Hace poco les dije que pocas mentiras son tan grandes como que se ha derribado el tabú de la salud mental. Está asimilado en la charla que ahora se puede hablar abiertamente de estos temas y que antes no se podía. Y yo tengo ganas de adentrarme en esta zona gris que cada vez oscurece demasiado.
Soy un obsesivo del poder etimológico de las palabras, de qué quieren significar y la carga que tienen cuando las utilizamos. Hablar de tabú psiquiátrico es hacerlo sobre tres toneladas de significados: psiche, iatreia y tabú. Las dos primeras las heredamos de los griegos, la última de los polinesios, aunque usted no lo crea.
Tenemos algunos responsables que no paran de mejorar esta historia: la Royal Society le encomendó al almirante británico James Cook que viajara al Pacífico Sur para estar presente el 3 de junio de 1769, fecha en la que calcularon que el planeta Venus pasaría por delante del Sol desde nuestra óptica y que esto permitiría calcular con muchísima precisión cuál era la distancia entre la Tierra y el Sol. Cook salió del Reino Unido, cruzó el Atlántico, pasó un mes en Río de Janeiro, hizo una pausa en Tierra del Fuego, cruzó al Pacífico y llegó a Tahití justo a tiempo para realizar la medición. Es una historia verídica y ocurrió en uno de los viajes más fascinantes de la historia de la humanidad. Pero como Cook, además, era un militar parte de la Royal Navy, el Almirantazgo aprovechó el viaje para que documentara todo lo que viera y, si podía, buscara alguna pista de ese supuesto continente austral. Nadie sabía, aún, de la existencia de la Antártida.
Para redondear, Cook no llegó a la Antártida, pero se encontró con Nueva Zelanda y Australia. El viaje fue un éxito de impacto global por la cantidad de descubrimientos que hicieron de Cook una leyenda viva. Luego vinieron dos viajes más y su muerte en Hawái, pero lo que importa para esto es que, entre tanto registro, Cook anotó en su diario palabras que consideró necesarias. Entre ellas, canguro, pareo y tabú. Los diarios de los viajes de Cook se publicaron y tradujeron en todos los países europeos y formaban parte de cada biblioteca de buen poder económico, ya que eran gigantes y caros. Es lógico suponer que un austríaco llamado Sigmund Freud tuviera bien leído el trabajo. Tal es así que una colección de cuatro ensayos escritos entre 1912 y 1913 salió de imprenta bajo el nombre Tótem y Tabú. Al tercer responsable que voy a sentar acá es a Luis López-Ballesteros y de Torres, un español que tradujo la obra de Freud al castellano.
Para los pueblos polinesios, el significado de la palabra tabú no iba precisamente de la mano de la moral. Algo estaba prohibido por creencias complejas, por jerarquías, por cuestiones sagradas, etcétera. A Freud le pareció interesante que las cosas prohibidas fueran tan coincidentes alrededor del mundo.
Como los tabúes estaban relacionados con un poder sobrenatural que impedía realizar determinados actos o hacerlos de determinada manera por miedo a un castigo “sobrenatural”, es lógico que la superestrella del psicoanálisis recurriera a tabú para hablar de las prohibiciones culturales y morales, entre las que destacaban la prohibición del incesto y del parricidio. O sea, son cosas que ya están mal en su definición, pero que tienen un peso aún peor por las circunstancias y sus ingredientes. El paso del tiempo llevó a que estas sociedades tan abiertas a las teorías de la psicología terminen utilizando la palabra tabú para cualquier prohibición o comportamiento mal visto por la sociedad y como lo que realmente es: algo que no debe siquiera mencionarse para evitar ser castigados de forma sobrenatural.
Decía que tenía tres cargas gigantescas repartidas en palabras. Psiquiatría viene de dos vocablos griegos: psiche es alma, iatreia es medicina o cura. No se me ocurre mayor peso que saber que la traducción literal de un paciente psiquiátrico es la de alguien que tiene el alma enferma.
La mente consciente no podría existir sin nuestro cerebro. Pero, seamos creyentes en el alma o ateos, cuesta mucho comprender que nuestra actividad mental no es fruto de una entidad más o menos inmaterial, sino producto de un enorme sistema de conexiones imposible de replicar. Los que no creen en algo sobrenatural no se diferencian demasiado cuando colocan en la esfera de la mente la fuerza de voluntad, la capacidad de elegir y, sobre todo, algo tan subjetivo como ser bueno o malo en una determinada época. Entonces, si pensamos que nuestra mente o nuestra alma son independientes del cerebro, tiene toda la lógica no aceptar una enfermedad mental como lo podría ser en cualquier otra parte de nuestro cuerpo. Porque si la mente es la versión moderna del alma y ambas son lo que nos define como seres humanos e individuales, ¿cómo va a fallar? ¿Me estás jodiendo? ¿Qué hice mal? Y ahí aparece un gran tapado de la salud mental: el enorme, inmensísimo sentimiento de culpa de quien es diagnosticado, la sensación de creer que algo hicimos mal.
Los que nos ven desde afuera no reaccionan mejor. La primera respuesta suele ser de rechazo al diagnóstico o negación, sobre todo en los seres queridos, o de rechazo personal por parte de quien no quiere lidiar con estas cosas. Obviamente, no falta también algo de culpabilidad, como si no alcanzara con la nuestra. Algo hiciste, ¿no? ¿Qué tomaste que terminaste así?
La ciencia médica dice otra cosa muy distinta. Nuestro cerebro es tan, pero tan inmenso, tan incomprensible aún, con tanto para investigar que es imposible que todos percibamos la realidad de la misma forma, que todos nos adaptemos a los cambios abruptos de la misma forma, que todos seamos iguales. Con cualquier otra parte del cuerpo es más fácil de comprender, aunque sea también un tanto abstracto. Pocas personas fuera de la medicina pueden explicar con precisión qué es una malformación congénita ni cómo se genera. Yo, al menos, no podría. Hubo épocas de la historia humana en las que los locos y los enfermos congénitos sufrieron la misma suerte eugenésica. Hubo períodos de la cultura clásica de nuestra sociedad occidental en los que una malformación de nacimiento terminaba con el niño abandonado y los locos eran marginados. Hoy nadie se atrevería a abandonar un niño distinto ni nadie se atrevería a considerar que es una carga para el Estado. Los locos siguen marginados.
Desde la segunda mitad del siglo XX, hemos visto caer uno a uno cualquier cantidad de tabúes, mientras que otros creemos que fueron derribados por ley, pero están ahí, para cagarse de risa de nosotros.
Cuando alguien dice que transitamos el fin del tabú psiquiátrico, no sé si reír o llorar, y no por culpa del trastorno límite de la personalidad. Primero te tiro un ejemplo sencillo y después seguimos. Tenés que tomar un empleado y contás con dos currículums ciegos, sin fotos, sin nombres, sólo antecedentes laborales y académicos. Uno de los dos, en otras consideraciones, agregó que se encuentra bajo tratamiento psiquiátrico. ¿A quién tomás? Seamos honestos, que acá nadie nos escucha mentir. ¿Por qué alguien contaría eso en un currículum? Y hay mil motivos, entre los cuales puede estar una consideración para que no le claven alguna reunión fuera de horario ese único día de la semana en el que tiene terapia, o para que no salte la ficha en un psicotécnico y lo descarten.
Es un tabú hecho y derecho porque si la persona no lo cuenta, nadie se entera. Acá, este que les habla: nunca reboté ninguno de los exámenes que me hicieron en los quinientos laburos a los que apliqué en mi vida. Quizá el más llamativo sea el que me hizo una reconocida empresa de medicina laboral al entrar a trabajar en Editorial Perfil. Pasé el examen sin problemas y estaba camino a un bruto diagnóstico que llegaría un mes después. Ser paciente psiquiátrico y estar bajo tratamiento no determina la capacidad o no para un trabajo. En todo caso, un paciente psiquiátrico tiene un garante, su médico, su terapeuta o ambos. ¿Quién garantiza que el resto de los que se presentaron no fantasee con prender fuego todo?
Poco después de la pandemia de Covid, una de las revistas más importantes de Argentina puso en tapa ese título, exactamente con estas palabras: el fin del tabú. La idea pochoclera era mostrar cuántos artistas hicieron públicas sus dolencias emocionales. El listado era largo y consistente con la época que atravesamos, de la que nadie salió indemne. Pero yo me calenté fiero. Porque en esa misma revista, más jefe, se cagó de risa de algún que otro redactor o redactora por estar bajo tratamiento, sin contar la facilidad con la que podían hacer llorar al pasante de turno.
¿Saben quiénes son los más grandes testigos del tabú psiquiátrico? Los psicólogos. No importa si son psicoanalistas o conductistas, pregúntenle a cualquiera que conozcan cuál es la reacción mayoritaria del paciente promedio cuando se le sugiere que, quizá, sea una buena idea realizar una interconsulta con un médico psiquiatra.
Hace trece años que vivo sumergido en el vasto océano de la salud mental, que hablo con psicólogos, psiquiatras, residentes, de consultorio, de emergencias, laborales, escolares, farmacéuticos de todos los colores y neurólogos. Es realmente impresionante la inversa proporción existente entre los que temen pisar un psiquiatra para no ser medicados y el aumento de la venta de ansiolíticos con recetas de dudosa procedencia.
Uno de los libros que publiqué aborda nada más que la salud mental desde el punto de vista de un paciente. La tapa es lo más sencillo que podría existir: una foto tomada con mi celular a la palma de mi mano con las pastillas del desayuno. Para algunos fue chocante y me alegro por eso, porque era mi intención llamar la atención y también para bajarle el precio: yo solo tengo que abrir la boca y bajar unas pastillas con un sorbo de alguna bebida. ¿Qué tiene que hacer un diabético? ¿Y un insuficiente renal?
Cuando publiqué el segundo episodio de esta tanda de podcasts, una persona a la que no conozco y nunca vi en mi fucking vida me escribió: “¿Realmente te crees bueno? Sos una persona muy oscura y llena de adicciones”. Yo, lleno de adicciones. Ni el tabaco me quedó. Esta persona debe haber leído alguna opinión que no le gustó sobre otro tema, vio la foto del libro y me trató de falopero. Me pregunto cuántas copas de vino le parecerán suficientes para divertirse con sus amistades o cuántas veces prefirió tomarse una aspirina en vez de ir a la guardia por ese dolor de cabeza. ¿Que son inocuas? Démosle una a alguien con un ACV y vemos.
De antemano, tengo la simple teoría de que toda persona inserta en la sociedad debe portar una cuota mínima de hipocresía para poder vivir en comunidad. Me refiero a zonceras como no cagarnos de risa del look del tipo que nos cruzamos en la esquina. Técnicamente, estamos callando algo que nos parece verdad. Y ni hablar de cuando alguien nos presenta a un novio, novia, hijo, hija, o cualquier ser amado y nos agrega: “¿no es un bombón?”. Si le respondés “mirá, no sé qué le viste” o “lo que hace el amor de padre”, puede que te comas una trompada.
Cuando estamos frente a uno que se define como una persona que habla sin filtros y siempre dice lo que le pasa por la cabeza, es probable que estemos delante de una persona a la que no le importa el dolor que puede causar en su interlocutor. Básicamente, un psicópata, pero muy a la moda. Y perdón que suene a caliente, pero…
La persona que me escribió esa barbaridad es un ejemplo más de los tantos mensajes negativos que recibo cada vez que toco el tema. A veces me gustaría conocerlos personalmente para leerles la catarata de mensajes positivos y testimonios de dolor de personas que buscan seguir adelante.
Los tabúes existieron mucho antes de que supiéramos de la palabra tabú. Primero las religiones, luego los Estados, las legislaciones son un compendio de prohibiciones cuyas infracciones tienen consecuencias. Hubo épocas en las que las legislaciones eran menos eficaces que la moral y el solo hecho de creer en un solo Dios fue motivo para el escarnio de los monoteístas dentro del Imperio Romano durante unos cuantos siglos. La práctica de cualquier cosa que pudiera explicar las fuerzas del universo fue considerada diabólica durante demasiado tiempo y todos caían en la misma bolsa: daba igual demostrar matemáticamente que la Tierra no es el centro ni del universo ni de su sistema, que realizar una autopsia para estudiar el cuerpo humano, practicar la astrología o realizar pociones curativas: todos podían terminar en la hoguera.
Sin dar nombres –reserva de fuentes– puedo contarles de cosas que a mí me costarían acreditar si no fuera que vivimos rodeados. Un psicólogo recibió de un paciente el rechazo a una interconsulta con un psiquiatra. El mismo paciente le comentó, varias sesiones después, que sentía que debía hacer constelaciones familiares porque a fulanito le había resultado y le había cambiado la vida.
Una psicóloga amiga, que creo que me tiene de caso de estudio para alguna tesis o algo así, me contó que tuvo una hora de charla con un paciente para admisión y, al final, el tipo le agradeció el tiempo y se retiró porque la mujer no hace terapia de regresión a vidas pasadas.
No sé si es falta de recursos o cansancio, pero no son pocos los terapeutas que caen en las redes de cosas poco científicas, tipo ecualización de la vibra emocional o la recomendación de técnicas de “biohacking” que no tienen suficientes estudios científicos encima por una simple relación de sentido común. “Antiguamente, los hombres se bañaban en aguas heladas”. Sí, man, también podían morir de septicemia por un raspón en la rodilla y, si llegaban con vida a los cuarenta años, pasaban a ser los patriarcas de la caverna. Me cuesta entender cómo es que gente que eligió un camino científico, que abrazó una carrera fundada en ciencias, termine dándole de comer a terapias falopa que flaco favor le hacen a romper tabúes. Porque, ¿qué hacés con tantas pastillas pudiendo hacer constelaciones familiares?
No me opongo a nada, nunca jamás, que no haga daño, tenga o no tenga sustento científico. De hecho, me referencio en el catolicismo, voy a misa un par de veces al año y puede que rece más de lo que recuerdo. Jamás, nunca, never in the puta life se me ocurriría, delante de un tipo que se agarra el pecho y cae al piso, ponerme a rezar en vez de llamar al 911. No sé cómo decirlo más claro. Mirá, me abro aún más: mi madre es astróloga. Posta, no ejerce, pero lo es. Y no astróloga recibida de redes sociales, sino astróloga de estudios de largos años, toneladas de libros y a la antigua, de cuando había que saber mucha álgebra y logaritmos. Evidentemente, tuvo una facilidad ya que es programadora y analista de sistemas, y los números la tiraron para los astros y su supuesta influencia en nuestras vidas.
Y yo le acepto todo, desde las flores de Bach hasta los pedidos de paciencia hasta que tal planeta pase a estar en sextil a no sé dónde. ¿Por qué lo hago? Porque es mi madre, porque me gusta pensar en otras cosas y porque no está contraindicado mientras no largue el tratamiento tradicional. Para pasar en limpio: si sentís que las constelaciones familiares te hacen bien y no largaste el tratamiento o no te negás a consultar a un profesional, dale para adelante. ¿Creés que las flores de Bach te van a ayudar a transitar mejor? No pasa nada, no está contraindicado con ninguna de las pastillas que pudiese llegar a tomar nadie. Si a vos te sirve y no hace daño, está bien. Es más, hasta es recomendable que abraces explicaciones o creencias que te den contención frente a lo que cuesta aceptar, porque el peso de las palabras nos ha impuesto durante milenios que un trastorno es tener el alma enferma. ¿Qué explicación lógica podríamos llegar a obtener?
Ahora, con este panorama de constelaciones familiares, wellness, biohacking y todo lo que gira, yo siento que estamos ante una versión snob de lo que antes despreciábamos por chantas. Yo creo que debería putear a mi bisabuelo por haber elegido venir a la Argentina, pero también podría perdonarlo porque fue la solución que se le ocurrió luego de sobrevivir al frente austríaco de la Primera Guerra Mundial y ver que sus hijos se estaban criando en un país que caminaba hacia una nueva calamidad bélica. Puedo pensar en las familias numerosas, los tíos muertos jóvenes, los que sufrieron injusticias y todo puedo hacerlo mientras a la mañana tome los dos miligramos de una, los cien de la segunda, los setenta y cinco de la tercera y los veinticinco de la cuarta, del mismo modo que mi sacerdote de cabecera hace lo mismo luego de los rezos matutinos.
Si tan solo fuéramos conscientes del daño que causamos cada vez que minimizamos una expresión emocional de otra persona. Durante mucho tiempo creí en la superioridad del porteño porque tenemos la mayor proporción de psicólogos por habitante del planeta. Y también por porteño, claro. Conozco de primera mano la realidad que se vive con los trastornos en otros países y en mi mismo país por fuera de las grandes urbes. Luego caí en cuenta de la gran hipocresía de una sociedad, la que me rodea, que puede vivir en terapia toda la vida y cree que con eso está superado todo, pero que pisar un psiquiatra es un estigma.
Culturalmente, el acto de volverse loco siempre funciona para las distintas formas de narrativa, actuaciones, poemas, canciones, novelas, la opción que elijas. El tema es que también ayudan a que grandes películas de terror o suspenso lo sean aún más. ¿Funcionaría “Atrapado sin salida” si en vez de estar ambientada en un hospital psiquiátrico lo estuviera en el garage de un shopping un domingo de lluvia? Ok, es un ejemplo muy duro. ¿Tendría «Psicosis» el mismo impacto si se llamase «Complejo de Edipo no resuelto»?
Después está la gente que hace todo bien. Martin Scorsese colapsó durante la filmación de La isla siniestra, ambientada en un psiquiátrico de principios del siglo XX que hace quedar al asilo Arkham de Batman a la altura de un spa. Scorsese colapsó de verdad y lo pueden chequear en el inmenso documental disponible en la plataforma de Apple: al finalizar la filmación, comenzó un tratamiento por depresión mayor. Se hizo carne del clima de la historia, del dolor, y se despertaron sus propios dolores, y terminó medicado. ¿Qué tiene de positivo? Que lo cuenta. Y a mí me hizo un favor, porque los negacionistas de la ciencia médica imaginan a la psiquiatría como instituciones que quedaron varadas en el siglo XIX.
Pero, eso sí, qué moderno amigarnos con el tío tatarabuelo que murió de viejo 72 años antes de que naciéramos.












