No es solo cansancio

Cansado. Estoy cansado. Me siento cansado. Diría que es mi forma de saludar.

–¿Cómo estás, Nico?
–Cansado.

Es mi estado natural. La normalidad. Cuando me encuentro extremadamente cansado, digo “extremadamente cansado” o “agotado” para variar un poco el léxico utilizado.

Me cansan cosas que a cualquiera podrían cansar. Físicamente, me cansa el estrés laboral y una vida que no da respiro; es un estrés como el de cualquier otra persona, como el tuyo o el de cualquier persona que conozcas y que viva de su trabajo. Tarde o temprano, todos atravesamos un período de estrés; es natural, es periódico, es estacional y es, por sobre todas las cosas, algo de lo que no zafa absolutamente nadie que tenga alguna responsabilidad. Obviamente, hay escalas y no me refiero a los distintos trabajos.

Un mantra repetidísimo en el periodismo reza que “peor es trabajar” para restarle impacto a cualquier cosa que nos pase en el ejercicio laboral. Es una versión de “ni que cargáramos bolsas en el puerto”, pero más incisiva porque considera que cualquier otro trabajo es un trabajo, a excepción del nuestro.

Obvio que es un chiste y que el laburo lo tomamos como lo que es. La referencia es porque, históricamente, todo ser humano tuvo conciencia de que no es lo mismo un trabajo de poca exigencia aeróbica que aquellos que te dejan las manos como lijas o la columna vertebral con cualquier forma menos de columna vertebral.

Hace ya demasiados años tenía en mi entorno a una persona a la que le guardaba aprecio y me tenía suscripto al comentario sarcástico por mi empleo de aquel entonces. Yo trabajaba en la mesa de entradas de un juzgado penal. Además, estudiaba. Aunque no me quejara de mi trabajo, alcanzaba con decir que esa noche iba a dormir muy pocas horas para que surgiera un comentario sarcástico sobre la escasa exigencia que él imaginaba que tenía mi empleo. Por lo general, el comentario redondeaba en un “pasá la noche arriba del remís como yo”, como para remarcar que el suyo sí era un empleo exigente. Alguna que otra vez creo que apeló al hombrear bolsas en el puerto.

Va más allá del estereotipo que podamos tener de un empleado judicial: en aquel entonces yo era meritorio, sabía a qué hora entraba, pero no a qué hora salía; no tenía aportes, pero no me importaba porque la jubilación se veía en la otra punta de la vida; no tenía obra social, pero ¿a quién le puede importar a los 19 años? No tenía sueldo fijo y… bueno, eso sí me jodía. Teníamos turnos de quince días, momentos en los cuales todo lo que ocurriera en ese territorio recaía en el juzgado en el que yo atendía la mesa. Y la fotocopiadora. Y el correo. Y las notificaciones a presos, a abogados, a familiares… Coser los expedientes que se remitían a la cámara de apelaciones, archivar las copias de las resoluciones, de los oficios y de las cédulas, asentar a mano en un libro gigante y rompe espaldas llamado “de movimientos”, y un largo listado de cosas, muchas de las cuales ya no existen. Y el territorio era enorme. Gigante. Inmenso. Claro, no es igual a pasar la noche arriba del remís, pero yo no volvía a casa con dinero en el bolsillo al finalizar el día. Si vamos a ponernos a correr una competencia de miserias, nunca se termina y los beligerantes siempre podemos quedar como idiotas en cuanto aparece alguien más sufrido.

Como también cursaba y estudiaba, las horas que quedaban libres eran pocas, tan pocas que rara vez alcanzaba a dormir alguna prudente cantidad de horas. Y sí, mi amigo tenía un rosario extra large sobre los pormenores de su trabajo, los peligros, el desconocimiento y el acto de fe en cada viaje, con cada pasajero, y la fatiga de estar al volante durante horas y horas y horas. Así y todo, no veía necesaria la competencia ni la veo hoy. Es como cuando nos ponemos a competir con la historia clínica en la mano para ver quién está peor o cuando comenzamos a charlar de nuestros problemas en general. Y sí, ya sé que hay quien está peor. Siempre se puede estar peor. Las quejas son porque no estamos mejor, no por desagradecidos.

Unos años después cambié de juzgado y de obligaciones: de pronto despachaba causas. No, no tenía un sueldo fijo, pero yo estaba chocho con el upgrade. Hasta que tuve que justificar por primera vez una detención. No, no iba a pasar nada malo si me equivocaba porque la cadena de mandos tenía por encima mío a un prosecretario y un secretario antes de llegar al juez a quien, si vi tres veces, puede que exagere. Creo que fueron en los brindis por Navidad.

Cuando se tiene determinada edad, uno puede con el trabajo, con la facultad, con la falta de guita y con todo lo demás. Al menos eso es lo que repetíamos todos, a pesar de que no recuerdo a ninguno de mis excompañeros que haya llegado a los 25 años sin algún quilombo de salud, alguna gastroduodenitis, o úlceras, o pinzamientos nerviosos, o erupciones, o cualquiera de las miles de somatizaciones que podamos imaginar. Entonces debería corregirme y decir que, a determinada edad, puede que tomemos esas cosas como novedades; no recuerdo cómo me tomaba yo contar con prontuario médico.

Como una persona absolutamente normal en sus pretensiones de vida, mis decisiones, mis elecciones y mis acciones me llevaron a vivir hermosos momentos y nuevas responsabilidades fuera del trabajo, eso para lo que la gente inventó el trabajo: para tener vida. Existe un mecanismo de supervivencia humana que desactiva el sensor de riesgos para que la humanidad no desaparezca; por eso sabemos todo lo que puede venir con los hijos y los tenemos igual, así como nuestros padres nos tuvieron a nosotros o nuestros abuelos o bisabuelos nacieron y tuvieron hijos en alguna guerra o ambas cosas. Y el cansancio está ahí sin que se hable de eso porque, bueno, peor es trabajar o ni siquiera cargamos bolsas en el puerto.

Pensaba en todo esto porque mi cabeza no logró encontrar un tema para desarrollar y me preocupó. Y es que temas hay para hacer mermelada. Es más: el tema estaba ahí, delante de mí, pero no lo relacioné hasta que me pregunté por qué cazzo no se me ocurría un tema. Mientras me levantaba de la silla para estirar una vez más la columna, dije “qué cansado estoy, la…” y ahí se prendió la lamparita. Bueno, no tanto; en realidad, fui a buscar por qué me sentía tan cansado. Quería encontrar al culpable de una forma tan estúpida que me faltaba preguntarle a El Zorro si sabía quién dibujó esa zeta en la pared.

Así, comencé a revisar mi trabajo de los últimos días y a tomar nota.

Esta semana escribí unas 14,077 palabras que contuvieron unos 77,604 caracteres. Para hacer esta cuenta, sólo sumé los textos que tienen que ver con mi actividad, entre mis publicaciones semanales y cuestiones de producción. Por regla de tres simple, podríamos proyectar que, si un mes tiene cuatro semanas, hay aproximadamente 56 a 57 mil palabras redactadas. Mi último libro tiene 41 mil. Es como si cada mes terminara de redactar un libro y llegara al 40% de otro del mismo tamaño. No hay Contr C/Contr V, no hay dictado, todo redactado de cero, una costumbre que adquirí cuando quería ganarme un lugar entre los empleados judiciales y decidí que la mejor forma era no usar modelos ni para oficios ni para resoluciones.

Y en parte pasa igual que en aquellas épocas, cuando algunas elevaciones a juicio o prisiones preventivas las redactaba como si aspirara a ganar el Nobel de Literatura y otras costaron más que vaciar una pileta con un trapo. Me pasa lo mismo en mi reencarnación como periodista. Algunos textos son un paseo por un lugar feliz, otros cuestan y mucho. Y eso también es señal de cansancio porque nada me relaja más que hacer algo que me gusta. Y puede que no haya demasiado que me guste tanto como escribir. Solo la música y leer le ganan, pero no dan de comer.

Esta semana también leí dos libros. No puedo decir que no los leí por placer porque los recontra disfruté, pero fueron por motivos laborales. Si hubiera tenido que elegir, seguro elegía otros temas. Y en cuanto a la lectura de artículos periodísticos es imposible cuantificar la cantidad porque el número se pierde antes de media mañana. A eso le tengo que sumar una decena de horas de clases, una entrevista y los traslados a todas y cada una de esas actividades en una ciudad en la que las distancias se miden en unidades de tiempo y no en kilómetros.

En medio, uno intenta hacer esas cosas que hacen los organismos pluricelulares con un conjunto nervioso: comer, tomar un baño, dormir, interactuar con algún otro organismo pluricelular, por lo general de esos que comparten la mitad de mis genes. Y así, comer, comí lo que pude, rápido y distraído. ¿Dormir? 28 horas en siete noches. Si les sirve de guía, es la mitad de las 56 horas que deberíamos dormir para intentar llevar una vida saludable.

Y sí, estoy cansado. Cualquiera que lea esos datos puede deducir que estoy cansado. Y si ni siquiera conocieran esa información, podrían asegurarlo solo con ver mi cara. Después, me encontré diciendo en voz alta: “bueno, ni que cargara bolsas en el puerto”, mientras intentaba encontrar la forma de sentarme con menos dolor. Y ese comentario me trajo recuerdos. No uno, no el de mi amigo de hace un cuarto de siglo; me trajo muchos recuerdos de comentarios similares.

Ahí fue cuando me dio un poquito de cosa darme cuenta de que había sacado todas esas cuentas que les comenté recién. Se ve que, aunque no tenga jefes y a pesar de que mis padres no me dan una orden desde antes de que comenzara el nuevo milenio, busco justificarle a alguien mi falta de productividad. Seteado para ser una máquina de producir y no fallar en el intento. Una puteada al aire y noté que también me cansó pensar en justificar el cansancio, como si tuviera que presentarle un certificado médico a mi neurosis.

El tema es que también estoy cansado a nivel espiritual y, en mi baja frecuencia, tiendo a ver todo de una forma negativa y a veces con enojo. De eso casi nunca se habla porque hasta los psiquiátricos tenemos nuestros tabúes: nuestros enojos. De eso no se habla, eso no se toca. ¿Cómo vamos a hablar de eso si nos genera aún más miedo al rechazo? Pero antes de cualquier enojo, siempre está el cansancio.

Todo me cansa y, a veces, luego de revisar punto por punto lo que ocurre a lo largo del día, me pregunto si soy yo el que falla o si existe un complot universal por cagarnos la vida.

Una de las mejores formas de medir la relatividad de la percepción del tiempo no es cuánto nos aburrimos sin el celular en cinco minutos y lo rápido que vuela una noche con una serie de 26 capítulos. La mejor manera es recordar los veranos de nuestra infancia, cuando tres meses sin clases eran una eternidad. Hace tres meses saqué un turno médico. El turno fue fijado para este último fin de semana y lo tomé. No me pareció una eternidad. Relativísimo. Sin embargo, cuando sonó el despertador el sábado, no pensé en qué rápido pasaron esos tres meses, sino en que había dormido menos de tres horas.

Y así, mientras esperaba a que me atendieran en el horario fijado, me cansó ver y escuchar los intensos intentos de una persona para ser atendida antes de su horario. Es un lindo chisme ejemplar que cualquiera podría haber visto en cualquier ámbito. Esta persona llegó una hora antes de su turno. Se enojó y tiró la bronca porque ya habían pasado dos pacientes que llegaron después. Le explicaron que no era por orden de llegada, sino por horario asignado, y que esas personas tenían esos horarios y para el suyo aún faltaban unos minutos, pero no hubo caso. Cuando éramos chicos, nos decían que “cuando uno no quiere, dos no pelean”. Lo que nunca aclaran es que cuando solo uno quiere pelear, el otro queda de cama.

Me cansó el intento de avivada y, de pronto, recordé todas las veces que llegué a un turno con horario y resultó por orden de llegada. ¿El turno? Una sugerencia o un souvenir para llevarte impreso. Esto explica el intento de avivada, pero no lo justifica. ¿Qué tan poca cara se puede tener para exigir que nos caguen a todos los que escuchamos? Mientras volvía a mi casa tras la correcta atención médica en el horario que me correspondía, pensaba en la serie de milagros ocurridos: que me atendieran en mi horario y que una persona haya impedido la avivada de otra cuando, por lo general, entre ser feliz y tener razón optamos por lo primero.

Caminaba saboreando el 145% de humedad de la seca ciudad de Buenos Aires cuando veo que un vehículo con balizas encendidas frena a metros de mí para que un auto estacionado pueda salir. Claramente quería aprovechar el lugar para estacionar. Ya conmigo más cerca por mi correcto desplazamiento peatonal rumbo a la siguiente intersección, veo cómo el auto estacionado termina de salir y otro clava los frenos, sin balizas ni nada, y mete el coche de prepo. Cuando estuve a la altura del parabrisas, miré al conductor que, como corresponde, puso una cara de pelotudo aún superior a la que le corresponde por pelotudo, mientras que del otro auto escuché una voz que me dice: “Dejá, flaco, es un pelotudo”, mientras apagaba las balizas y partía en búsqueda de otro lugar.

Y yo no sé si es que me emocioné porque me dijeron flaco o por la coincidencia en el diagnóstico de que el ladrón de lugares para estacionar es un pelotudo, pero entre ser feliz y tener razón, tomo la delantera la segunda opción. Mientras el pelotudo –dos opiniones lo avalan– se bajaba del vehículo, le dije: “Che, le sacaste el lugar a otro”. El tipo me tira que no vio a nadie y pregunta si yo tenía algo para decirle. Debería haber seguido de largo, pero estaba cansado e interpreté su pregunta como una invitación a dar mi opinión, así que le dije que sí, que es un forro. Por suerte para mí, el tipo tenía más ganas de gritar que de pelear. Yo ya me veía de vuelta en el consultorio. ¿Pueden creer que me fui y al rato sentí culpa? Sí, culpa por no saber qué le pasaba por la cabeza a ese tipo. ¿Y si en lugar de un pelotudo tenía un pésimo día? Sí: con culpa encima, el pelotudo soy yo.

Obviamente, me cansa este comportamiento avivado, del mismo modo que me cansan los que dicen que es un típico comportamiento de argentino, cuando es el argumento básico y elemental de cualquier gag justiciero en cualquier película del país que nos imaginemos. Me cansa sentir culpa, pero también me cansan los que se creen superiores a los demás y también me cansa mi indecisión.

Me cansan los que van por la vida como si todo fuera una carrera en la que gana el que más rápido se aprovecha. Me cansa que devolver una billetera o una cartera sea motivo para salir en las noticias y no algo esperable.

Me agota tener que pagar por cosas que eran gratis. Me cansa que las redes sociales se hayan convertido en estas cosas que no sabemos bien cómo definir.

Cuando comenzamos con estas cosas, podías no entender la función de una red, pero era fácil de definir. ¿Facebook? Fotos, man, lo dice el nombre. ¿Twitter? Microblogging. ¿Instagram? Fotos, pero minimalista y con toques vintage. Hoy todos compiten por quién tiene más cosas y ni el público objetivo pareciera ser claro. Y me cansa, claro, que además nos cobren.

Me cansa el maltrato diario de cualquier persona que no me conoce, no sabe qué me pasa ni nada por el estilo. Salgo a la calle y sé que no vivo en The Truman Show, que las personas con las que me cruzo no son actores de reparto ni extras para llenar una fantasía, que todas y cada una de ellas también salió de su casa y no sé qué les pasó en su hogar ni qué drama atraviesan. Solo por eso trato de no joderle la vida a nadie y contestar con amabilidad.

Si yo, que tengo las herramientas sociales de un australopithecus, puedo comportarme con relativa amabilidad ¿qué motivaría el maltrato gratuito? Colarse en la cola del supermercado, hacerse el boludo que no sabía que había que sacar número en la farmacia, dejar el changuito en la caja porque te olvidaste algo y volver con tres góndolas una media res al hombro, meterse en la cabina de peaje automático con billetes y sin cambio, los que estacionan en las rampas para discapacitados y coches de bebés, los que cortan una bocacalle porque el tránsito no avanza y el semáforo en rojo es una sentencia de muerte, los colectivos que paran en diagonal y a tres metros del cordón, para que los que bajan tengan que saltar, los que suben necesiten de un ascensor y todos los que vienen detrás puedan notar lo bonito que se ve ese colectivo y qué limpio está. Otra cosa no pueden hacer, que el chofer cortó todo el tránsito.

Del mismo modo me harta el comentario de que los colectiveros, camioneros y taxistas son horribles conductores cuando cinco minutos en una esquina alcanzan para suponer que las licencias para conducir las entregan promotoras a los peatones que circulan por la puerta de un shopping.

Me cansa ser el número puesto para la descarga. Me agota las baterías la minimización de alguna cosa que pueda sentir. No se trata de tener razón, no es una competencia, colega de la especie humana: es una emoción, no la minimicemos porque no puedo hacer nada con eso más que reprimirla.

Me fatiga no tener vida social y, a la vez, no buscar vida social por imposibilidad de tiempo o por la misma fatiga.

Me drena las energías a cero que haya tanta alarma por si tomo pastillas, cuáles tomo, si estoy sobremedicado o lo que fuera. Dejé de explicar después de mucho tiempo cansado de que hubiera una respuesta extra: pero si tenés todo para no estar mal. ¡Pero claro! Cómo no se me ocurrió antes.

Y así y todo soy tan boludo que nunca exijo nada. No molesto porque creo que puedo molestar, no mensajeo con expectativas de que me quieran dar charla durante horas. Bueno, en realidad no mensajeo, pero el punto es que no exijo lo que no me gusta que me exijan y, como tampoco sé los gustos de cada ser humano, ni siquiera pido lo que sí me agrada. ¿Puedo entender que no todos somos iguales? Claro, lo recontra tengo asumido. Pero cuando estoy en esta frecuencia, suma a la lista de cosas que me cansan.

Me fatigan los consejos no pedidos en base a experiencias personales que pueden ser extrapolables pero no obligan porque cada realidad es distinta. Hay gente a la que le funciona ser del club de las cinco de la mañana, otros que van al gimnasio tres veces por semana, están los que van todos los días y allá vienen los que lo hacen antes de desayunar y de que salga el sol. Quizás solo necesitaban un esquema que les ordenara la vida. Yo, que considero que Marie Kondo es una sociópata por querer que me desprenda de los libros ya leídos, no considero que mi vida sea desordenada, solo distinta por mi personalidad y mi oficio. Ah, sí, ya que estamos: me cansa que el mundo funcione en un solo horario estándar.

Están los que tratan a su cuerpo como si fuera un templo y siguen dietas que no todos pueden costear, los que apelan a fórmulas para despejar la cabeza que a ellos les funciona y te lo sugieren luego de preguntarte cómo estás. Sé que lo hacen de buenos, pero cuando uno está con la frecuencia baja, puede sonar a minimización del problema. A los que queremos y nos quieren, se les permite todo, pero que venga un anónimo a decirme que le hago el juego a los laboratorios o que todo se soluciona si mantengo la cabeza ocupada. No, no es una joda, me lo dicen con más frecuencia de lo que el código penal debería prohibir.

Me hace arrastrar los pies cada vez que pago en la farmacia y veo cómo se me va un cuarto o un tercio de mis ingresos y, en vez de agradecer a la providencia por mi cobertura de salud, me pregunto cómo corno hacen los que no pueden costear estas pastillas. Me genera espasmos en el párpado izquierdo cuando alguien sostiene que la salud mental es un problema de gente aburrida con plata y que los pobres no tienen esos casos. Obviamente, y ya que estamos, me cansan las suposiciones sobre los esfuerzos ajenos, como cuando en 2018 salía de mi trabajo periodístico y pasaba la noche como chofer de aplicaciones para poder pagar las cuentas hasta que me saliera otro ingreso de lo que a mí me gusta. Qué tarado: recién caigo en que ahora sí puedo decir cuánto cansan los distintos trabajos.

Me pincha el tanque de nafta tener las mismas conversaciones con el funcionario o legislador de turno cuando ocurre algo que enciende las alarmas y que no contesten cuando uno pregunta cómo se sigue luego de que pasó la ola. Me asfixia la voluntad ver personas que hacen lobby para ser las únicas caras visibles o interesadas en la salud mental cuando el resto solo queremos estar sanos o poder llevar una vida que encaje en la sociedad y no nos importa quién lo consiga. Me deja al ras del piso pasar un día en la calle y, además, mantenerme al tanto de las noticias porque me lleva a preguntarme por qué nos dicen loquitos justo a nosotros, que al menos sí asumimos que no estamos bien, buscamos ayuda y lo contamos. ¿Acaso no caminan las mismas calles que nosotros? Si les parece normal o deseable todo lo que ven, puede que no seamos nosotros los loquitos.

Me sulfata las baterías no saber si estoy en realidad cansado o ya estoy en la previa de un nuevo pozo, porque eso me lleva a pensar en cuándo fue el último y a darme cuenta de que se cumplió el ciclo y que podría pasar que otra vez…Y eso también me cansa porque es como correr una maratón de angustia por algo que todavía no pasó ni sé si va a pasar, pero sobrepensar es lo natural y eso se alimenta de lo poco que quede de energía.

Me extenúa, también, ponerme mal porque no ocurren cosas que, si se dieran, de todos modos no podría llevar adelante. Sí, bueno, suena a incoherencia, pero qué esperaban si estas son ideas que arrojan neuronas ahogadas en cortisol y noradrenalina.

Me abate buscar más sinónimos para no cansar con la enumeración de las cosas que me cansan.

Podría decir que me cansa la vida. Y sí, ese es el punto. Todo me cansa. Cuado esto ocurre, más que pensar en cosas motivacionales, lo más lindo que puedo imaginar es cuando termine de pasar. Porque sí, sé que pasará. No todo se trata solo ponerle garra. Esto no es una prueba de fuerza física. Esto es salud mental.

Y ya está.

Me cansé.

Ta pronto.

 

Nico Lucca

Para colaborar, solo de onda:

Aquí la versión podcast en Spotify.

El mismo podcast en YouTube.

Y ahora sumamos Apple Podcast.

Escrito, grabado y editado en mi casa. Suscríbanse, denle 5 estrellitas, compártanlo, porfa. Todo suma para levantar este humilde ego. Besos. Se los quiere.

Para colaborar, solo de onda:

Invitame un café en cafecito.app

Y si estás fuera de la Argentina y querés invitar de todos modos:

Buy Me a Coffee at ko-fi.com

¿Qué son los cafecitos? Aquí lo explico. 

 

Y si no te sentís cómodo con los cafés y, así y todo, querés, va la cuenta del Francés:

Caja de Ahorro: 44-317854/6
CBU: 0170044240000031785466
Alias: NICO.MAXI.LUCCA

Compartir en:

Desactivar modo oscuro.

  • Te mandé un cafecito con una galletita… al alias.
    Y sentite acompañado: somos unos cuantos los q estamos con esa sensación de agotamiento físico y espiritual…
    Siempre muy buenas tus reflexiones, gracias!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscribite

Si querés que te avise cuando hay un texto nuevo, dejá tu correo.

Lo más leído