Perdonen el bajón

A veces pasa. A veces es lo que hay. A veces no da ni para el masking. ¿Qué es el masking? Cuando les hablo y hasta me río sin estar en ese mood realmente. No es una mentira: me pongo contento mientras me distraigo, busco cosas para distraerme y eso dice todo aunque no le prestemos atención: ¿distraerse de qué?

Y otras veces no hay forma de distraerse. Hoy es uno de esos días. Encima estamos en mayo.

Podría haber sido cualquier otro, ya que el orden de los factores es siempre el mismo. Y ahí tenemos todo un tema. Porque cuando uno entra en un período desnivelado, lo primero que intenta hacer un psiquiatra es determinar si hubo factores externos o si es un proceso endógeno. O sea: si nos pasó algo extraordinario, fuera de la rutina, que nos alteró la química cerebral. Un duelo o una situación de violencia son canillas de neurotransmisores que pueden desencadenar episodios no deseados en una cabeza que mantiene el equilibrio químico gracias a una química ingerida. Una cuestión endógena es que no existan motivos suficientes como para un desbalance y que este se produzca de todos modos. Es importante determinar cuál de las dos opciones es la que nos provoca el desequilibrio, porque puede que se deba abordar en terapia si se trató de algo externo o tan solo se deba ajustar la medicación si no pasó nada.

Es difícil determinar si se trata de algo externo o endógeno en este punto en el que me encuentro. No es la primera vez que me pasa, obvio, y por eso es que entro en un debate con mis otros yo para saber chi merda mi passa ntâ testa. Casi nada fuera de la rutina. ¿Puede que el «casi» sea el detonante?

Como desconozco tu rutina, parto de la mía: de lunes a lunes siempre tengo algo para hacer en materia laboral. Algunos días son de veinte horas, dos se llevan un puñado tipo part-time, pero no existe la desconexión total. Los horarios son variables y, como le pasa a cualquiera que tenga diversas fuentes laborales, todos consideran que tenés dedicación exclusiva y no hacés nada el resto de la semana. Quienes dicen que los problemas mentales son un producto de estar aburridos no tienen idea de lo que hablan.

Encima, estamos en mayo. ¿Qué tiene que ver el mes? Mis peores crisis ocurrieron en dos mayos seguidos. No quiero creer en lo cíclico del asunto, pero acá estamos a la espera de qué tanto más bajaré.

En mayo de 2024, apliqué casi todas las técnicas de escapismo conocidas, con excepción de las tóxicas. Llevaba casi cinco meses sin novedades laborales en mi mayor ingreso; los malabares se estaban por acabar y no había novedades en el horizonte. Me negaba a dar un paso al costado y buscar otra cosa, pero no hubo caso. Así fue que un jueves 9 de mayo de 2024, me senté a rearmar mi currículum para otro tipo de empresas. Necesitaba buscar algo, aunque ese algo estuviera por fuera del periodismo. El viernes 10 se comunicaron de ese trabajo que me tenía en veremos desde diciembre y me dijeron que estaba todo ok. El martes 14 era un nene sentado como testigo de conversaciones entre mi psiquiatra y mi familia para ver qué hacían conmigo. Cuando ya estaba todo medianamente cocinado, mi psiquiatra tuvo una última charla conmigo en la que me preguntó si realmente creía que podía quedarme en casa, mantener un control cotidiano por su parte y evitar una internación. Nunca había estado tan cerca.

La primera misión del psiquiatra, como cualquier médico, es la de sacarte de la situación de emergencia, de salvarte la vida a como dé lugar. Después, el resto se verá cómo se trabaja. Así fue. Al cabo de un par de semanas, cuando me sentí un poco más liviano, le escribí a mi editora para decirle que no podía mandar mi libro a imprenta si no le agregaba un último capítulo. Un libro sobre salud mental escrito en primera persona que no contara la caída al abismo en la que me encontraba, habría resultado deshonesto.

Para 2025 no existía ninguna de las variables laborales que me habían sacudido en 2024. Y, sin embargo, un día estaba sentado frente a un plato de comida, se me cruzó un pensamiento espantoso por la cabeza, noté que no era una cuestión solamente nocturna y pedí ayuda. Bueno, pedir ayuda es una forma de decir: conté qué me pasaba por la cabeza. Otra vez la situación de niñez total, con llamadas que iban y venían. Aquella vez, la decisión de no ser internado la tomé por miedo. No, no le tengo miedo a una internación; mi miedo era otro: de qué viviría si mi sustento me obliga a levantar la persiana todos los días.

Pero el último toque apareció cuando mi psiquiatra me informó que en una internación no es ella la que me controla, porque el centro médico al que fuera tiene sus propios profesionales. Yo no quería que otro electricista tocara mis cables. Y si la vez anterior había sentido que nunca había estado tan cerca de la internación, ese mayo de 2025 dejó la anterior a una distancia kilométrica.

Ya estaban redactando la orden mientras intentaba decidir. Y causa gracia apropiarme de esa decisión cuando es un consorcio de personas las que se ponen de acuerdo para jugársela o no. Ante una crisis psiquiátrica extrema, los que eligen qué hacer con el paciente o ser querido dan un salto de fe.

Esta vez podría depositar el motivo de mis temores en la fecha, que encima estamos en mayo, pero pasan tantas cosas alrededor que no sé si da para echarle la culpa al mes.

Respecto a los factores externos, si influyen o no, es difícil de poner en contexto. No es ninguna novedad que la calle está en un estado de virulencia tal que uno no sabe si siempre estuvo así y no lo habíamos notado o, directamente, la normalidad es el insulto y la violencia.

Si hay un estigma que se deposita como una mancha de brea en una camisa blanca, es el del paciente psiquiátrico en medio de una discusión. No podemos discutir sin que se nos coloque la etiqueta, como si no tuviéramos razón. Tomo pastillas, man, no me falta un lóbulo cerebral. El tema es que funciona como adoctrinamiento, como medida disciplinaria disuasoria. Es como cuando Foucault sostuvo que el sistema psiquiátrico está hecho para disciplinar a la sociedad, pero de una forma bastante más berreta. Acá no es el psiquiatra, es un compañero de trabajo. No es el manicomio, es la calle. No son las pastillas, son los boludos que nos cruzamos.

Soy una garantía de hacer buena letra, al menos si hablamos de discusiones. Como cualquiera de ustedes, si quisiera hacer una recopilación de mensajes provocadores o redactados con la peor de las ondas, podría ocupar más espacio que toda la Wikipedia. Sin embargo, mi respuesta trata de ser lo más neutra posible. En una época no era así; estaba tan marcado por el estigma que contestaba en modo zen al nivel de la sumisión. Saber decir que no es un concepto que se nos escapa porque pareciera que no lo tenemos permitido. Luego, entramos en la etapa de la neutralidad. Te pueden pedir cosas que tanto vos como el que las pide saben que no te corresponden, y uno agacha la cabeza. He dicho más de una vez que en la dicotomía entre ser feliz y tener razón, casi todos eligen la segunda, y yo me quedo con la primera. Y también he dicho que a veces es imposible elegir.

El asunto es que hace ya tiempo que he entrado en el terreno de callar cosas en extremo. Siempre fui de guardar cosas en situaciones en las que nadie debería quejarse si lo mando a visitar a su mamá.

Cuando se ha trabajado en tantos lugares, en tantos roles distintos y con tanta gente, se puede decir que se tiene el cuero duro y la habilidad suficiente para detectar a quien hace algo que no corresponde. ¿Qué se hace cuando ese alguien es una persona que te conoce y a la que conocés? No me refiero a nivel amistad, aunque podría serlo tranquilamente.

Hace ya varios meses comencé con la sospecha respecto de tres personas. Un comportamiento extraño en redes sociales en las que defienden a gente que nadie defiende, en contextos totalmente fuera de cualquier parámetro. Repasé uno o dos días y ya supe que cobran por hacer eso. No sería nada del otro mundo si estuviera blanqueado, pero al no estarlo, es algo que no corresponde, que no da. Ellos lo saben.

Uno sigue con su vida (repitamos: porque entre ser feliz y tener razón…) hasta que un día se meten con tus cosas, con tu fuente de trabajo y, de pronto, les importa un pepino que tengas bocas para alimentar, que tu desempeño esté a la altura de lo esperado o que puedas quedar expulsado del sistema. Básicamente, les importás un pepino vos y tu vida.

Entiendo que ser periodista no esté de moda y que seamos el blanco fácil. Lo que nunca me va a entrar en la cabeza es que gente que me conoce haga las cosas que hace y diga las cosas que dice para demostrar que tienen la empatía de un verdugo y la vergüenza de un exhibicionista. De eso tuve mucho estas semanas. ¿Lo pongo en la columna de factores externos o no? Porque siempre es así, solo que ahora se me agotó la paciencia.

Hay etapas que también aprendí a reconocer como tales. No son las mismas para todos y cada una tiene su proceso, pero yo entro en una carencia total de ganas de hacer cualquier cosa que me genere algo de satisfacción porque, aunque las haga, no generarán satisfacción. Se llama anhedonia, como el tema de Charly. Luego de esta etapa, paso a la tristeza junto con la total falta de ganas de hacer cualquier cosa que me dé algo de satisfacción y, tras un par de meses, entro en el sector del enojo. Un enojo que no reemplaza nada de lo anterior, así que, además de triste, estoy enojado y sin ganas de hacer cualquier cosa que me genere algo de satisetcétera. No hay ninguna variable externa y todas lo son a la vez. Ningún ser humano puede llevar adelante el estilo de vida actual y no terminar con el humor en subsuelo. No sería normal, si es que existe algo que se acerque a ese concepto.

Y atrás del enojo, el paso siguiente en mi hoja de ruta es el pozo. Hoy lo veo ahí, lo tengo a mis pies. Estoy totalmente enojado, frustrado, triste y sin ganas de nada. De hecho, este episodio se lleva a cabo solo porque lo único que tenía para hacer era volcar lo que tengo en la cabeza en este momento.

Me entristecen o me enojan, o ambas cosas, las actitudes de las personas. A veces me siento un marciano y no en el sentido que podríamos esperar de un tipo con Sol, Luna y Mercurio en Acuario. Ni siquiera puedo apelar a Sting cuando canta que es un alien por ser un inglés en Nueva York. No me siento un extraterrestre que quiere encajar porque no desearía convertirme en una persona que encaje en una sociedad así. Y como sobrepensar es lo único que, últimamente, me sale bien, soy una bola sin manija.

Pensé bastante en si correspondía o no escribir esto. No es que tenga nada para ocultar, pero me siento incómodo ante la posibilidad de que comiencen a llegar mensajes de aliento que mi cabeza, entre enojada y frustrada, pueda llegar a asimilar como condescendencia donde solo hay buena voluntad. Lo último que se necesita en un período así es ser tratado como víctima o como nene.

Y también tuve que pensarlo mucho porque, si da la casualidad de que vos también estás bajón, puede ser que esto sea una patada en el tobillo. Pero después pensé en los mensajes de las personas que leen o escuchan para tratar de ayudar a sus seres queridos. Esas personas, para mí, son parte de la Liga de la Justicia o algo así. En un mundo en el que manifestarse como un hijo de puta paga las cuentas, encontrar esa clase de actitudes mantiene viva la llama de la esperanza.

No estoy bien. Y, perdón que lleve la contra a tanta frase prefabricada, pero no está bien no estar bien. Hay que atender el asunto porque no está bien, y en eso me encuentro mientras hago malabares con mis quinientas obligaciones del plan “querías ser tu propio jefe y sos tu propio esclavo”.

Hay un universo de gente que vale la pena y, con no desear la desgracia ajena, ya avanzamos un montón en la pirámide de actitudes humanas. Qué cosa que nunca voy a entender. Recuerdo que había una frase para definir la envidia generalizada que decía que no deseamos lo que tiene nuestro vecino, sino que deseamos que no lo tenga. En este caso, no considero, siquiera, la envidia. Hay personas que les parece divertida la desgracia ajena. Hay personas a las que la vida no les cambia absolutamente en nada lo que haga o deje de hacer otra persona, pero no sé por qué tipo de motivación, prefieren que esa persona se vea perjudicada. No me gusta hacer diagnósticos ya que no soy profesional, pero no sé por qué tengo la sensación de que arrastran un profundo trauma de socialización que nunca pudieron resolver y, ya adultos, sienten que hacen justicia, como si fueran un Batman de la pelotudez humana.

Ahora hago el esfuerzo de pensar en personas que hacen de este un mundo mejor sin que lo sepan. No hace falta una gran fundación altruista para ser considerado, alcanza y sobra con actitudes que son hechas para que otro se sienta bien un rato.

El tipo que no te cierra la persiana del local en la cara porque llegaste sobre la hora, los que no hablan conmigo hace tres siglos pero se contactan para saber qué pueden hacer para ayudar en ese temita laboral, la gente del café de Agüero y Corrientes que al llegar a la caja ya tienen listo lo que sabían que iba a pedir y siempre tienen una sonrisa y una palabra linda para llegar con aire a la noche, mis compañeros del canal que hacen que todo el tiempo me sienta en la escuela secundaria de nuevo, un listado de gente que adoro aunque yo no esté, y Lucho, el perro que convive conmigo. Con él no tengo que disimular, no se va a traumar y tampoco sabe ni le importa en qué fecha estamos. Y eso que ya es mayo.

Si no sos del palo de los medicados o de los que están bajo tratamiento, ahora sabés a qué nos referimos con el esfuerzo. Es como si habláramos de una lucha contra nuestros propios fantasmas, exigirle a nuestra cabeza un listado de cosas positivas que contradiga toda la mierda que vemos alrededor nuestro. La mayoría de las veces, con encontrar solo una cosa positiva alcanza. No, no compensa todo lo demás, pero alcanza.

De algo tengo que agarrarme porque estamos en mayo y no sé si quiero averiguar si realmente tengo episodios cíclicos de depresión profunda tan marcados que se pueden predecir con ver un calendario. Ya entré en la tristeza, el enojo y la anhedonia, que es la pérdida total de placer, eso que lleva a que nada me satisfacción porque me es imposible disfrutar. No puedo darme el lujo de una internación aunque tuviera ganas de hacerlo. Más de una vez he fantaseado con qué tan bien me vendría un reseteo, pero no tengo quien me cubra y, desde que soy padre, tampoco quiero generar un trauma extra.

Si a eso le sumo que, tras pimponear por diferentes profesionales, no quiero que mi psiquiatra pierda autoridad sobre mi tratamiento, se me van todas las ganas. Al no hacerlo, quemo salud, quemo vida, pero el kiosco levanta la persiana cada día y nunca faltará ese beso de buenas noches. Así y todo, soy afortunado: todavía tengo algo de control para que sea una opción. Hay muchos que no pueden elegir y rezo para que esos casos lleguen a tiempo.

Entre paréntesis, creo que es todo un tema para varios episodios las relaciones de padres con hijos y la psiquiatría en el medio: hijos que se crían con padres depresivos o bipolares, o padres depresivos que crían hijos. No es lo mismo; son testimonios distintos que pueden ayudar a cicatrizar algunas cosas. Sí, también hay mucho para decir sobre padres que tienen que manejar los trastornos de sus hijos.

Bueno, para redondear, no quería bajonear a nadie. Vengo con un ritmo loco que camino por las paredes y me habría resultado totalmente deshonesto caretearla justo acá, justo en este espacio. ¿De qué sirve hablar de salud mental si no se es realista? ¿Qué podría haber hecho en lugar de esto, no publicar nada? ¿Hablar de técnicas de respiración, baños helados, yoga, vinagre en ayunas, una sonrisa falsa, un discurso de empoderamiento?

Se supone que mayo es el mes mundial de la concientización sobre la salud mental. En eso estamos.

Gracias por prestar atención.

Perdón por el bajón.

Ta pronto.

Nico Lucca

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