Resulta que venía como un campeón con un podcast por semana hasta que se me ocurrió abordar este. Lo comencé una vez, lo corté; volví a comenzar al día siguiente, paré, retomé un par de días después y, como ya estaba sobre la fecha, lo postergué. A la semana se me complicó de vuelta y así pasaron los días. Paradojas de la vida: el tema elegido es la procrastinación.
15 de mayo de 2026, 23:35 horas. Ya vivimos en un mundo en el que somos máquinas de supervivencia y, por si fuera poco, nos rodean con mensajes aparentemente positivos. Hace unos días me crucé con un video que da tips para hacer en una hora lo que antes te llevaba diez. No entiendo cómo alguien podría desear ese nivel de producción cuando ya está demostrado que cada vez que podemos hacer una tarea en menos tiempo, el restante será utilizado para otra tarea y nunca para una lúdica. Así es que, cuando ocurre la necesidad de hacer algo por nosotros –como grabar un podcast, ponele– lo haremos tras restarle tiempo al descanso o a los afectos.
Por eso hoy vengo a hacer una apología, una defensa mayúscula, una dignificación, una reivindicación total, un desagravio a nuestra guardiana: la procrastinación.
Sí, exagero. Pero solo en parte.
Había una sensación de vértigo en mi infancia cuando caía el sol y yo no tenía la tarea hecha para el día siguiente. Literalmente, vértigo; lo sentía en el estómago y el pecho mientras pelotudeaba con dibujos o algún juego. Esa sensación extraña no la volví a sentir nunca más. Ni siquiera puedo decir que fue reemplazada por los picos de ansiedad o los ataques, porque para eso hubo un gap de más de una década. El mecanismo que comenzó a funcionar lo tomé como un acto de rebeldía autosuficiente y contracorriente cuando me dije: “funciono mejor así”. No inventé la pólvora; soy uno más del montón de idiotas que prefiere decir que funciona mejor bajo presión.
Pero igual tengo un punto en el que no puedo dejar de pensar, en parte, por la inercia de tantos años de estar tan, pero tan sobreocupado: ¿es, realmente, la procrastinación algo malo o tan solo es un mecanismo de defensa?
16 de mayo de 2026, 22:37 horas. Técnicamente, la procrastinación es la evasión de alguna tarea con la intención de patearla para otro momento o, directamente, no hacerla. El comportamiento es tan universal que siquiera genera sorpresa mencionar los métodos: hacer otra cosa que nos interese más, entretenernos con alguna acción lúdica, salir a dar una vuelta. O como me puede pasar a mí, que puedo sentir la necesidad compulsiva de ponerme a ordenar algo que hasta hace cinco segundos no me molestó que estuviera ahí durante los últimos tres años, o ver pasar una mosca de fruta y ponerme a investigar por qué nada las mata y, ya que mencioné “fruta”, de ahí saltar al fascinante mundo de la intervención humana y descubrir alguna rareza. ¿Sabía usted que todas las bananas que se mueven en el mercado internacional provienen de árboles clonados? Yo no lo sabía hasta que encaré este párrafo… hace como tres horas. Ya son casi las dos de la matina del 17 de mayo y solo avancé este poquito.
Lo que cuesta entender es que, tal como lo mencioné hace instantes, la procrastinación es mucho más fácil de comprender en un niño cuando pensamos en una respuesta emocional. Es instintivo y muy, pero muy antiguo: una respuesta de protección a algo que nos hizo mal. Si a un chico le va mal en una materia, no es ilógico que procrastine sus tareas, sino que tiene toda la lógica del mundo: no es vagancia, es una protección inconsciente, un instinto de fuga, papar moscas como método de defensa.
En este punto entiendo tantos tips y consejos para ayudar a los chicos con la procrastinación, aunque si me lo preguntan, podría responder que en caso de que se tratase de una conducta frecuente, consultaría a un especialista, que por ahí el chiquillo le huye a algo que no dimensionamos o piensa de manera distinta.
El asunto es que, bajo ningún punto de vista, puedo concebir la suelta de tips para corregir la procrastinación en adultos. Es una cuestión de lógica básica y elemental: si la actividad era importante para tu trabajo y no la hiciste, te echaron. Un procrastinador de ley cumple con sus objetivos, a regañadientes, a las puteadas, con una deuda de sueño que arrastrará hasta el año entrante, pero cumple. Si no cumpliera, no sería un procrastinador, sino un incumplidor desempleado. Hay diferencias y no son pocas.
Sí, también sé que la terminología apunta a otro lado, pero la lógica de las definiciones debería servir para algo más que para rellenar diccionarios. Cuando uno, en vez de procrastinar, evade un tema, hablamos de otro accionar del ser humano que amerita toneladas de libros para, solamente, abordarlo. Acá hablamos de dejar para mañana lo que podríamos haber hecho hoy. ¿Y por qué no lo hicimos? Bueno, es fantástico cómo nos gusta darle un puntaje a cada motivo para armar una tabla de causas nobles y otras irrisorias. Por ejemplo, nadie se preocuparía si postergó una tarea porque se murió alguien cercano o porque necesitamos ir a un turno médico. Ya si tenemos un acto escolar, comienza un debate moral entre el ser y el deber ser. Si mencionamos como opción que postergamos algo porque decidimos salir a dar una vuelta o porque nos colgamos con una película, directamente entramos en el terreno de la vagancia.
18 de mayo de 2026, 16:15 horas. Nada.
23 de mayo de 2026, 23:40 horas. Es cuanto menos curioso algo que he notado con terapias conductuales y que tardé demasiado tiempo en notar como una contradicción: si la mejor forma de destrabar una cabeza cansada es salir a tomar aire o darnos un recreo, ¿cómo corno es que esa misma acción puede ser un problema conductual? Alguno podrá decir, con total razón, que la diferencia está en cumplir con la obligación. Tranqui, la obligación la voy a cumplir igual; a lo que voy es que cuesta mucho mantener la calma mental cuando desde un lado nos inducen a pagar para que aprendamos a relajarnos y a aprovechar nuestros descansos, mientras que del otro lado nos piden plata para darnos la receta para no postergar absolutamente nada.
Sé que alguno me saltará a la yugular porque la procrastinación es un síntoma de otros trastornos y demás. Sí, lo sé. El que habla tiene casi todos los trastornos y puede que la ciencia haya descubierto alguno nuevo conmigo. Soy una máquina de procrastinación; lo hago varias veces al día, incluso cuando me quedo sentado con la vista clavada en la nada mientras junto energías para levantarme de la silla. No lo minimizo, no lo tiro abajo. El tema es que tampoco es sano vivir solo para generar cosas y nada más, y ahí me pregunto a cuánto estamos de que nos den tips para no dormir y aprovechar ese tiempo mientras nos dan, a la vez, tips para conciliar el sueño.
La procrastinación en adultos no es artista exclusiva de un trauma que nos lleva a patear algo desagradable hasta último momento. A veces, simplemente, no tenemos ganas. Forzarnos a hacer algo sin ganas es procrastinar de manera aún más grave, porque se hace lento, se hace mal o terminamos rotos y procrastinamos todo lo demás. De paso meto una pausa. ¿Sabías que la famosa frase «vísteme despacio que estoy apurado» no es exactamente de Napoléon? O sea, no está chequeado que sea de él. Otros se la atribuyen a Fernando VII de España, lo que sería todo un juego de extremos en su autoría. Qué frase más ridícula si la llevamos a la generalidad. Hacer las cosas despacio te retrasa igual que hacerlas rápido sin saberlo. La práctica hace a la velocidad con calidad. Se hicieron las cuatro de la mañana…
25 de mayo, 22.15 horas y ya está claro que esta semana tampoco publico. Una vez me tiraron un consejo del tipo de hackeo al cerebro: así como uno posterga tareas que no le gustan, tenemos que darnos un gustito después de cada tarea completada. No sé si el tip surgió de conducta canina, pero un adulto inserto en esta sociedad a esta altura de la historia probablemente muera de indigestión de todos los gustos que debe darse durante el día. Y si no se trata solo de comida, no existe presupuesto que resista tanto premio necesario.
Por otro lado, si para obtener un poco de bienestar es necesario tener descansos, ¿no los estamos procrastinando? Qué dilema.
En todo caso lo que sí se ofrece en apps que nos aparecen en publicidades es algo que solapa otro problema para el que no tenemos una solución: que cada vez necesitamos más actividades para sostenernos y que eso lleva a que nuestra vida sea un caos de horarios y nuestro descanso un desastre. Si tenemos claro que no es normal tal desorden de actividades, bien vale la pena poner un poco de orden. Ahora, si suponemos que el descontrol es solo por nuestra falta de orden cuando ninguno de nuestros padres, abuelos o ancestros tuvo que lidiar con tantas fuentes de ingresos, nos estaremos equivocando en el análisis. Tampoco tuvieron que lidiar con tantas distracciones. Sus problemas pasaban por otro lado: no morir en la guerra, esquivar alguna bomba, zafar de comer ratas para alimentarse. No había nada para procrastinar: o resolvías o morías.
Viernes 29 de mayo de 2026 y me van a tener que fumar disfónico. Son las 13 horas con diez minutos y me dispongo a sentarme hasta terminar esto. La procrastinación es una conducta en sí misma, pero también es una gran compañera, best friend forever de los trastornos psiquiátricos por excelencia, tanto depresivo como de ansiedad y el obsesivo-compulsivo. Se manifiesta de distintas formas, ya sea anteponiendo tareas sin importancia o, simplemente, retrasando esta actividad hasta el último momento. Puede que hasta el punto en que ya no se puede hacer y sobrevenga la culpa o el alivio. Ni quieran que les explique cómo es que el alivio también puede generar culpa.
Por eso es que remarco, repito, reitero, insisto y reafirmo que es totalmente contraproducente insistirle a un depresivo con “activar”. Dale, salí de la cama, ponete las pilas, salí a correr, ganale a la vida, activá. No hay nada que activar, hay procesos y no son las buenas intenciones, por mejores que sean, las que lo aceleren o lo solucionen.
14:15 horas. No sé qué pasó que terminé chateando sobre música y, al sonar «Come on Eileen», una de las canciones que mejor humor me ponen desde que nací, tuve que ir a buscar qué significa «Too Rye Loo rye». No, no lo busqué hace cuatro décadas ni hace un mes, tenía que ser ahora. Resulta que viene de una canción que aparenta ser irlandesa porque se llama «Too-Ra-Loo-Ra-Loo-Ral (That’s an Irish Lullaby)», pero es norteamericana. Fue número uno en 1913 y, tres décadas después, Bing Crosby la convirtió nuevamente en hit. Lo que tiene de irlandesa es que la melodía es mucho más vieja y se cree que viene de allá, tierra de canciones folklóricas anónimas como «Whisky in the Jar». Incluso, la melodía del violín que da inicio a «Come On Eileen» es «Believe Me, If All Those Endearing Young Charms». Es una melodía irlandesa del siglo XVIII a la que el poeta Thomas Moore le puso letra un siglo después. El pobre Johnny Ray que se menciona fue un superpopular cantante y pianista de los cincuenta.
16 horas y 41 minutos. Acabo de contar con el dedo la cantidad de pestañas abiertas en el browser de la compu. Son cuarenta y cuatro y este relato tiene que seguir.
Decía que ante una depresión no hay nada para activar mediante frases hechas, algo con lo que machaco hace casi una década. Y cuando no se trata de un trastorno y solo es que estamos estresados, también es clave poder relajar. Es importantísimo reconocer cuándo la cabeza nos pide parar y cuál es el motivo por el que lo pide. Relajar, pensar en otra cosa, es enfriar el motor del auto. Por eso defiendo la procrastinación como método de supervivencia. Media hora de boludeo puede retrasar nuestro deadline, pero a la vez puede pasar que sin esa media hora no exista ningún deadline porque entramos en un surmenage que durará un tiempo tan largo que será infinitamente peor que habernos tomado media hora para nosotros.
¿Algún tip para reconocer la diferencia? Es jodido dar tips; lo que le funciona a uno no tiene por qué funcionarle a otro, pero hay algo que sí es jodido: cuando la nada misma es mejor que cumplir con nuestra obligación. Ahí no la postergamos: directamente no la hacemos como método de autoflagelación.
Ahora está de moda hablar del estado de no hacer nada, la vida contemplativa, el arte de estar al pedo, el Niksen de los Países Bajos, y yo me pregunto cuándo fue la última vez que me aburrí. Te pregunto cuándo fue la última vez que te aburriste. Siempre sostuve como bandera que yo no sé lo que es estar aburrido, pero algo de trampa hay en esa frase. Cuando estaba en primaria, había que saber aburrirse. Una hora de dibujos animados por día en un canal de aire. ¿Elegir qué ver a la hora que quisiera? No, chiquito, esto o nada. Yo elegía a qué jugar en base a lo que tenía. Durante muchos años de esa infancia fui hijo único: o aprendía a hacer algo con el aburrimiento o… bueno, no había otra opción. La creatividad, la lectura, la imaginación, todo se alimenta de una mente que se aburre. Me cansé de ver videos de influencers choreados a insólitos textos académicos sobre el drama de la nueva infancia que no sabe aburrirse porque los chicos tienen tantas opciones que hasta los estresa.
¿Cómo es que analizaron a la nueva infancia y no a los adultos que nos convertimos en terribles vagos del aburrimiento? Nosotros deberíamos ser estudiados por esa manía de no tolerar el silencio, de no querer retomar nuestro glorioso arte de aburrirnos. No hay silencio tolerable, no hay momento libre que no deba ser ocupado. Con el cable llegó el zapping y hoy nos resulta una práctica zen en comparación con el desastre que podemos hacer con las plataformas de streaming. ¿Tenías una hora libre? Acabás de gastarla en buscar qué ver. Y encima, ni siquiera pensaste en cosas divertidas: solo te aburriste, no encontraste nada que te convenciera. Y te frustraste.
Ah, yo era un sensei del aburrimiento. Una tarde sin tele, con lluvia y la abuela en su sagrada siesta ¿qué podía hacer? Aviones de papel, barcos de papel, castillos de cartas, collages con revistas viejas, un castillo debajo de la mesa, leer hasta los clasificados de los diarios,
16.54 horas. Fui a buscar un limpiador de pantallas para sacar los dedos pegados. Los dedos que dejé marcados al contar las pestañas abiertas por no ponerme los anteojos. Crack total.
Y también es importante saber que a menudo nos sentimos mal por no llegar con tiempo de sobra a hacer lo que nos corresponde mientras corremos con mil cosas, cuando no es natural. Que sea la norma, que todos estemos con millones de cosas, no quiere decir ni que sea normal ni que sea sostenible. El pluriempleo se ha convertido en la regla para generaciones que nos criamos en familias con una sola fuente de ingreso y un sistema que nos preparó para un mundo laboral que hoy es imposible de sostener. No es una queja, es la aceptación de la realidad.
21.45 horas. A las 17.00 horas fui a buscar los anteojos y vi el teléfono lleno de mensajes. Contesté un par, quedé como el culo con uno, armé una posible rutina para un programa del canal y descargué un video. Tengo que subtitularlo, pero me prometí terminar esto.
Quizá una buena forma de lidiar con la procrastinación sea que el ocio no se convierta en una fuente de estrés. Porque si lo que nos debería distraer nos estresa, ¿a dónde saldrá corriendo nuestra mente para escaparse?
Me dio hambre. Quizá debería seguir mañana para no forzar esto aún más. Total, mañana es sábado.
Lunes primero de junio, 22.16 horas. Acá estoy, vine a terminar este episodio porque se me puso la mente en blanco en otro texto que quería preparar. O sea que este episodio se convirtió en mi procrastinación de otra tarea, razón de sobra para amarlo con todo mi ser. Y a pesar de saber que tengo unos días para terminar ese texto, seguramente lo haga un par de horas antes del deadline. Como corresponde. ¿O no habíamos quedado en que funciono mejor bajo presión?












