Y a la vez, recomendar que se controle esos ataques de angustia porque sí pueden terminar en otra cosa. Y que vayan al médico. Aclarar que ordenar las medias por color no es sinónimo de Trastorno Obsesivo Compulsivo. Que sí puede serlo perder una oportunidad laboral por quedarse prendiendo y apagando un interruptor de una luz hasta que llegue a determinado número y que este coincida con un pensamiento determinado mientras se habla solo. Contar que sentirse incómodo en un lugar con mucha gente no es lo mismo que sentir que se va a morir. Y nuevamente, recomendar ir al médico.

Mientras, ya saben, el poder de las palabras: estar angustiado no es un ataque de pánico, del mismo modo que ser obsesivo con la limpieza o el orden no configura TOC y una fobia no es sencillamente un rechazo a algo que no te gusta. Y para culminar este diccionario: un Trastorno de Ansiedad Generalizado no es solamente estar ansioso.

Sacudís la patita hasta borrar la suela, contás números pares por si las moscas, le escapás a la vida social, comenzás a salir cada vez menos y, si no recibís tratamiento cuanto antes, el resultado puede ser algo que duela aún más: depresión. Así, con minúscula.

No hay situación de mayor desamparo que sentir que la cabeza nos juega en contra. Y no hay nada más inoportuno que encontrar una serie de consejos del buen vivir de parte de personas que no conocemos, por lo cual no quiero caer en esa etiqueta con estas palabras. Solo aclaro lo siguiente: cualquier cosa que nos funcione está bien, siempre y cuando nunca, pero nunca dejemos de consultar a nuestro médico.

Más trabajoso que una cura es la aceptación de lo que nos pasa, y eso se consigue con terapia. No todo son drogas legales; también hay que comprender cómo somos, qué es lo que nos sacude, qué es lo que más nos estresa. Porque si hay algo que conviene abordar cuanto antes al tener un trastorno de ansiedad, es el estrés. Ahí entramos en un terreno complicadísimo, porque necesitamos trabajar para vivir, y el estrés de la vida cotidiana es imposible de evitar. Entonces, ahí sí tenemos mucho para trabajar y ver de qué manera lo sobrellevamos. Ya con eso solo tenemos un desgaste de energía tremendo como para, encima, lidiar con todos los demás factores.

Limitar las situaciones de estrés lleva a minimizar los casos de crisis. El resto del cupo de estrés se lo dejamos al trabajo, porque con algo hay que pagar las pastillas.

Para hacer honor a mi oficio de periodista, les tiro unos datos que ayudan al contexto: según la Organización Mundial de la Salud, al menos el 9% de la población mundial sufrirá en algún momento de su vida alguna crisis asociada a la ansiedad, en una proporción en la que dos de cada tres serán mujeres. De ese 9%, sólo un cuarto desarrollará TAG. Muchos podrán tener un ataque de pánico a lo largo de su vida, pero pocos TAG. Al menos, diagnosticado. Ahora viene lo mejor: todos esos datos son de 2019. Aunque prefiramos borrar de nuestra memoria, en el medio transcurrió el 2020 y el 2021. Miles de millones de personas se vieron forzadas a aislarse, con miedo, con paranoia frente a otras personas, en las que cualquiera es un enemigo en potencia, con muerte, destrucción económica y cambios radicales en todas las instituciones de nuestra vida.

Hay indicios de nuevas estadísticas en materia de salud mental y, si quieren apostar a lo seguro, ganaron: es obvio que aumentaron para mal todas las variables. Por lo pronto, se estima que el 14% de toda la población del mundo tiene algún tipo de trastorno ahora mismo, en este momento en que te llegan estas palabras. Si la consulta al psiquiatra no fuera tabú, estoy seguro de que ese número sería muchísimo mayor.

Durante años, solo hubo pocas personas de mi entorno que sabían de mi situación. Con el tiempo, comencé a naturalizarlo sin importarme los comentarios a mis espaldas. Llevo más de doce años conviviendo con el trastorno de ansiedad y no le presto demasiada atención porque, con los años, comenzaron a surgir mis otros trastornos. He estado con menos medicación, con mayor medicación, sin medicación, nuevamente medicado; pasé por diversos psiquiatras hasta encontrar a la que puedo llamar «mi psiquiatra». Hubo épocas en las que quería hacer de todo para estar mejor, épocas en las que quería mandar todo a la mierda, momentos de mayor vida social y momentos de aislamiento total. Odié y amé a las pastillas, detesté profundamente tener momentos de crisis de ansiedad en momentos de relax o de felicidad y, lo peor de todo, desprecié y desprecio aún los olvidos aleatorios, las fallas random de la memoria. Me olvido de cosas que no debería olvidar y culpé durante muchísimo tiempo a las pastillas y a mi condición. Hoy tengo la sospecha de que, en realidad, es imposible recordar todo cuando más tenemos que saber a diario.

Cada tanto vuelvo a hablar del Trastorno de Ansiedad Generalizado porque es el pico máximo de la ansiedad, porque se habla poco y creemos que sabemos mucho, porque escuchamos más a gente que no es médica y porque, como cada vez que hablé de esto, es porque me encontré con un amigo al que le acabo de dar la bienvenida al club de los pacientes psiquiátricos.

En fin, les diría que no es tan grave, pero sería un hipócrita: la mente es lo que nos dicta qué nos hace bien y qué nos hace mal. El trastorno de ansiedad generalizado y sus amigos son una máquina de volver nuestro cuerpo y mente en nuestra contra. ¿Tiene un costado bueno? Sí, se puede tratar con unas pastillas minúsculas.

Y por ahora lo dejo acá, que me está faltando el aire.

Nico Lucca

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