Siete de la mañana. Tomo el celular por primera vez en horas, veo que hay una catarata de mensajes sin contestar y no sé por dónde comenzar. Por la hora, uno filtra prioridades y piensa si despertará al otro o ya está despierto, contesta lo medianamente urgente; para lo urgente ya es tarde, y deja para más avanzado el día el resto. Mala idea: para el mediodía estarán todas las conversaciones abiertas surgidas desde las siete de la mañana, más esos mensajes que quisimos dejar para más adelante. Lo sé, porque recién son las siete de la mañana y casi siempre ocurre lo mismo. Mientras tanto, vos puede que comiences tu día, mientras yo estoy camino a la cama luego de una larga noche de trabajo.
Una vez me puse a sacar cuentas de cuántas conversaciones manteníamos durante un día normal en distintas épocas de la vida antes de la irrupción tecnológica en la comunicación. Puede engañarnos el recuerdo de épocas en lugares tumultuosos, pero tratemos de ser honestos: ¿hablábamos todos los días con todos los compañeros del colegio? No. Podíamos llegar a tener dos o tres conversaciones directas de uno a uno, algunas grupales de un par de minutos o lo que dure el recreo entre que conseguimos comprar en el kiosquito y que encontramos una cara conocida en la marea de salvajes que algunos llaman alumnos. Sumemos algún otro grupo de pertenencia como un equipo de algún deporte. ¿Hay conversaciones mano a mano o son todas grupales? Tenemos diez u once años, estamos por comenzar a entrenar ¿nos ponemos al día? ¿Qué nos pudo haber pasado en la vida desde la última vez que hablamos al vernos hace menos de un día?
A esa edad, una conversación individual con alguno de los padres se daba por escasas razones: nos mandamos flor de cagada, estamos solos en camino a hacer las compras o algún trámite y sacan algún tema. Incluso si sumo clases particulares, no cuentan las conversaciones porque son instrucciones o devoluciones. Una conversación, vamos, un intercambio mano a mano en el que uno quiere conversar con el otro sobre cosas que excedan el comentario sobre el clima. Si somos honestos, con toda la furia, dudo que superemos un puñado de conversaciones individuales y reales por día.
Quienes llegamos a la vida adulta aún sin computadoras en los bolsillos, podemos hacer una cuenta que dará un número apenas mayor, quizá un poco más aumentado si es que trabajábamos mientras cursábamos nuestros estudios. La cosa cambiaba si uno se iba a vivir solo o acompañado, en la misma ciudad o a otra. Ahí las conversaciones cotidianas se volcaban al teléfono y, probablemente, eran de las pocas conversaciones del día que no eran meramente laborales o académicas. ¿El resto? Arreglar con alguna amistad algún plan. Ya si conseguíamos noviazgo, era otro tema. El reclamo podía ser de presencia física, pero nadie se enojaba por no contestar un mensaje porque nadie mandaba mensajes.
Bueno, sí, existía un objeto endemoniado llamado contestador automático. Funcionara a casette de cinta o así se tratase del servicio provisto por la compañía de teléfonos, el sistema era un enorme filtro: de tres mensajes, dos eran sonidos de teléfonos que colgaban. Dejar un mensaje implicaba algo conciso, un pedido exacto, concreto. Todos éramos potenciales mentes maestras de la publicidad para captar en pocos segundos la atención de la persona a la que llamábamos para que nos devolviera la llamada.
Un saludo no cuenta como conversación real porque funciona de manera mecánica y vale también para la vida adulta, solo que no podemos dimensionarlo en la virtualidad. Ahí, si alguien saluda y uno no contesta, no es que siguió de largo: es que no quiere contestar, nos faltó el respeto o se murió. Si sumamos los saludos que damos a diario con solo salir a la calle o ir a alguna oficina, aula o lo que fuera, seríamos seres hipersocializados por contar como conversación válida un “hasta la estación Lanús” que le dijimos al chofer de la línea 37.
Puede ser que en mi adolescencia, etapa de socialización por excelencia, haya mantenido más conversaciones que nunca. Al menos en extensión. Recuerdo llamadas telefónicas que duraban una hora después de las diez de la noche, porque costaba menos. Así y todo, cuando a fin de mes llegaba la factura de la compañía telefónica, si las lágrimas de mi viejo no dejaban ilegible el resumen, podíamos ver un listado mediano o largo de llamados pero siempre a los mismos tres, cinco o seis números, según cuántos habitantes tuviera el hogar.
Mi primer celular lo tuve a los 18 años y de rebote. Mi madre no lo quería, mi viejo tenía uno del trabajo. Así es que me quedé con un Ericsson con una antena horrible y un protector color carey, sin bloqueo de teclas y llamadas que podían dispararse por atarme los cordones. Prácticamente no lo usé. Luego comencé el espiral que todos los de mi generación y los que me preceden vivimos: una suelta de teléfonos que competían por tamaño, pocas veces por prestaciones, algunas ridiculeces, colecciones de ringtones monofónicos, colecciones de ringtones polifónicos, con tapita, sin tapita, ¿para qué querés un mensaje de texto? ¿Cómo no tenés gé eseeme?
Ahora viene con colores, tiene infrarrojo, ahora tiene blutú, ahora viene con teclado QWERTY, para vos que jugabas competencia de quién mandaba el mensaje más rápido con teclado convencional en el que presionabas tres veces la letra cinco para tener una i latina. Ahora viene con chat, ¿me pasás tu código de BlackBerry? Ahora no hace falta, pasate a un servicio de mensajería.
En uno de todos esos puntos se fue todo al carajo. Porque antes tenías el control sobre cuándo recibir comunicación. En algún lugar impreciso accedimos, de a poco, a estar disponibles las 24 horas y nos acostumbramos a que los demás estén disponibles las 24 horas. Justo nosotros, los que nos criamos con padres que atendían enojados el teléfono a las once de la noche para decirnos “estas no son horas de llamar, que esto es una casa de familia, buenas noches”.
Un día descubrís que llevas quince años buscando a esa persona a la que no te animaste a pedirle el teléfono aquel verano de 1994 y otro día te encontrás con que ves qué hace de su vida por las fotos que sube y vos, que disfrazaste tu nulo don de gentes bajo el lema “a un amigo se lo elige”, encontrás que tenés 1.263 personas que te desean que tengas un buen día, te piden monedas virtuales para el Pet Society y una red social dice que son tus amigos. Todos ellos. Algo falla, si a tu cumpleaños no va ni tu hermano.
Una red social, dos redes sociales, tres redes sociales. Esta no la entiendo, pero registro mi nombre por las dudas, a ver si explota y me lo pierdo, sigan a esta gente que les recomiendo, seguime y te sigo, yo te laikié, ¿por qué no me laikeás?, hagamos una juntada, hagamos dos, hagamos tres, ¿y este quién es?
Nunca jamás en la vida nos imaginamos este nivel de supuesta conexión y, sin embargo la soledad se ha vuelto un sentimiento primario, una preocupación pública, un síntoma y una causal de muerte.
Acá no hablo de elegir estar solo. La vida contemplativa, el aburrimiento, todas esas cosas que dominábamos como campeones forjados en un mundo sin luz, sin computadoras, sin internet y con tres dibujos animados por día, hoy se convierten en algo inmediato a recuperar y cuanto antes. No me refiero a la soledad de la soltería, al mejor solo que mal acompañado, al vivo en medio de la nada. Ni siquiera hablo del enorme acto de rebeldía de irse solo al medio de la nada para despejar la mente. Hablo de sentirse solo aún en compañía de gente, muchas veces de gente a la que queremos.
Recuerdo a mis abuelos maternos ya jubilados. No se veían la cara en todo el día, cada uno con sus actividades, sus amistades, sus trámites. Ahora, mejor que no sonara el teléfono a las nueve de la noche. Ese momento era de ellos. ¿De qué hablaban? Ni la más pálida idea. Ni cuando me quedaba a dormir podía esquivar ese vallado imaginario en el cual me era vedada la mesa redonda de la cocina-comedor. Se olía que fumaban unos cigarrillos; a veces se podía escuchar el ruido de algunas cartas o unos dados. Una vez los sorprendí bailando. Eran dos horas, no más. Me daban de cenar a las ocho, a las nueve me despachaban, a las once se reanudaba el tránsito.
Mi abuelo tenía un ritual de viernes, cuando se sentaba en un escritorio con un teléfono y una agenda de contactos. Ese día dedicaba un par de horas a llamar a amigos, parientes y a los trámites que no permitía que lo jodieran durante la semana. No a todos juntos, rotaba por semana. A la que llamaba todos los días era a su tía. Sí, su tía. En mi familia son muy longevos. Había una libreta de notas al lado del teléfono, como corresponde a cualquier casa de familia. El que tomaba una llamada que no era para él, la dejaba anotada. El que le daba play al contestador y escuchaba un mensaje que no era para él, lo dejaba anotado. Mi abuelo contestaba. Los viernes, claro.
Cuando falleció en 2004, hubo algunas cosas que me sorprendieron en medio del dolor. La primera, qué puntería morir un Día del Padre. La segunda, la cantidad de gente que hubo en ese velorio. La sala era enorme y, así y todo, rotábamos. Imaginaba que era un tipo querible, ¿cómo no lo vas a querer? ¿No ves que es mi abuelo? Pero aún me sorprende la imagen a tal punto que, alguna que otra vez, tuve que corroborar que no era una exageración bondadosa de mi memoria. Gente por todos lados, grupos que pasaban del murmullo a la risa, momento en el que me acercaba para escuchar qué estaban recordando y así sumar más piezas a la construcción de su memoria.
Hubo una tercera cosa que nunca olvidaré. Uno o dos días después, mi abuela desapareció. Literalmente, se esfumó en el aire. Había avisado a sus hijos que quería hacer un viaje. Pero bueno, mi abuela era así de impetuosa. Cuando digo que desapareció, me refiero a que no supimos nada de ella por meses. Nadie hizo ninguna denuncia porque, de vez en cuando, dejaba algún mensaje en algún contestador, como si supiera a quién llamar para asegurarse de no ser atendida.
Un buen día se comunicó con no sé cuál de sus hijos para hablar. Mi vieja me llamó para contarme que estaba a los pies del cerro Uritorco. Pregunté si la habían devuelto los extraterrestres. No le causó gracia. Simplemente quería que supieran que estaba bien, que solo se fue a recorrer los pocos lugares que le habían quedado pendientes por conocer con mi abuelo. A Buenos Aires volvió a firmar papeles y se instaló en Mar del Plata. Estaba claro que su intención era estar sola. Muchos le insistieron, la iban a ver y demás, y siempre pedía que no la jodieran, que estaba joya, que iba al teatro y al cine, leía mucho y paseaba.
Cuando los años comenzaron a hacer mella en su salud, todos pasaron a estar un poco más tranquilos porque venía a Buenos Aires para hacerse ver en la Favaloro un par de veces al año. Ahí juntaba a quien quisiera ir a comer y nos veíamos: hermanos, primos y tíos. Después se iba. Costó entender que estar solo no es, precisamente, padecer de soledad.
Hay 6 mil millones de personas en el mundo que tienen al menos una cuenta en alguna red social. Y a pesar de todo eso, resulta que una de cada seis personas en el mundo está afectada por la soledad. Superconectados, hiperestimulados, aislados y solitarios. Las estadísticas son oficiales y ya llevan sus años con intentos de distintos gobiernos para paliar esta situación. En el Reino Unido, por poner un ejemplo, en 2018 se creó la Secretaría de Estado para la Soledad. ¿Por qué tanto? Porque alrededor del mundo, cada año mueren 871 mil personas a causa de la soledad.
¿Cómo es que un sentimiento puede provocar la muerte? Simple. La soledad crónica causa muerte al actuar como un estresor crónico. Es el estrés de sentirse solo, un mecanismo de defensa primitivo que eleva el cortisol y la inflamación sistémica, lo que aumenta significativamente el riesgo de enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, demencia y depresión. Y ya sabemos el desastre que puede causar la depresión.
A mí me gusta estar solo. Ojo, aclaro: me gusta lo que puedo hacer cuando estoy solo; no me refiero a la situación de que nadie me quiera. Me gusta tener tiempo para mí; me siento agotado cuando no puedo regular con algo pasatista, como una ducha extra, un disco entero, un libro hasta que me canse la vista, una peli sin tocar pausa o algo tan sencillo como sentarme a tomar un café con la vista perdida en un punto imaginario en medio de una avenida.
Aprendí a estar solo y no sentirme solo por cuestiones naturales. Soy el primogénito de padres jóvenes y laburantes; le llevo cuatro años a la que me sigue y siete al otro. A esta edad son diferencias que ni se sienten, pero a los 6 o 7 años no podía considerarlos compañeros de juego. Por el colegio me pasaba a buscar mi otra abuela hasta que tuve edad para irme caminando solo hasta su casa. Creo que en segundo grado, para el horror del padre modelo del siglo XXI. Mi abuela era una gran compañía para almorzar, pero la mujer necesitaba su siesta y yo tenía dos opciones: o me ponía a ver Utilísima en Telefé, o inventaba algún pasatiempo. Dibujar, escribir, cosas que hacen los nenes para que la imaginación no se oxide.
Ahora, lo que tiene que ver con sentirme solo, bueno, creo que hay distintos planos. Hubo un largo período de mi vida en el que no pude contar con mis padres en el sentido afectivo que hubiera deseado: el de la llamada, el del acompañamiento, el de la presencia y la visita. Y por momentos me sentí un huérfano que no entiende el idioma del país en el que se encuentra. Hay otro plano de soledad que puede referirse a lo laboral o a las relaciones fuera de la familia. Ahí no importa con cuánta gente vivas ni cuán buena relación tengas con ellos porque, ni aún deseándolo, pueden ayudarte. Es una soledad parcial, pero devastadora, y que no lo es aún peor porque están.
Hay otro tipo de soledad que es absolutamente endógena, provocada por algún desorden en la química que responde, vaya a saber uno, a cuál de todos los traumas acumulados. Ese tipo de soledad lleva al aislamiento, a la retracción, al encerrarse y no querer salir de casa más de lo necesario. Increíblemente, tanta conectividad nos trajo una comodidad que permite que prácticamente no exista ninguna actividad que requiera que salgamos de casa, así que no salir más de lo necesario es, directamente, no salir.
Cada tanto entro en ese ciclo que, como su nombre lo indica, es cíclico, y uno intenta que los períodos sean cada vez más cortos y más separados en el tiempo, pero todo no se puede en el reino de los psicofármacos y los divanes.
No sé si dimensiona el número estadístico que tiré sobre la importancia de darle bola a la soledad. ¿Lo digo de otra forma? Cada hora mueren cien personas por causas relacionadas con la soledad.
Creo que cualquiera tiene claro que el ser humano es un organismo vivo súper adaptable. De hecho, somos lo que somos gracias a nuestro poder de adaptación. Nuestra historia de adaptación nos ha llevado a tener mil tonalidades de colores de piel, de pelo, de ojos, alturas distintas, formas de narices diferentes y todo como una respuesta de adaptación al mundo que nos rodea, pero una respuesta que se da con el paso de muchas generaciones. Acá hablamos de un cambio de interacción social dado en menos de una década, una porción mínima de la historia de vida de una persona.
¿Quién se puede creer que nuestro cerebro se va a adaptar a eso? Ahí está, con un funcionamiento para el que fue preparado: protegernos. Cuando nuestra interacción social supera todos los parámetros, no funciona así nomás: quema energía. La cantidad de zonas del cerebro que se activan en una conversación hace que parezca una pista de boliche. Y eso quema energía. Cuando ese acto comunicativo requiere, además, de un desplazamiento físico, porque nadie se puede teletransportar para una juntada, se drena más energía. Y resulta que hay otras cosas que también requieren energía: trabajar, hacer las compras, hacer cuentas, no olvidarse de todo lo que tenemos que hacer, cumplir con los turnos médicos, mantener un correcto aseo personal, recordar turnos, fechas de vencimiento y un larguísimo listado de cosas. Todo, absolutamente todo lo que hacés durante el día consume energía. Imaginemos que cada uno, por si fuera poco, tiene su ritmo y sus circunstancias: uno, dos o cinco trabajos, una pareja, soltería, un hijo, dos, tres, cinco, padres a cargo, horarios a contramano y todo lo que ni debería hacer falta explicar.
Y aunque no seamos conscientes, todo lo que no pensamos también se lleva energía: el corazón no tiene un modo ahorro, el diafragma no infla los pulmones solo cuando hay sol. ¿Qué hace comúnmente el cerebro cuando entra en riesgo energético? Comienza a apagar todo lo que no sea absolutamente necesario. Detener la interacción social para frenar el exceso de estrés en contexto de agotamiento es para lo que fue preparado por cientos de milenios. Y no digo esto para justificar ninguna falta de respeto. Si quisiera patear la pelota afuera, diría que no contesto mensajes porque soy de Acuario o porque me duele la vista.
También hay que remarcar que hay personas que sintonizan distinto, que realmente pueden con todo y yo ni sé cómo hacen si me estreso solo de verlos. Todos conocemos marcianos de este tipo y en cada oficio hay alguien que destaca por esto.
En mi rama, por ejemplo, existe una rara especie a la que llamamos productores porque no se nos ocurrió un nombre que haga justicia a tales alienígenas. Son sujetos que sintonizan otra frecuencia. Pueden atender diez temas a la vez, recordar todo lo que tienen que hacer cada habitante xen los próximos tres meses con detalles de días, horas y minutos, mientras mantienen 62 conversaciones simultáneas entre personas a las que intentan convencer para que acepten una entrevista, los jefes que preguntan cómo va todo, los agentes de prensa que intentan colocar a sus clientes como posibles entrevistados y, en medio de todo, procuran que no falte agua para beber mientras controlan los minutos que quedan para ir al corte. Yo no sé cómo hacen, cómo llegan con vida a la tercera edad ni qué trauma tuvieron de chicos que aceptaron trabajar en eso, pero aman lo que hacen.
Creo que, efectivamente, hay personas con las que sintonizamos distinto.
Recuerdo haber leído un estudio bastante antiguo que hablaba de cómo los mecanismos de protección desarrollados en la edad temprana se convertían en un patrón de conducta en la vida adulta. Como toda teoría, con el paso de las décadas fue criticada por todos los flancos, pero a mí me despertó la pregunta de cuándo nos alejamos para autoprotegernos y cuándo es que, en realidad, construimos un domo virtual para que nadie se acerque. Incluso, mi mayor temor es convertirme yo en esa persona a la que ya no se quieren acercar porque no vale la pena. Obviamente, y como corresponde a este programa, hablamos de… culpa. Sí, señora; sí, señor: la culpa, la estrella de las consecuencias de todos nuestros trastornos. Culpa por sentirnos mal, culpa por creernos incomprendidos, culpa por ser efectivamente incomprendidos, culpa por no estar, culpa por estar y no estar, culpa por querer irnos, culpa por quedarnos. Culpa.
Me da pánico estar en ese lugar. Quedo como un mal tipo tantas veces que hasta puedo creerlo; pido disculpas tantas veces que ya no sé cuándo corresponde hacerlo. Hablaba de los ciclos y yo tuve dos períodos depresivos severos muy seguidos en el tiempo. El dilema llegó a tal punto que llevo recluido, prácticamente, desde mayo o junio de 2024 hasta ahora mismo. Sí, salgo. Lo justo y necesario. Y ya expliqué qué tan pocas cosas necesitan que salgamos. Cuando logro desempastar el motor y comienzo a ser funcional más allá de lo elemental, me encuentro con un miedo tremendo a haberme quedado realmente solo fuera de la familia.
Ahora, la pregunta del millón: ¿cómo hacer para detectar si un ser querido está aislado porque quiere guardarse un rato o porque es un síntoma de algo más? No hay forma, pero a no desesperar. De entrada, querer estar solo siempre es un síntoma, porque un síntoma es un mensaje. En este caso, el mensaje es que una persona quiere estar sola y a veces puede ser porque necesita estar sola y otras veces no sabemos si el motivo es sincero o si pasa algo más grave. Para saber diferenciar esto último, se necesita diálogo y atención. Y como a esta altura ya habrán adivinado que diré: consultar a un profesional. Intentarlo, al menos, que muchísimas veces ni siquiera el aislado sabe que, en realidad, está deprimido. Si los profesionales no encuentran nada raro y no estamos satisfechos, una segunda opinión o las que hagan falta.
Por lo demás, basta recordar que no fuimos entrenados ni estamos preparados para este nivel de comunicación.
Mensajes que se acumulan a más de novecientos noventa y nueve dentro de chats que se cuentan de a centenas, llamadas perdidas, mensajes por Twitter, mensajes por Instagram, mensajes por Facebook, por WhatsApp, por Telegram, por ICQ, por MSN, el correo que no contestaste, ese que está entre los 1.132 newsletters a los que no sabías que te habías suscrito, mensajes por TikTok, te mencioné en Twitter, te mencioné en Instagram, te mencioné en Facebook, te compartí un sticker, te mandé una vibración al Messenger, te etiqueté en tres fotos con doce desconocidos, te tiré un SMS para avisarte que te voy a llamar para contarte que te envié un WhatsApp en el que te informo de un correo electrónico que no viste porque está entre los 1.132 newsletters a los que no sabías que te habías suscrito y una catarata de promociones que no entendés por qué no van a Spam, entre las que se destaca una que te propone gestionar mejor tu estrés.
Y en medio de todo eso, aparece la culpa por no aprovechar para llamar a Juancito para ver cómo anda en vez de quedarte quince minutos fundido en un abrazo con la toalla.
Ah, antes de irme, me quedó colgado algo. Una cena de panzada con mi abuela, no recuerdo cómo venía la conversación, en algún punto surgió la anécdota de aquella llamada. Cuando le conté que pregunté si la habían devuelto los extraterrestres, pegó una carcajada que se dieron vuelta de todas las mesas.
Ahora sí. Ta pronto.













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