Psiquiatría chic: los autodiagnosticados

Hay algo que pasa y que nos afecta a todos. Por “todos” me refiero a los que tenemos algún trastorno y a los que no lo tienen. Pasa y no pasa a la vez. O sea, sucede un fenómeno que, en realidad, representa una magnitud que no existe: la ola del autodiagnóstico mental. El trastorno como accesorio chic. Una moda.

Está vinculado en un principio muy primitivo de lo que hoy llamamos FOMO, el miedo de perderse algo, que ancestralmente está en nuestra forma de vida por el instinto de tribu, esa cosa que nos lleva a querer formar parte de algo más grande que nosotros, aunque no podamos razonarlo.

Hablar de salud mental no es un tabú derribado. Un día les voy a contar sobre ese tabú que nunca se fue. Lo que ocurre cuando hablamos de salud mental es que ha picado en punta en tendencias de distintas redes más de una vez. Y cuando algo funciona, nadie con ganas de crecer o, al menos, de no perder relevancia se lo quiere perder.

Es complicado hablar sobre lo difícil que es asimilar un diagnóstico mental, pero algunos aparecen como si les hubieran regalado el último objeto de moda; te lo presentan con un video explicativo y ni quienes lo conocen pueden decir “ah, ahora tiene sentido”. No hubo un psiquiatra atrás, no hubo un diagnóstico médico: hubo Google, alguna consulta a un chat de inteligencia artificial, demasiados videos consumidos o todo junto.

Pueden traer la posta sobre cómo sobrellevar un diagnóstico o utilizarlo para autocalificarse sin que tengan la más mínima idea de qué hablan. Te sueltan un “te lo digo yo que soy depresivo” y el respaldo es haber realizado algún test online. Lo único positivo de esta situación es que el abanico del autodiagnóstico es tan amplio que la bronca es compartida por un abanico que va desde los que forman parte del espectro autista hasta los que integramos alguna rama del sindicato de trastornados mentales.

No es hipocondría, sino algo mucho peor. El hipocondríaco sufre su condición; es una afección que puede resolverse o amenguar su peso con el tratamiento correcto, pero existe. Y, como podemos imaginar, lo que para nuestro cerebro es real es que está pasando. Piénsalo como un ataque de pánico: tu cerebro está estresado por una serie de estímulos internos y externos que puede que no registres en su magnitud a nivel consciente.

Como no deja de ser un órgano que alberga nuestra mente, pero un órgano al fin, tiene partes de funcionamiento automático: la mayoría de tus movimientos respiratorios son tan automáticos que tienes que dar la orden de respirar hondo para que cambie el ritmo. No controlamos los movimientos digestivos, las pulsaciones del corazón; en fin, no tenemos control sobre prácticamente nada de todo lo que hace nuestro cuerpo.

El cerebro, megacansado, comienza a dejar de prestar atención a determinadas funciones automáticas. Ponele que pone en stand-by las comunicaciones que envían las glándulas suprarrenales. Estas, al ver que el cerebro está desaparecido, reaccionan como deben hacerlo ante tamaña situación de peligro: inundan el cuerpo de adrenalina para poder lidiar con esa evidente situación de riesgo extremo. El cerebro, que estaba en otra porque no puede más, se ve inundado de adrenalina. Como sabe que eso pasa cuando hay un riesgo inminente, no encuentra la situación de peligro y entra en pánico. Y todo eso ocurrió mientras veías un video de la restauración de un escritorio de ciento veinte años. ¿Cómo terminó? Con un ataque de pánico.

Aclaro este punto porque quiero remarcar otra diferencia: el autodiagnosticado no es el que confunde términos. En último lugar, a mí no me molesta que alguien diga que está depre porque está triste, que los utilice como sinónimos. Primero, porque sería un acto hipócrita: todos lo hemos hecho y yo me incluyo en el listado. Pero, por culpa del autodiagnóstico, hace unos años comenzó a llenarse de gente que dijo tener un ataque de pánico porque se perdió en un barrio que no conocía y se largó a llorar. Lo más probable es que haya tenido una crisis de angustia, que no es un ataque de pánico.

En el episodio anterior, el de los motivadores optimistas, mencioné a los que te obligan a activar, que todo se cura en movimiento. Entre los autodiagnosticados hay varios de estos especímenes. Son personas que no solo te dan el tip motivacional obligatorio, sino que te mencionan un diagnóstico que encontraron por ahí y que les pareció que les correspondía, y lo utilizan para darle un halo de honestidad a lo que dicen, la validación de una credencial, de un título, de un certificado médico que nadie les dio.

No sé si me jode más que se coloquen una etiqueta que no existe o el daño que pueden generar. ¿Por qué? Porque del otro lado están los incrédulos, los que sostienen que la humanidad inventa nuevas afecciones “que antes no existían”. Creo que lo escuché muy fuerte sobre los celíacos hace unos cuantos años, con argumentos de “¿y por qué pasa eso ahora si antes no pasaba?”. Nadie dijo que no pasara: no tenía nombre, no se lo había identificado y no se sabía qué buscar ni dónde. Es la historia de la medicina, básicamente.

Internet, enemigo acérrimo de los hipocondríacos, universo en el que un dolor de cabeza puede convertirse indefectiblemente en un cáncer, ha hecho estragos con la proliferación de tests de autoevaluación a tal punto que se ha acuñado una nueva palabra: cibercondria.

Todo lo que hace a la evaluación de nuestras funciones mentales requiere de un equipo interdisciplinario y, muchas, muchísimas veces, los diagnósticos van mutando. Es más, ningún psiquiatra moderno te diagnostica acabadamente en una ni en un par de sesiones. Puede diagnosticar un ataque de pánico, no un trastorno de ansiedad generalizado, dentro del cual se incluyen los ataques de pánico. Se puede diagnosticar que una persona está cursando un período depresivo; se puede llegar a la conclusión, con el paso del tiempo, de que una persona tiene un trastorno depresivo.

Ya me escucharon mencionar a Lili. Ella es mi psiquiatra desde hace más de seis años. La mayoría de mis rabietas contra ella han pasado por querer que me dé un diagnóstico acabado. Siempre me dijo, y aún lo hace, que un diagnóstico entregado a destiempo, por más preciso que sea, puede perjudicar aún más al paciente. No sé si es una cuestión de conformarnos con las cualidades de un diagnóstico, eso de bajar los brazos y decir “tengo un pozo porque soy depresivo, ya fue”.

Puede que algo de eso haya, como también puede ser que la mente es un laberinto que nunca terminamos de conocer y que nunca es bueno quedarse en un solo diagnóstico que puede cambiar con el tiempo.

Si sirve de guía, me pongo como ejemplo: comencé con ataques de pánico; al poco tiempo vino el Trastorno de Ansiedad Generalizado. Uno o dos años después apareció la depresión. O la descubrieron, que la mente es una ninja para mantener ocultas cosas obvias. Pero lo que comenzó como un período de depresión derivó en una distimia, que es una falta de ganas para cualquier cosa, dentro de una depresión mayor crónica. Y crónico no quiere decir que es “para siempre”.

A Lili le alteré mil veces los nervios con mis preguntas. Recuerdo decirle “soy periodista, hago preguntas porque quiero saber”, a lo que ella me respondió “sos periodista porque te gusta hacer preguntas”. Llegó un punto en el que apliqué técnicas de periodismo de investigación y otras más propias de una investigación judicial. Crucé datos de los prospectos médicos de cada cajita de pastillas que tomo de manera combinada, las dosis recomendadas para cuáles dolencias y demás cosas. Contento y agrandado, le digo a Lili “ya sé qué es, tengo esto”. No sé cómo describir su mirada de párpados caídos. Es como la cara de culo de los personajes de Bob Esponja, esos que tienen los párpados tan caídos que los ojos tienen que bajar de su ubicación para que los párpados puedan bajar aún más sin cerrarse. Lo descartó y me desconcertó.

En cualquier otra área de la medicina, un paciente podría poner el grito en el cielo por ocultamiento de información. No la hubo. Por cada síntoma, fui informado y tratado; por cada trastorno, fui informado y tratado. ¿La terminología de qué engloba todo eso? Poco importa.

Con los años –son muchos– dejé de preguntar qué tengo, porque acepté que todo muta. Sé cuál es el diagnóstico integrador a pesar de mi profesional. También comprendí el peso de un diagnóstico acabado cuando vi los cambios de nombres de algunas enfermedades.

¿Recuerdan la palabra “border”? Hasta fue un hitazo de Madonna (temón, de paso) llamado «Borderline», donde dice que está a punto de perder su mente por motivos amorosos. Cualquiera que haya sido diagnosticado como border sabe de qué hablo cuando digo “estigma”. La definición correcta es Trastorno Límite de la Personalidad, pero es relativamente nueva, ya que no fue hasta la década del ochenta que se aisló como un trastorno de la personalidad. Antes de eso, flotaba entre la neurosis y la esquizofrenia de forma gradual, más cerca o más lejos de la frontera, pero como una neurosis extrema. Con la redefinición, comenzó a investigarse y tratarse como un trastorno propio.

Toneladas de libros, siglos de debates, décadas de farmacología y un equipo de profesionales con miles de horas de experiencia y décadas de estudio para llegar a definir que una persona tiene un Trastorno Límite de la Personalidad. ¿Para qué? Para que el hermano de tu amigo te diga: “es que soy border, viste”. Diagnosticado por el Dr. Chat Bot. Peor puede resultar la persona que escucha tus padeceres y decide que, como coincide con lo que le decís, él tiene lo mismo.

No sé en qué momento pasó, pero en algún punto se puso de moda tener un padecimiento mental. No entiendo quién podría desear algo así, quién querría vivir con desconfianza de su propia mente, pero pasa. Es el lado B de los influencers motivacionales, los que, para remarcar aún más sus fundamentos de motivación, te cuentan que ellos también son depresivos o lo que sea, y que activan, que se ponen en movimiento y salen con amigos, porque eso te cura. Tirá todas tus pastillas que sale mucho más barato unas cervezas en el bar, me lo dijo el tipo que nunca fue atendido por nadie.

Todo vale por pegarla en una vida vivida a través de la acumulación de vistas, incluso animarse a hablar, porque hay que animarse a hablar. Pero una cosa es animarse y otra es mentir descaradamente porque creen que funciona. Como no son boludos, no se inventan enfermedades degenerativas. No tiene mucho glamour. Eligen un trastorno mental como quien se prueba una remera para ver cómo le queda y así van por la vida.

Si tan solo fueran conscientes del peligro que representan para los que sufren de hipocondría o cibercondría. Una persona siente un pico de ansiedad, ve que otra persona a la que respeta dice que tiene trastorno de ansiedad por esos síntomas, y se queda con un diagnóstico. Por ahí sufre de arritmia y el cuerpo le quiso avisar, solo que no fue al médico.

Y si todo quedara en los adultos, bueno, somos grandes y ya sabemos que no podemos reemplazar al médico. Pero pensemos en los adolescentes, esos a los que no les resulta un milagro tener un dispositivo en el bolsillo como ventana a todo lo que ha sabido y descubierto la humanidad a lo largo de su historia. Recordemos cómo éramos a esa edad y qué nos pasaba. Pasamos de la risa y la excitación al llanto dramático, vemos el mundo todo negro, que nadie nos comprende, que nuestros padres nos odian o no nos entienden, que el mundo está en contra nuestro. Yo vuelco eso en un buscador de patologías y tengo el diagnóstico: el trastorno límite de la personalidad que les expliqué arriba. O también puede ser que sólo tenga 15 años de edad.

¿Qué hacemos si un adolescente nos dice que tiene eso sin haber pisado un consultorio? Ah, qué tema, ¿no? Lo ideal es no minimizarlo ni exagerarlo: escucharlo en base a sus síntomas. ¿Qué siente? ¿Por qué cree que está así? De a poco, para saber qué le pasa realmente y procurar una consulta. Puede que tenga razón, puede que tan solo tenga 15 años y el mundo le duela.

Todo esto lo cuento desde el campo psiquiátrico, pero también aplica a la neurodivergencia, otra cosa que los negacionistas dicen que “es una moda” porque antes no existían. No, queridos míos, existió siempre, pero no sabíamos qué hacer con eso, ni dónde colocarlo, ni cómo llamarlo, mucho menos cómo detectarlo. Hay padres que diagnostican a sus propios hijos. Los he visto, los he escuchado: tiene Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, el famoso TDAH. Sí, puede que tenga eso, o puede que tan solo tenga otro diagnóstico llamado “seis años de edad”.

No creo que sea contradictorio intentar romper tabúes y, al mismo tiempo, señalar que un buen número de los que hablan con total naturalidad se autoperciben con un diagnóstico de algún trastorno. La palabra que nos engloba a todos con un diagnóstico, sepamos cuál es o no, es la de paciente psiquiátrico. Y como todo paciente, recibimos un tratamiento. El resto de las actitudes, más que romper tabúes, minimiza el padecimiento de verdad. Porque si cada vez que alguien junta coraje para decir “tengo un trastorno de la personalidad” o “finalmente me dijeron que estoy dentro del espectro autista”, le van a responder con un “¿y qué tiene de malo? Yo también”, el que se animó puede que nunca más se anime o algo peor: abandone todo porque el que lo minimizó está bien así como está.
Más de una vez me escucharon decir lo siguiente: una crisis de angustia no es, sí o sí, un trastorno de ansiedad; puede ser un síntoma o solo una crisis de angustia. Un brote de taquicardia no es un ataque de pánico; puede ser un síntoma u otra cosa. Estar triste no es sí o sí depresión. Ahora hay que agregarle: “lo que vos digas que tenés no lo convierte en verdadero”.

Creo que es importante marcarlo y remarcarlo porque se juega algo mucho más egoísta: querer romper con la norma. Lo disruptivo siempre se vio como un valor, valentía, algo deseable por fuera de lo normal. El tema es que, si todos somos trastornados, la norma es el trastorno y lo disruptivo se desvanece en la masa. ¿Conocés a alguien que quiera ser verdaderamente disruptivo en materia de salud mental? Les tiramos un tip: tras años de experiencia en la materia, he descubierto cuál es el mayor faltante, el gran ausente, eso que muy poquitos tienen y que puede marcar la diferencia en la vida de muchísima gente: la empatía.

No ningunear, no minimizar, no exagerar, no tener lástima: empatizar. Eso sí que es revolucionario y está lejos de ser moda.

Nico Lucca

Aquí la versión podcast en Spotify.

Y el mismo podcast en YouTube.

Escrito, grabado y editado en mi casa. Suscríbanse, denle 5 estrellitas, compártanlo., porfa. Todo suma para levantar este humilde ego. Besos. Se los quiere.

 

Para colaborar, solo de onda:

Y si estás fuera de la Argentina y querés invitar de todos modos:

¿Qué son los cafecitos? Aquí lo explico. 

 

Y si no te sentís cómodo con los cafés y, así y todo, querés, va la cuenta del Francés:

Caja de Ahorro: 44-317854/6
CBU: 0170044240000031785466
Alias: NICO.MAXI.LUCCA

Compartir en:

Desactivar modo oscuro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Salir de la versión móvil