Me da vergüenza…

Me da vergüenza - Intervención de imagen de Hugh Laurie en Dr. House en gesto de facepalm.

Sí, reconozco que hay un punto molesto en materia de salud mental con eso de remarcar “lo importante de repartir información”. El tema es que, más que ser aceptados o buscar ayuda, hay situaciones que generan vergüenza. Hablo de la verdadera vergüenza, un momento embarazoso, de esos en los que queremos que la tierra nos trague.

No quiero confundir. No hablo de esas torpezas que todos cometemos, sanos o no, y que pueden terminar en un reel de bloopers. No es ese tipo de vergüenza jocosa, sino una real, la vergüenza de cosas que no queremos mostrar pero que son inevitables que surjan en algún momento. Por ejemplo: la vergüenza que sentimos, que siento cuando quiero restablecer una conversación luego de semanas o meses de no contestar un mensaje. No podíamos, no podía, no teníamos fuerzas para nada, ni siquiera para entablar una conversación. Volver de eso da vergüenza. Y mucho más de lo que pueden llegar a creer.

Hay situaciones que comienzan como un acto horroroso para quien lo vive, pero que terminan por convertirse en una gran anécdota tiempo después.

Alguna madrugada perdida en el mes de julio de 2014, me encuentro frente a la computadora con un texto que avanza, pero un cuadro de acidez me impide concentrarme. Voy a buscar el frasco de sales digestivas sabor naranja y, como estoy apurado y la ansiedad me pasa por encima, en lugar de introducir la cuchara, intento volcar el polvo sobre la cuchara sin prestar demasiada atención. Mezclo mientras no quito la vista de la pantalla y bajo el vaso de un solo trago. Inmediatamente y de forma totalmente automatizada, mi mano derecha toma el frasco de sales para volver a colocarle la tapa, momento en el que noto que pesa muy poquito. Despego los ojos de la computadora, miro el frasco y está vacío. No sé cuánto polvo había, pero mi cabeza comienza a acelerarse en una autopista de hipocondría y trato de leer la letra pequeña del frasco. No puede ser: “en caso de intoxicación, comunicarse con el servicio de toxicología del hospital…” Y ahí estaba yo, a las 3 o 4 de la mañana, intentando que la chica que me atendió no se muriera de risa o me colgara por creer que se trata de una broma. De hecho, fue lo primero que pensó. Luego de decirme que es poco probable que muera por un exceso de sales digestivas y de asegurar que no estaba contraindicado con la ingestión de mis pastillas, un poco me relajé. Algunos podrán decir que batí un nuevo récord en encontrar excusas para patear mis responsabilidades. Otros pueden creer que esto es joda, pero ya lo he contado un par de veces. La última vez me reí mientras lo contaba y noté que sí, que la vergüenza más el tiempo puede convertirse en humor.

En los sondeos que se hacen entre trastornados, cuando se pregunta sobre cosas que nos dan vergüenza, casi siempre surgen cosas que cumplen con un patrón: la mirada del otro. Vergüenza por el desorden de la casa, vergüenza por la falta de demora en hábitos cotidianos. Hay otro patrón común que rodea al asunto y es la falta total de energías para lidiar con lo que es habitual en un día normal: preparar el desayuno, ducharse, ir a trabajar, realizar las compras, preparar la cena, ordenar la habitación, limpiar la casa. Algo de todo eso se postergará y es obvio que no será el trabajo porque de algo hay que vivir.

Los hábitos saludables también entran en una rara nebulosa de extremos: están los que no se levantan de la cama y los que no salen del gimnasio. Todo se mueve en comportamientos que comienzan con hiper o hipo. Hiperactividad o hipoactividad, solo por poner un ejemplo. Y nada tiene que ver con las energías físicas, sino con el otro tanque de combustible que no se llena con carbohidratos ni proteínas: la energía mental. Una persona puede matarse en el gimnasio todos los días y estar igual de deprimida que una que no se quita el pijama hace tres primaveras. Es un imposible esperar que esa persona tenga ganas de mantener una conversación porque puede hacer cincuenta dominadas de corrido.

Hay vergüenzas que son compartidas con otros trastornos o entre todos. Una persona con depresión puede perder el apetito o aumentar la ingesta como si todos los días fueran Nochebuena. Y no, no lo hace como mecanismo de recompensa, sino como motivo de autoflagelación. Es algo que nunca entendí de los comunicadores en salud, muchos de los cuales son médicos, cuando vinculan el exceso de comida solo con una generación de dopamina para sentir placer, como si solo existiera gula por adicción y no por autoflagelación, por castigo o por mera ansiedad.

Entonces nos encontramos con un pequeño problema para el que quiere deducir si alguien está deprimido o no. ¿Puede pasarse el día en la cama o tiene tanta actividad que no sabemos cuándo duerme? Pueden darse ambos casos. ¿Pierde peso por no comer o se morfa una vaca de un bocado? Cualquiera de las dos opciones es correcta. ¿No quiere ver a nadie o se la pasa de actividad social en actividad social? Y… ¿qué decir? Es más común lo primero, pero lo segundo también se da, como también es más común suponer que un depresivo tiene que estar todo el día con cara de Hush Puppy, cuando muchísimos comediantes han sido grandes depresivos.

Entonces, si nos movemos por extremos, ¿qué nos une? Algo que no es físico, un síntoma que va más allá de lo perceptible en el comportamiento cotidiano: un agarrotamiento en el proceso de los sentimientos. Cada uno le pone el sinónimo o eufemismo que prefiera; yo le llamo óxido porque, para mí, si tuviera una forma gráfica, se vería como un engranaje oxidado. Puede estar totalmente atrofiado o funcionar con molestias, y en cualquiera de los casos tiene arreglo, pero nunca así nomás y jamás de los jamases por la fuerza.

Nunca se explican estas cosas porque da vergüenza. Me da vergüenza. El tema es más o menos así: una sensación de que nada provoca satisfacción ni entristece del todo. No hay tristeza, no hay alegría. Puede aparecer un miedo profundo o un ataque de euforia optimista, pero son episodios breves, espasmódicos, como manotazos que tira nuestra mente. En la normalidad, estamos oxidados, con el agregado de que no hay forma de protegernos de óxidos futuros. Cuando hablo de falta de sensibilidad, lo digo con toda la magnitud que podamos dimensionar.

En la búsqueda de ejemplos, noté que no puedo decir cuándo fue la última vez que me senté a escuchar un disco desde el principio hasta el final, uno de mis rituales favoritos. Le puedo sumar que no puedo anotar en el almanaque cuándo fue la última vez que me compré un disco. Siquiera puedo poner un mes aproximado o, al menos, si estaba en remera o con campera. Nada, todo lo que tiene que ver con algo que me da placer no genera nada. ¿Escucho música? Sí, claro. Pero, por ahora, no está el ritual. Y para mí, escuchar música de manera analógica es un ritual en sí mismo que conecta todos los sentidos enfocados en un único fin. Visto así, suena a terapéutico. Lo es. Podría explicar cada una de mis manías analógicas, que todas tienen una razón de ser, pero por hoy me limito a decir que me gustan. Las explicaciones casi siempre parecen solapar una vergüenza.

Recuerdo cuando leía mitología griega el hincapié que se hacía en la tortura impuesta por los dioses a Tántalo, a quien se condenó a estar siempre con el agua hasta el cuello y con las ramas de un manzano sobre su cabeza. Bastaba con que quisiera tomar una fruta del árbol o beber algo de agua para que estas desaparecieran o se alejaran. Más de una vez escuché que era el peor de los castigos, o el más cruel. Supongo que Sísifo tendrá algo para decir al respecto mientras empuja la roca todos los días, pero a mí, como mortal alejado del asunto, se me dibujaba un castigo aún peor: comer sin nunca poder quedar satisfecho ni mucho menos poder sentir el gusto de las cosas. Creo que esa es la mejor definición del asunto este: que nada tenga sabor, que nada nos dé una proyección de satisfacción como para que valga la pena intentarlo. Total ¿para qué?

Creo que contar este punto puede ayudar a entender un poco el aislamiento típico de los trastornados: no es la falta de ganas de sentir placer, es la certeza de que nos esforzaremos por algo que ya sabemos de antemano que no nos generará otra cosa que incomodidad o ganas de estar en otro lado.

Ese óxido impide que otros engranajes funcionen como todos desearíamos. Porque no solo es que no reaccionamos como otros esperan, sino que somos conscientes de que podríamos dar más. No, en el momento no: más tarde, cuando estemos recontrapensando acerca de todo lo que para otros fue, tan solo, un saludo o una conversación trivial.

Sabemos cuando alguien hace algo bueno en un intento para que estemos mejor. Yo, al menos, lo sé y soy muy agradecido porque, cuando estoy en esos lugares, me siento mejor. Lamentablemente, la insensibilidad no me deja ser más expresivo o más efusivo, o hacer más énfasis en que mi reacción refleje mejor lo que siento por dentro. Puedo culpar al trastorno o a mi luna en Acuario, no sé. También puede ser que tenga Sol, Luna y Mercurio en Acuario, junto a un Urano en Sagitario. Sí, busqué por todos lados, pero no he encontrado una solución a esto que, más de una vez, me ha avergonzado porque, básicamente, no soy un marciano: sé cómo reaccionan los demás ante cosas que les generan placer o satisfacción, como un bonito regalo o un gran gesto. No me sale. Por dentro, puedo estar bailando y mi cara será la misma que en un embotellamiento.

Y precisamente con una definición gráfica de “óxido” es que puedo justificar aún más que no todo se soluciona al forzarlo. No tiene sentido obligar a alguien a que salga, a que piense en positivo, a que se esfuerce. Ya se esfuerza. Y no se dan una idea de lo que se esfuerza esa persona. No es una elección ni falta de esfuerzo. Las cosas que antes generaban satisfacción o placer de pronto resultan sosas y no hay condimento para eso. Podría decir que resultan indiferentes, que da lo mismo, pero si diera lo mismo y a otro le hace bien, se hacen igual. El tema es que cualquier plan es un mejor plan que hacer un plan. De ahí el desorden total que se siente al vernos forzados.

En mi caso, antes de que el trastorno de ansiedad quedara chiquito como parte de algo más grande que no había sido detectado, cumplí con todo el manual del buen vivir para la resocialización y acepté una oferta imbatible: un encuentro abierto en un bar a una cuadra de mi trabajo. Todo el día pensé en las mil y una maneras de no ir, pero me esforcé porque no sabía que no había que esforzarse. El bar resultó ser subterráneo. Comencé mal. No sufro de claustrofobia, pero la idea de estar encerrado con gente en estado de sociabilidad comenzó a levantarme la temperatura. Y entre todas las cosas que avergüenzan, descubrí una que no había tenido en cuenta: la bebida en un evento social. “Hola, sí, te pido una gaseosa sin azúcar, por favor… es que soy conductor designado y no puedo tomar, un embole, je”. Como si al bartender le importara que yo sea un hombre funcional que puede beber alcohol y no un trastornado que toma pastillas incompatibles, como si me mirara con cara de “esto no es una matiné, chiquitín; si querés gaseosa, viene con el gin”.

Menos de quince minutos después de estar en ese lugar, comencé a sentir que el corazón iba al ritmo de tobillo, que estaba a punto de romper la barrera del sonido de la velocidad a la que se movía. El calor que comienza a subir mientras las extremidades se congelan, como si toda la sangre fuera a parar al pecho para subir como un chorro a la cabeza y a tal velocidad que te hace saltar de la silla mientras buscás una bocanada de aire, como si recién salieras de bucear sin oxígeno. Me miran, me muero; se darán cuenta de que me muero, notarán que estoy totalmente loco, qué espanto, tengo que salir de acá, morirme en la calle; con suerte, llego muerto a la entrada del edificio en el que vivo.

Me encantaría decir que fue la última vez que me obligué a ponerme en una situación similar, pero les mentiría. Con el tiempo, y el paso de los psiquiatras, la ayuda química extra hizo posible que uno pudiera participar de algún que otro evento. Incluso tuve una época de salidas semanales, en un período de estabilidad, pero era con un grupo de pertenencia en el que escasamente variaban las caras. Ahora, la vergüenza de ir a la barra a pedir algo de beber sin alcohol nunca se fue. Como la vergüenza de mostrarnos en público después de estar guardados y vernos más gordos, o más flacos, o demacrados, o con barba, o sin barba, o con otro corte de pelo, o con algo que no podemos cambiar o que cambiamos porque era lo único que podíamos cambiar. Todo nos puede dar vergüenza porque estar así nos da vergüenza. Y como no podemos evitar la situación, más de una vez termina en enojo. ¿En contra de quién? Enojo por todo, que es lo mismo que la nada. Enojo con la situación, enojo con las actitudes, enojo por estar así, enojo por todas las demás cosas que nos avergüenzan de nuestras vidas y que, en un bucle de patetismo autoimpuesto, resurgen a la vez para que el enojo ya no tenga origen ni destino.

Entre las cosas que me avergüenzan está este sentimiento de enojo. Cada tanto aparece; es el que le sigue al sentimiento de cansancio. Todo lo que nos rodea y cansa termina por enojarnos y, en mi caso, me vuelvo un ser insoportable. Todo me molesta porque nada funciona como quiero. ¿Que cómo quiero que funcione? No sé, pero ante situaciones de extremo cansancio por acumulación de cosas, el mínimo error involuntario, un enchufe que no funciona, una zapatilla que no aparece puede desencadenar un enojo con la vida en general. Y tan solo era algo que se arreglaba con un nuevo enchufe o con cambiar la lamparita.

Un pedido laboral totalmente a destiempo, toda la secuencia de contratiempos generados por todos los que no hacen lo que tienen que hacer, el tipo que te tira el auto cuando estás por cruzar, los clientes que creen que tu obligación es permitir que te maltraten, los comerciantes que creen que les hacen un favor a sus clientes, una baldosa floja en un día de lluvia, todo puede mezclarse y generar un peso extra en la mochila imaginaria que cargamos. Así, de pronto, en un mal día, nuestra cabeza puede sacar del archivo un recuerdo que, aparentemente, es el responsable de que hoy estemos así. No haber aceptado determinado trabajo hace dos décadas es la razón por la que no llego a fin de mes; está clarísimo que es por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa, con tres golpes en el pecho y todo, pero sin obtener el perdón divino.

En la experiencia de haber estado muchas veces expuesto a terminar en un brote ansioso delante de todo el mundo, aprendí que el costo no es ese, precisamente, sino el desastre que sobreviene, porque al cansancio físico de un ataque de pánico le sigue en fila el análisis de las circunstancias y el sentir de una disfunción social atroz. Un mandato que no se puede cumplir, una ley no escrita de convivencia que no podemos respetar. Es entonces cuando esas mismas actividades que, en teoría, nos deberían hacer bien, pueden, a veces, hacernos peor o agravar el cuadro en un loop incesante de pensamientos sobre lo mal que estamos, que ya no podemos gozar de cosas que antes nos hacían bien. No debe haber una situación tan clara que pueda explicar la sensación de sentirse roto. Ya saben, en toda su dimensión: algo que no funciona como debería, algo que no sirve como los demás, roto.

Por eso, si vos me prestás atención en este momento y no sentiste estas cosas, quiero que sepas que esa persona que tenés cerca y sí pasa por esto hace lo mejor que puede, que lo intenta, que da lo mejor de sí en un contexto que no le ayuda, donde todo lo que genera estrés a cualquier persona, a ella le pega en el piso porque es donde están sus energías, y que la poca capacidad de reacción que le queda la utiliza para ser funcional en lo único que no puede darse el lujo de fallar porque de algo tiene que vivir.

Necesito que sepas que esa persona tiene que mantener la esperanza de que esa sensación que le nubla la cabeza en algún momento pasará y podrá ver las cosas de otro modo sin sentir que puede perder todo lo que tenía, además de su salud. Que lo intenta y eso ya es mucho como para pedirle que intente comportarse como una persona normal.

Normal es aburrido.

Ah, pero qué frase de mierda para cerrar. ¿No se te ocurre nada mejor, Nicolás?

Ya está.

Nico Lucca

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