Tengo tantas, pero tantas anécdotas para contar sobre el tema de hoy que, directamente, decidí contar la última: casi no abordo este tema en este podcast porque pensé y pienso que no estoy a la altura. De hecho, podría decir que ninguno de los episodios de esta saga habría salido si no fuera por un imprudente impulso de apretar “publicar” con los ojos cerrados y alejarme de cualquier dispositivo. Leo, releo, edito, grabo, vuelvo a grabar, edito, ecualizador, compresión, normalización, revisar, releer, reescuchar; nunca estar conforme, sentir un infarto por un pequeño error que se haya filtrado.
Uno puede sentir que no está a la altura de algo, pero hoy hablaremos de algo que está un escalón por encima: cuando no hay razón para sentir que no estamos a la altura de algo y, sin embargo, tenemos miedo de que alguien se dé cuenta de que ocupamos un lugar que no nos corresponde. Un pensamiento intrusivo que aparece en el momento en el que sentimos que algo sale bien, pero que no lo merecemos. Porque, ¿cómo vamos a ser buenos en algo? ¿Cómo vamos a ser felices por un rato? Sí, el síndrome del impostor.
Podemos hablar de que sentimos que usurpamos el lugar que debería ser ocupado por una persona capaz y que solo estamos ahí porque nadie se dio cuenta aún. O puede ser aún más grande el asunto, como cuando no podemos tolerar que haya paz: algo está por pasar, porque no merecemos estar tranquilos. Si estamos tranquilos, es porque no prestamos la suficiente atención. No, no puede ser, algo pasamos por alto. Esta tranquilidad no es mía, no es para mí; mi estado natural es el sufrimiento.
Las estadísticas dictan que es uno de los fenómenos psicológicos más comunes que puede ocurrirle a alguien a lo largo de la vida. Ahora, cuando ya hablamos de síndrome del impostor, es que ese síntoma se convierte en algo habitual, una regla, un denominador común.
Te puede pasar cuando terminaste un gran laburo y, en medio del relajo, dibujas mentalmente todos los posibles desenlaces negativos de algún error minúsculo que se te haya pasado, ese que será descubierto de la peor manera cuando no puedas hacer nada para solucionarlo porque ya es tarde y porque todos se dieron cuenta de que no estabas a la altura y, probablemente, encima generaste daños colaterales y un sinfín de problemas que se habrían evitado si nadie te daba el trabajo o, mejor, si ni siquiera te hubieras atrevido a pedirlo, impostor.
También te puede agarrar la noche anterior a un evento único, una oportunidad de las que necesitás que aparezcan hace mucho tiempo. Deberías acostarte temprano, pero te trasnochás; deberías tener cuidado con la comida, pero terminás con el hígado en una mano y en vela. Autoboicot duro y puro para recordarnos que, aunque nos salga todo bien, lo haremos sufriendo, como corresponde, porque si alguien decide darnos esa oportunidad, es que no se dio cuenta y nos merecemos el castigo por tomar algo que no nos corresponde.
De pronto, presentarnos ante una convocatoria laboral o aceptar un ascenso es igual que haber dicho que somos mejores que Messi con una pelota y que, de pronto y sin más, alguien nos diga “joya, entrá a jugar”. El tema es que, probablemente, a nivel laboral nunca hayamos dicho que somos superiores a nadie. Todo está en nuestra cabeza, en ese placard de ropa desordenada al que llamamos inseguridades.
El síndrome del impostor no es una patología médica en sí misma, sino un fenómeno abordado por la psicología, pero que sí puede terminar en una patología de las grandes dos reinas de nuestros tiempos: trastorno de ansiedad o trastorno depresivo.
El mayor problema con el síndrome del impostor es la profecía autocumplida. Es como cuando un nene aprende a andar en bicicleta sin rueditas. La primera vez que el adulto le suelta el sillín de la bici, va derecho hasta que nota que nadie lo sostiene y se cae. Es una constante: de tanto decir que no estamos capacitados para algo o que no lo merecemos, en algún momento nos equivocamos y habremos tenido razón. Habremos acertado en que no acertaríamos.
Algo que podría catalogarse de forma tan simple como un miedo a fracasar se convierte en algo más grave cuando el miedo no nos deja en paz y, ni que hablar, cuando comienza a afectarnos, cuando la profecía comienza a cumplirse. Ojalá pudiéramos centrarlo en una sola actividad de nuestras vidas, pero uno puede sentirse un impostor en múltiples planos. Conocés a alguien que te resulta lo más cercano a la perfección absoluta, si es que algo así pudiera existir, pero vos no solo sabes que estás lejos de la perfección, sino que sentís que no estás a la altura ¿de esa persona? No, de lo que esa persona espera de vos. Peor: de lo que vos creés que esa persona espera de vos.
Podemos sentirnos un fraude como padres, que es una constante en un universo mucho más grande del que creemos, en un universo lleno de manuales para el buen vivir e imágenes de familias que creemos perfectas. Lo cierto es que recordamos lo que fuimos cuando chicos y, si llegamos con vida a la vida adulta, cualquiera puede. Luego, charlas con más padres, fáciles de reconocer por aparentar diez años más por cada hijo, y te das cuenta de que todos hacen lo que pueden y que, con no violentarlo, alimentarlo, darle una educación aceptable y evitar que aterrice de cabeza quince veces por día, ya estás más que aprobado. Pero no importa, el temor a arruinarle la vida se hace presente. Las preguntas de si hacés las cosas bien o no estarán ahí, a la espera de sopapearte en el momento de calma.
Los posibles orígenes del síndrome del impostor son más que obvios. Tan obvios que un psicólogo los puede oler en el aire. Además, existen un montón de escalas para evaluar pacientes: está la de Harvey, la de Clance y dos o tres más. Pueden consultarle a su terapeuta, que yo solo soy un paciente.
La forma de abordarlo es con terapia; no existe una pastilla que permita una salida química del entuerto. Hay un montón de consejos que podrán encontrar en redes o en cualquier búsqueda que quieran, algunos que llegan al delirio y otros que tienen todo el sentido de la lógica, como buscar el consejo de un psicólogo. Y si bien todos podemos sentirnos impostores alguna vez a lo largo de nuestras vidas, está bueno que cuando se convierte en una piedra en el zapato, cuando comienza a hacerse impredecible, tengamos la lucidez de charlarlo. Si me escuchan de antes o me han leído, ya saben lo que voy a decir sobre dejarse estar: una conducta incómoda, pero detectada a tiempo, es más abordable que dejarse estar y terminar en un trastorno. Y el síndrome del impostor es una de esas cosas que, si hubiéramos sabido antes, habríamos actuado de otra manera.
Esos posibles orígenes del síndrome que podamos imaginar al raspar en nuestra memoria pueden servir para identificar cómo comenzó, pero no sirven para solucionarlo ni para echar culpas. Internalizar que somos buenos para algo es complicado, y la afección puede llegar en cualquier momento de la vida; basta que te cruces con el psicópata indicado en el momento correcto para que dudes de todas tus capacidades. El síndrome del impostor se alimenta de tus inseguridades y de las que te inventen otros.
Una vez me crucé con una persona en una posición laboral que le permitía tenerme alquilado. No le caí bien desde el primer día. Lo sé porque me lo dijo. Ese primer día. Luego de meses de dardos, un día se le ocurrió decirme que yo no sé escribir. A mí me podés decir que no te gusta lo que hago, que mi estilo no es de tu agrado, que mis monólogos pueden ser toscos o demasiado decorados, reiterativos, largos, aburridos, con demasiados improperios o con un lenguaje muy rebuscado. Pero sé escribir sin errores de ortografía, sé cuándo usar tildes, conozco las bondades de utilizar las mayúsculas solo para nombres propios, títulos e inicios de oraciones y, un dato para nada menor, puedo conjugar más de tres tiempos verbales, sé cuándo poner un punto y coma, aún puedo realizar el análisis sintáctico de oraciones y sé usar los condicionales. Solo con eso puedo animarme a decir que sé escribir porque sé hacerme entender. Bueno, todavía tengo el vicio de comerme preposiciones en los complementos de régimen. Pero lo hago de atolondrado, no de burro. ¡Se lo juro, Seño!
¿No soy Borges? ¿No soy Cortázar? Ya sabemos que no voy a ganar un premio, pero no tengo por qué comerme boludeces. Hay que reconocerle la falta de atención: una persona como yo tiene un cartel iluminado que reza “combo de inseguridades”. Con la escritura, también tengo mis inseguridades. El tema es que de algo tenemos que agarrarnos y yo decidí que mi tabla de madera en el océano de las dudas sería esa forma de expresarme. Siempre puedo mejorar e intento no repetir fórmulas. Si me encuentro con un texto mío de hace un lustro, sigo de largo porque me da pavor solo imaginar que puedo encontrar algo mal escrito o que podría haberse dicho de otra forma o ¿en qué pensaba cuando escribí eso y de esa forma?
Podría decir que esta anécdota que les cuento fue como dos negativos que se anularon. Mi síndrome del impostor me tiene tan al trote que me agarraron con la guardia alta. ¿Cómo me vas a pegar por no saber escribir? ¿No ves que para eso estoy yo? Igual me dolió. Tiempo después, mucho tiempo después, cuando se recuerdan anécdotas sin dolor, me apareció la idea de que, quizá, esa era la forma que tenía aquella persona de lidiar con su propio síndrome del impostor: hacer sentir mal a los demás. El asunto es que, llegados a determinada altura de la avenida llamada vida, no estamos para jugar al psicoanálisis improvisado de actitudes pasadas. Es lo que es, fue lo que pasó y quedó como una historia decorativa.
Sin embargo, hay personas a las que un raro impulso las lleva a actuar con más que confianza. Son los que se mandan de caraduras, los que no tienen una pizca de vergüenza en la sangre. También hay niveles. En 1931, tras la muerte de su padre, Orson Welles se fue a recorrer Europa. Al pasar por el Gate Theatre de Dublin, Irlanda, se encontró con el dueño del teatro, un señor llamado Hilton Edwards, a quien Wells le dijo ser un actor que ya había trabajado en Broadway. Edwards lo contrató y lo hizo debutar al poco tiempo. Lo que Wells no sabía es que Edwards, además de dueño del teatro, era productor y actor. Edwards reconoció que supo que Wells mintió ni bien lo conoció, pero que lo compró con su descaro. A la gente le encanta escuchar estas historias. Y me incluyo. El asunto es que muchos toman estos ejemplos como modelos a seguir sin tener en cuenta las historias completas.
Hay veces en las que veo el accionar de algún atolondrado y me pregunto por qué me invade la duda cuando otros tienen tanta confianza que, si fuera algo material, los aplastaría por el peso. Un tipo le escribe al dueño de una empresa para decirle que sabe cómo hacerle ganar mucho más dinero; el empresario tiene la delicadeza de derivar la entrevista en lugar de despacharlo por descarado, y en la entrevista le dice a su interlocutor todo lo que la empresa está haciendo mal y que él puede resolverlo si le dan el cargo de managing. Resulta que el interlocutor es el del cargo que aparentemente hace todo mal. Si, además de descaro, el hombre se hubiera tomado el tiempo de saber con quién hablaba y de medir un poco sus palabras, quizá le iba mejor. Wells no llegó al teatro y pidió que le dieran la administración, ni exigió el cargo de director ni un papel principal: audicionó para una obra y así debutó oficialmente como actor pago. Mal pago, que recién comenzaba. Nueve años después hizo Citizen Kane siendo aún un jovencísimo talento, pero comenzó de abajo y con preparación. Igual tuvo sus propias pesadillas, pero eso no es tema de esta comparación.
Wells tuvo que audicionar igual, porque Edwards no era ningún idiota. Aparentemente, su audición fue notable, así que le dejaron pasar la mentira. El descaro de Wells vino acompañado de talento y de mucha preparación: a los 11 años Wells ingresó a una exclusiva escuela de artes escénicas en la que se destacó. Con eso encima es que se animó a pedir un papel. Y quizá por el duelo o vaya uno a saber por qué, es que lo hizo ahí, en Dublin, lejos de casa. Y tal vez mintió porque era más fácil ubicar en el mapa Broadway que una escuela secundaria en el interior de Illinois.
No sé si es cultural o qué, pero hay tantos lanzados que me pregunto si no solaparán los síntomas de su síndrome del impostor con videos motivacionales, webinars y clases por YouTube, o tan solo es un síntoma de época esta costumbre de creer que uno puede saltarse todos los pasos, que es normal saber el secreto de la vida y que el mundo ha vivido equivocado. Y uno acá, torturado por creer que la gente se dará cuenta de que somos un fiasco.
Desde que comenzó a hablarse del síndrome del impostor a mediados del siglo XX, los primeros abordajes estimaron que era más común en las mujeres que en los hombres. Curiosidades para nada curiosas: un buen día se decidió hacer un estudio en escolares y resultó que las mujeres con mejor rendimiento escolar, aun con las mejores calificaciones, sentían menos expectativas de éxito a futuro que sus compañeros varones. También ocurrió que un día alguien dijo: “che, pará, los hombres rara vez dicen sentirse inseguros; puede que ni en diván ni mucho menos en una encuesta”. El asunto es que, durante un par de décadas, se creyó que las mujeres tenían mayor predisposición al síndrome del impostor por los roles esperados en la sociedad. Hoy resulta que la prevalencia del fenómeno no distingue género ni edad. Y esto no quiere decir que los roles esperados no impacten, sino todo lo contrario: también impacta en los hombres el rol de que se debe poder con todo y que una vida óptima se mide con la vara del éxito alcanzado. Y nada hay más subjetivo que el éxito.
Cuando digo que nadie se salva, se sorprenderían de las estadísticas del síndrome del impostor en las profesiones más valoradas por cualquier sociedad. Obviamente, hay sectores de mayor riesgo, como aquellos que sí pueden obtener un éxito de pura suerte o fracasar a pesar de haberse esforzado como nunca: los estudiantes son un blanco fácil para el síndrome del impostor. Los estudiantes avanzados, más todavía. Como una gran paradoja y oportunidad, un paper publicado en la revista de la American Psychological Association en 2021 dio cuenta de un estudio realizado en un grupo muy específico: estudiantes de doctorado en psicología clínica y de asesoramiento. Resultó que el 88% de los que aspiraban a doctorarse en esa especialidad estaban en ese mismo momento dentro del rango típico del síndrome del impostor. Un punto más a favor de charlarlo con tu terapeuta favorito: sabe de qué le hablás porque es normal. Tan normal que es necesario saber identificar cuándo padecemos síndrome del impostor y cuándo se aprovechan de tus inseguridades.
El síndrome del impostor te impide disfrutar de un trabajo bien hecho, de un sueldo cobrado a fin de mes, de una buena mudanza, de cualquier cosa que te saque una sonrisa en la vida porque, en realidad, sentís que no es tuyo. No podés internalizar que lo conseguiste y, en el mejor de los casos, podés llegar a decir que se trató solo de suerte. ¿Cómo podría explicar la suerte que aún te paguen el sueldo o que tu familia y tus amigos te quieran? Suerte es sacar el premio vacante de la lotería. Ese lugar te lo ganaste. O puede que solo se trate de una relación laboral común y corriente. O tal vez te hayas encontrado con un entorno sano en el que nadie te quiere pisar la cabeza. No es que planifiquen un complot para quemarte en una pira en el patio; simplemente cumplís con lo que esperan.
Pero, como todo lo que no se atiende a tiempo, puede derivar en otro tipo de problema. Imaginate qué pasa en tu cabeza cuando aparece la sensación de no estar a la altura y que se van a dar cuenta. Tensión, alerta… cortisol, adrenalina, noradrenalina; estás aún más alerta y, por estar alerta, te ponés ansioso. El tema es que la ansiedad refuerza el sentimiento de impostación, por lo que te sentís fuera de lugar y eso genera más tensión y alerta, y el círculo comienza a acelerarse. ¿Conclusión? El Trastorno de Ansiedad Generalizado es un horizonte que deja de verse lejano. ¿Siguiente parada? El desgaste emocional e intelectual de sentirse inferior y la posterior sobreexigencia están considerados uno de los tantos posibles gatillos de la depresión. Y de pronto, charlarlo en terapia parece un planazo, ¿no?
El síndrome del impostor no es un trastorno psiquiátrico, pero puede derivar en uno. Para peor, cuando ocurre un diagnóstico, el síndrome del impostor sigue ahí,
porque los trastornos no reemplazan nada y solo se acumulan.
Como ese trabajo que procrastinás porque sentís que no estás a la altura y, para cuando te quieras dar cuenta, tenés la ansiedad encima, el trabajo sin terminar y no sabés si es más grande el miedo a que se den cuenta de que sos un desastre o de que lo confirmen porque no hiciste lo que tenías que hacer. Linda paradoja ¿no?
Y ahora me despido antes de que se den cuenta de que no me da el cuero para contarte estas cosas.
Ta pronto.












