Guía inútil para cualquier duelo

Cuando surge el tema de mi incomodidad con mi edad, nunca sé bien cómo explicarme en pocas palabras. Me gusta cumplir años y a la vez me desagrada lo que implica. Me gustan las novedades que maravillan y estas no tienen forma de llegar si el tiempo no transcurre, pero me pongo caprichoso y me gustaría que otras cosas no se vayan.

Hay vidas que dejan huellas tan profundas que nos acompañarán durante toda nuestra existencia, para bien o para mal. Si es para mal, las llamamos traumas. Y también existe el duelo por la muerte de quien causó ese trauma, y seguramente lo charlaremos en otra ocasión. ¿Pero cuál sería la palabra antónima de trauma? Fui a buscarlo al diccionario de sinónimos y antónimos y no encontré ninguno. Supongo que, con lo rico que es nuestro idioma, nunca se nos ocurrió ponerle palabra a algo bello: una persona que nos dejará una huella positiva e imborrable, pero que ya no está. Debería haber una palabra para definirla porque se parece mucho a lo que se opone, a tal punto que hasta podemos esconder y solapar un gran momento de nuestras vidas. Si no me creen, pregúntenle a un depresivo.

También hay situaciones dolorosas que son constantemente subvaloradas, como si hubiera una tabla de calificación de vínculos y cuánto debe doler cada pérdida. De hecho, en ciertos ámbitos existe, como en la legislación laboral para relaciones de dependencia, donde los días de duelo se calculan en base al vínculo. De base, si se murió tu esposo, esposa, concubino, concubina o hijo, te tocan tres días. Si el que murió es un novio o novia y no convivían, no vale. Si la quedó ese tío al que querías tanto, tampoco. Si te criaste, como mucha gente, con más tiempo en la casa de tus abuelos que en la tuya, donde tus primos eran tus compañeros de juego, ninguno de ellos amerita que puedas tomarte ni un solo día de licencia ni para el velorio. Algunos convenios tienen unos días más, pero ninguno supera la clasificación de dolor de 5 días para padres, cónyuge e hijos, y dos días para abuelos (cuatro si vivían lejos) y un día para tíos o sobrinos que, obviamente, vivían cerca. No digo ni que esté mal o que esté bien, solo que siempre llamó mi atención esa escala. Bah, la existencia de una escala.

Y, convengamos, en buena medida, el dolor ya está pasado de moda. Esto podría haber sido un tema de debate hace algún tiempo, no en esta sociedad en la que todos tenemos que estar bien 24/7. Los velorios duran un par de horas, si es que hay, y si no llegaste a despedirte, a otra cosa. Nadie se permite estar mal, pero también ahí existen escalas. Ahora está bueno mostrarse “vulnerable”, lo cual quiere decir la nada misma cuando a los quince minutos nos mostramos como “resilientes” y, más tarde, como “ave Fénix”, y así. Vida expuesta, emociones exageradas, pero con límites temporales.

A mí me daba vergüenza hasta plantear este tema en terapia: no consigo elaborar el duelo de la partida de mi abuela, mi última abuela, hace cinco años.

En un principio, rompió varios esquemas. Las edades de personas mayores que solemos ver hoy en día no eran tan habituales cuando yo era chico. El primero en partir fue mi abuelo paterno a los 60 años, el que me pasaba a buscar los domingos por la mañana para andar en bicicleta. Me preguntaron si quería ir al sepelio y dije que prefería no hacerlo, y muchos lo vieron bien, porque los velorios no son lugares para chicos. Depende de la era; yo ya no era tan chico con doce años. No recuerdo absolutamente nada de su repentina partida que, años después, noté que había sido anticipada por una internación de seis meses y que, encima, yo fui a buscar un sacerdote para la Extrema Unción. Nada, borrado de la cabeza, archivo no encontrado.

Tampoco recuerdo si fue un invento de mi cabeza o lo leí en algún ensayo sobre neurociencias a principios del siglo XXI, pero por esa época dejé anotado en un cuaderno que los ritos funerarios varían entre culturas y en el tiempo, pero que en todos existe un denominador común: los seres humanos necesitan ver el cuerpo ya sin vida y despedirlo. Una suerte de neurociencia aplicada a costumbres que van de la prehistoria al presente.

Con 16 años ocurrió un terremoto familiar. En medio de unas vacaciones, un infarto se llevó a mi tía, cuñada de mi padre, madre de mi prima de mi misma edad. Probablemente el dolor haya sido potenciado o superado por el miedo que desató la posibilidad de que una figura materna se vaya de esa manera. Fue mi primer velorio y me quedé en la puerta. No pude avanzar de ahí.

Diez años después de mi primer abuelo, llegó el turno de mi abuelo materno, en una historia un tanto más compleja que me tomó con 22 años y ya un historial laboral en el mundo adulto. Como semiesclavo de un juzgado penal, me acostumbré por la fuerza a ver cadáveres en todos los estados imaginables y en los estados que ni una película de terror puede presentar. Y de todas las edades, también. Que me haya acostumbrado no quiere decir que lo haya asimilado, aunque debo reconocer que el concepto de “humor negro” tomó otra dimensión al tratar con forenses. En otra emisión de neurociencias de cartón, llegué a suponer que es la forma de lidiar con la insoportable posibilidad de que nosotros podríamos ser ese montón de carne, huesos y piel. La cuestión es que entré a su velorio y no sé cuánto tardé en animarme a mirarlo. Sí sé que no pude mirarlo más que uno o dos segundos. Me quedé un buen rato más con sus amigos para escuchar historias que se contaban con risas.

En teoría, debería haber procesado ese duelo, supongo, pero aún me faltaban demasiadas cosas por aprender, como por ejemplo que nada funciona como un manual y que cada persona procesa el duelo de una manera distinta a otra, y que incluso cada duelo es distinto entre sí dentro de una misma persona.

Desde entonces, estuve en varios velorios, pero no llevo la cuenta. ¿Quién puede llevar la cuenta de esas cosas? Unos cuantos fueron para acompañar a otras personas en sus pérdidas, otros de personas queridas de manera directa por quien les habla. Y no, no hay caso, no puedo procesar los duelos. Es todo un tema porque se supone que el desapego es uno de mis mayores defectos o virtudes; depende mucho de quién opine. A veces, el impulso juega en contra y uno quiere tomar el teléfono para contar algo a alguien y se sorprende sin saber qué pasó que quisimos hacer eso, si esa persona ya no está.

Mi abuela paterna se fue en 2010. En su responso ocurrió un hecho que, probablemente, haya tapado todo lo demás: vi a mi padre llorar. Pero llorar como llora de angustia un nene, con ahogos, una cara desencajada por quien quiere expulsar algo de adentro y no consigue siquiera tomar aire. Creo que en la vida de toda persona hay un antes y un después de ver esa fragilidad del Superman particular.

Mi abuela materna aún vivía en Mar del Plata, en su retiro autoimpuesto desde 2004 y venía de visita a Buenos Aires cuando tenía ganas de vernos. Creo que fue como un nuevo período de disfrute.

O sea: al igual que a todos mis abuelos, la adoré desde siempre. Y con todos tuve la relación que no tienen los hijos. Ya saben de qué hablo: los abuelos nos cuentan cosas que sus hijos no recuerdan, o nunca escucharon, o que, quizás, nunca se les ocurrió preguntar. Y yo preguntaba mucho. Así es que me convertí en una suerte de bibliorato al que recurren hermanos y, más de una vez, hasta mis propios padres.

Parte del círculo de la vida lleva a que los abuelos tengan con sus nietos un vínculo más fluido que el que tuvieron con sus propios hijos y viceversa. Lo mismo ocurrió, en mayor o menor medida, con todos mis abuelos. Que sea más fluido no hace a uno o al otro un mejor vínculo ni peor; solo distinto y con gran lógica: el tiempo que se pasa con los abuelos no es el de la convivencia cotidiana. Medio que siempre se llevan la mejor parte los abuelos.

Por declaraciones de mi vieja, puedo llegar a la conclusión de que mi abuela estuvo presente en mi vida de una forma más amable que en la de mi madre. Cuestiones generacionales, supongo, de haber sido madre a prueba y error y agarrarme con el curso completo y el título. O, dicho de una forma cariñosa: con mis tíos y mi vieja, obtuvo el título de madre y con sus nietos, el doctorado. Mi abuelo, en cambio, solía sostener, sin ninguna clase de filtro, que los nietos eran el premio por haber sobrevivido a los hijos.

Mi abuela apoyó que quisiera estudiar guitarra y pagó las clases. También me compró, algunas veces, el costoso equipo de hockey sobre patines porque finalmente había encontrado una actividad física para la que servía –medianamente– y el nene cambia de talla a cada rato.

Y en una época, cuando jugaba los sábados y mi viejo trabajaba, era ella quien me llevaba a los partidos, así fueran en Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, en Harrod’s, en River o en Deportivo Español. Toda una aventura para alguien que vivía en Balvanera con su nieto en Lugano. Y que no manejaba.

Incluso de grande, ya boludo de 27 años y en medio de un reinicio que me dejó en la lona, ella ocupó un lugar que no le correspondía: salió de garante para que pudiera alquilar y cubrió los ahorros que yo no tenía para que ingresara a mi flamante alquiler.

El listado de ritos que teníamos con mi abuela lo redacté el mismo día que falleció, de a cuotas, cada vez que aparecía un momento de espera en el insoportable rito burocrático con el que hay que lidiar cuando una persona murió en su casa y en pandemia.

En esos momentos, escribí para no olvidar que mis memorias infantiles con ella incluyen toneladas de libros para leer y una rara costumbre que atesoro, que consistía en recostarnos en el piso de parqué boca arriba para sentir las vibraciones de las piezas de música clásica que colocaba en el tocadiscos. Podríamos haber fundado una religión new age con ese rito de relajación y atención plena que luego completábamos con un cuarto de kilo de helado cada uno. Y sí, escribí porque tenía pánico de olvidar, porque no recordaba qué fue lo último que me dijo la última vez que la vi. No sé por qué tiene que tener alguna importancia, pero me pegó eso. Supongo que asimilar que duelo y dolor tienen la misma raíz explica un poco la autoflagelación del momento.

Decía que hay cosas que sé de mis padres gracias a mis abuelos y me parece un hecho glorioso, una hermosura de la vida en cada etapa de nuestro crecimiento. ¿Estás en edad escolar? Llueven historias de tus padres a tu misma edad. Es algo tan ancestral, tan universal que hasta es el motivo que disparó la redacción del guion de Volver al Futuro, cuando Bob Gale le cuenta a Robert Zemeckis que encontró el anuario de su padre y se preguntó si podrían haber sido amigos en la escuela.

Y a mí me encanta ocupar ese lugar de saber cosas, no me pesa nada. Recuerdo que una vez, en una entrevista, surgió el tema de cuánto sabemos de nuestros ancestros y yo dije que me encantaría saber todo aunque no los haya conocido y alguien dijo “capaz no está bueno, capaz te encontrás con que uno era terrible hijo de puta”. Tenía un gran punto. Me llevó un tiempo indebidamente largo procesar el concepto. Tampoco es que me quitó el sueño, pero cada tanto volvía esa frase cuando me ponía a buscar documentación de tatarabuelos y cosas que me ayudaran a reconstruir vidas que transcurrieron en épocas en las que pocas cosas quedaban registradas. Hoy, al menos en esta etapa de mi vida, me da igual que exista la posibilidad de encontrarme con algún demonio. No me importa, ninguna familia es tan sagrada, ninguna vida es perfecta y todo forma parte de la historia. En todo caso, encontrar un demonio, más que formar una sombra, es parte del contexto con el que tuvieron que lidiar mis otros ancestros.

El asunto es que en un momento recordé y escribí en mi listado una actividad altruista que tenía mi abuela y no puse que la descubrí sin querer, porque eso lo recordé después. Y ahí, en ese momento, me puse a pensar en todas las cosas que no sabía de ella. Yo había pasado años investigando la infancia de mi abuela paterna porque fue inscripta con el apellido de su madre. Mi padre se enteró cuando se quiso casar. Yo, en cambio, supe que conoció a su padre y que murió cuando ella era muy chica. ¿Cuándo lo supe? En alguna historia de siestas infantiles. A mis padres les tocó otra etapa, la era de los secretos de familia en una sociedad muy distinta. Ahora que lo pienso, puede que el duelo de mi abuela paterna –a quien llamaba Babi– haya sido esa obsesión por encontrar una explicación.

Al pensar en mi abuela materna, la historia de su vida tiene un punto de inicio en su nacimiento en Lincoln, provincia de Buenos Aires, como la menor de once hermanos. ¿O eran nueve? Y de pronto sigue un montón de hojas en blanco hasta su llegada a la Capital con… ¿Con cuántos años? Era chica, pero no tanto, y no sé si fue a causa del fallecimiento de su propia madre que los hermanos se dispersaron con otras familias de acogida. Cómo es que terminó en Liniers, en la casa de la persona que, para todos nosotros, fue su verdadero hermano, es algo que no me contó.

Entre las cosas que sí sé es que desobedeció todos los mandatos de su época y de lo que se esperaba de una chica criada en casa ajena. Hizo la escuela secundaria cuando no era obligatoria ni esperable, buscó y consiguió trabajo, y recién se casó a los 29 y fue madre primeriza a los 30 en una época que, como podrán deducir, las mujeres se casaban mucho antes. Todavía me río cuando recuerdo que, solo para divertirnos con su forma de dar consejos a las mujeres para que no se casen hasta no estar realizadas, le pregunté en medio de una sobremesa si las mujeres se realizaban al formar una familia. La respuesta fue tan obvia como corta: no.

Era profundamente creyente en Dios y en figuras religiosas, pero no adhería al catolicismo. Sus hijos fueron todos a colegios católicos porque no encontraba un conflicto de intereses, pero ella no iba a la iglesia más que para casamientos. Y si podía, también los esquivaba. Por los libros de todas las religiones y corrientes místicas que se encontraban en su enorme biblioteca, se podría deducir que disfrutaba de Dios en una forma más unificada y de múltiples manifestaciones.

Otro dato es que no dejó de trabajar con la maternidad. Ni con su segundo hijo. Tampoco con el tercero, que tuvo a los 42 años. Otra rareza. Pero ahí está el tema: se configuraron como rarezas cuando salí a la vida adulta y conocí la historia de la sociedad y supe que esas cosas no eran habituales. No tan habituales. Al menos no en comparación con las abuelas de mis compañeros de colegio, ni siquiera con la Babi. Las dos eran fuertes y mujeres de una época de transformación, pero de distinta forma. A mi abuela materna la vi con vestido solo en fotos de casamientos y en los Quince de mi madre. No hay registro de que haya usado alguna otra prenda que no fueran sus jeans. Pero de sus hermanas tampoco tengo registros. Intenté reconstruir con mi vieja y mi tío, pero apenas llegamos a dos hermanas de sangre.

Podría explayarme en que no sé qué es lo que me pasó, que no me tiré de cabeza a investigar su infancia como sí hice con la Babi, pero la situación me resultó distinta. La Babi quedó desamparada con su madre y sus hermanos a los seis años por una legislación que hacía del ocultamiento de la realidad un hermoso escudo moral y lo supe el mismo día que me habló de su padre. Acá, en cambio, había otra cosa. Un libro abierto de ideas, de pensamientos, de anécdotas para respaldar consejos, seguramente tiene un enorme motivo para no contar algo. O tan solo no tiene motivos para contar. Y creo que eso debería respetarse y aceptar que su familia es a la que llamó familia.

Una vez fui testigo inesperado de una conversación que se dio en la mesa de al lado cuando yo tomaba un café. No sé cómo venía la charla, pero una persona le dijo a la otra que le reentendía el dolor a la otra, pero que “convengamos que ya estaba grande” el difunto. Probablemente hablaban del duelo de un tercero ausente. Si no es así, no entiendo cómo esa conversación no terminó en la comisaría o en el hospital.

¿Cuántos años son suficientes para aceptar una ausencia? Yo tuve suerte de tener abuelos hasta grande. Hasta muy grande. Probablemente tenga mucho sentido decir que la última en irse dejó un vacío enorme porque clausuró la etapa de los abuelos. Sé que fui muy afortunado, también, por la clase de abuelos que tuve. Cuando se tienen determinados empleos, podemos saber que la naturaleza del hombre indica que no todos son así, que en el mundo habita gente horrible, y que podemos sentirnos muy afortunados. Pero igual duele, por eso mismo que conté al principio sobre el paso del tiempo.

No duele nuestra vida porque se nos va, es imposible pensar así y levantarse a la mañana. Duele saber que la llegada de lo nuevo inevitablemente implica que también lo viejo haya cumplido el tiempo que le tocó habitar en este planeta. Duelen los recuerdos que pasan a ser historias a contar y ya no memorias para compartir con los protagonistas de esos recuerdos.

Se extraña lo que fuimos en presencia de esa persona en determinado momento de nuestras vidas. ¿O acaso visitar a nuestros padres no es un viaje en el tiempo a una era en la que el mayor de nuestros problemas era no rendir bien en la escuela y el tiempo pasaba en una cámara tan lenta que un par de meses de vacaciones escolares equivalían a un siglo? Hoy me ofrecen un turno médico para dentro de tres meses y lo tomo, si está acá a la vuelta.

Y si bien siempre supimos que no se puede volver a ese estado idílico, cada partida viene a meterle una nueva tachadura a ese casillero.

Lo increíble es que podría decir un montón de cosas que no tienen sentido, porque a nadie le sirve una guía para el inicio de un duelo y menos de parte de una persona que no puede cerrarlos. Pero por lo pronto puedo decir un par de cosas, al menos cuando leo a ese Nicolás en carne viva que escribía por temor a olvidar: no se olvida nada. Es más, Nicolasito, entre los ritos que no quisiste olvidar, se te pasó uno: pedir picadas solo para coleccionar las banderitas de los pinches.

Ya llegué a una parte de este relato en el que no puedo decir “creo” para iniciar ninguna frase. Así que diré “supongo” que es lindo saber que coincidimos en la misma línea de tiempo con determinadas personas y que es maravilloso que hablemos de ellos. Y supongo que una buena forma de demostrarles amor es no olvidarlos y tenerlos presentes, pero mientras aportamos lo nuestro para que otros, algún día, nos recuerden del mismo modo.

Ta pronto.

Nico Lucca 

 

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